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Por Esteban Montenegro
Como primera tentativa de aclarar nuestro concepto de la Stratēgia*, diremos que la entendemos como una particular disposición espiritual mediante la cual el espíritu se prepara para la guerra y eventualmente se lanza a ella para ejercer su libertad, que no reside sino en el honor de poder permanecer fiel a lo que es, fiel al reconocimiento de una verdad tan mortal como él. Su terreno es bastante más simple en términos conceptuales que el resto, dado que parte de un hecho: una confrontación que abarca también a la "paz", y va aún más allá. La proximidad de la muerte hace de la Stratēgia un momento decisivo en el sentido literal del término. A las implicancias de la Stratēgia se les puede decir que si, o que no caso en el que se renunciaría a la propia autenticidad en el mismo acto. Por ende, la guerra (y la muerte) se nos imponen en algún punto como una fatalidad.
Precisando: si bien es algo propio de la Historia Universal
el hecho de que las guerras y la voluntad de dominio hayan sido factores
centrales de su desarrollo, es sólo en los últimos siglos que la guerra y el
dominio han tocado y conmovido directamente lo más íntimo del individuo, de la
cultura, de la vida humana en general, poniéndolo todo en el centro del campo
de batalla. Esto se evidencia en la cada vez más rara diferenciación entre
objetivos civiles y militares. En el fenómeno del terrorismo, de los bombardeos
masivos a grandes capitales, en las operaciones de guerra psicológica, en los
distintos tipos de genocidio cometidos, y en las así llamadas "guerras de
baja intensidad", también pueden verse distintas manifestaciones del
concepto que más caracteriza los conflictos de nuestro tiempo: la guerra total.
Si es preciso aclararlo aún, diremos que la Stratēgia considera la moral un
factor bélico más, en desmedro de cualquier consideración humanitaria. Más
bien, son justamente los ideales humanitarios, las loas a la democracia, los
derechos humanos, y la liberación de los oprimidos, quienes han encabezado los
más grandes asesinatos en masa.
Si siempre fue recomendable prepararse para la guerra a
quienes desean vivir en paz, hoy nunca lo fue tanto. Incluso para el individuo
mismo que también forma parte del juego estratégico del poder es recomendable
mantenerse alerta y en forma. Varios pensadores del siglo pasado, desde Jünger
a Foucault, para nombrar algunos, han tematizado este riesgo al que se ve
expuesto el individuo en tiempos de progresiva "racionalización" y
"totalización". Si bien en esto no coincidamos tanto con la
resolución individualista de Foucault, señalaremos nuestra afinidad con Jünger que
si vislumbró la posibilidad de un que un pueblo entero se embosque, del mismo modo que Zaratustra tiempo antes habló a los
solitarios, para que a espaldas de las moscas del mercado, se erijan como
creadores de valores, y den lugar a partir de sí a un nuevo pueblo. Con estas
menciones queremos desmarcarnos de todo individualismo misárquico. Es necesario
que el espíritu se de una comunidad de diálogo militante, entre pares, de la
cual puedan surgir nuevas instituciones, un nuevo tipo de Estado, o al menos
otras formas de testimonio existencial. Los detalles de todo esto corresponden
al terreno de la Praxis, pero en tanto revisten también una necesidad
estratégica, pertenecen a la Stratēgia. El que quiere luchar también quiere más
poder. Así se relacionan ambas disposiciones. En lo específicamente estratégico
la guerra ya está declarada, o en ciernes, y lo primordial es saber reconocer
en que escenarios se dirime la disputa, y cuales son escenarios secundarios o
meros espejismos. A partir de ello, que medidas es conveniente tomar, y cuales
no. Sin embargo el aspecto decisivo es la voluntad de luchar. El resto puede
contribuir o no al éxito, pero no afecta a lo esencial. La Stratēgia que
fracasa es la que no está a la altura de su verdad, la victoriosa es la que aún
en la derrota fáctica se vuelve gesto y figura para las luchas venideras. La historia
no es estanca y muchos muertos gozan de mejor salud que los vivos. El cobarde
no tiene historia.
El mundo para la Stratēgia es un campo de batalla donde se
pone la verdad en juego. Si bien es esta una disposición espiritual que atiende
a las formas, a los medios, a la supervivencia, no manifiesta en su disposición
sino la Verdad más concreta que pueda hablar a través de un hombre: el aceptar
su propia muerte como precio a pagar por honrar su verdad. ¿Quien habrá de
forjarse un cuerpo para atravesar el fuego?. ¿Quien está dispuesto a morir para
seguir siendo lo que es o algo aún mejor?. ¿Quien está dispuesto a hundirse en
su ocaso?. ¿Quien está dispuesto a morir para crear algo por encima de sí?.
¿Quien está dispuesto a dar su vida por amor al lejano y al venidero?. No
parafraseamos a Nietzsche en vano. Estos son los problemas que nos plantea la
Stratēgia como signo distintivo de nuestro tiempo. ¿Quien está dispuesto a ser
el Stratēgos de su propia verdad?. Mientras los valores cristianos permanezcan
sin debida sepultura alrededor de su Dios muerto, nada de todo esto podrá ser
encarado por los hombres y pueblos que añoran liberarse. Un sujeto histórico
que goza de buena salud es aquel que llegado el momento se siente gustoso de
matar y morir por su verdad.

