lunes, 29 de diciembre de 2008

jueves, 25 de diciembre de 2008

Lucha de clases


Introducción

La lucha de clases apunta hacia arriba, en exigencia de los privilegios que le son negados. Quien está arriba toma medidas para no caer abajo, el que está abajo intenta en todo momento alcanzar la altura y el privilegio del que está arriba. Ahí está la importancia de la solidaridad de clase – sin solidaridad no hay revolución, sino capitalismo. El deseo de estar arriba, la lucha por alcanzar los elevados privilegios de unos pocos se convierte en zanahoria que hace avanzar al burro con la carga cuando este es solo individual. La publicitación de casos como el de Richard Branson, dueño de Virgin, que teóricamente comenzó siendo únicamente un parado sin futuro, fomenta este afán cómplice de trepar. El capitalismo utiliza y explota el anhelo de todos nosotros por alcanzar los privilegios de las clases altas. De lo que se trata el socialismo es de trabajar solidariamente, colectivamente, para acabar con esta desigualdad explotadora y no caer en las redes, en la orgía de ambiciones mezquinas y rivalidades miserables a la que nos arrastra tantas veces esta malvada lógica del capitalismo.

La competitividad y el individualismo deben ser substituidos por la colaboración y la solidaridad.


Lucha de clases
Por Ernst Niekisch

El siguiente texto fue publicado en noviembre de 1932 en la revista “Widerstand”. Estas líneas escritas por Niekisch tienen hoy todavía validez. Del mismo modo que en aquel entonces la clase política de la República de Weimar acordó una alianza con las potencias vencedoras de Versalles, se ha realizado tras la Segunda Guerra Mundial una simbiosis con el imperialismo occidental y el globalismo del capital.
Para una definición más cercana de la lucha de clases, por “proletariado” debe entenderse la totalidad de los trabajadores asalariados. Extensible, además, a la economía de servicios y a ocupaciones postindustriales – y basadas en la sociedad de comunicaciones – así como a la sociedad industrial en general, siempre sobre las premisas de la propiedad privada de los medios de producción y el trabajo asalariado y dependiente de esos medios de producción. En definitiva sobre la explotación capitalista desde arriba y la contradicción de clases en general.

I.

La diferencia de clases y la oposición que existe entre ellas sobre fundamentos tangibles, es un hecho que descansa inevitablemente en las particularidades de la naturaleza humana, ademas de en la forma de las sociedades humanas y su estructuración. En los tiempos de la “sociedad orgánica” (estamental-feudal) se escondían las contradicciones entre las clases tras las tensiones siempre irresolutas entre los distintos estamentos. Rico y pobre, señor y siervo, empleador y empleado, pero también noble y burgués no son de ningún modo únicamente las polaridades de un conjunto armonioso que se complementaban mutuamente, sino que mostraban una situación explosiva que debía ser domada por la estructura social, que debía ser combatida incesantemente por ésta.

Cuando el sentimiento de oposición de clases se eleva hasta convertirse en voluntad de luchar contra esa oposición, entonces se convierte esta oposición de clases en lucha de clases. La oposición de clases es algo que existe más allá de la voluntad humana. La lucha de clases es una consciente culminación de esta oposición, y que es alcanzada por voluntad humana. La oposición de clases se la encuentra uno, la lucha de clases debe ser organizada. La oposición de clases es un estado de cosas, la lucha de clases es una puesta en movimiento. Si la oposición de clases es el destino, la lucha de clases es la rebelión contra ese destino.

Las divisiones de clases son verticales. Éstas van de abajo hacia arriba. Abajo se soportan las cargas, la presión de la totalidad descansa sobre las espaldas de los que ahí se encuentran. Cuanto más se sube, más ligero se siente uno, con mayor libertad se puede mover uno y más puede estirar cabeza y hombros. La mirada de abajo hacia arriba es distinta a la mirada que se hace de arriba abajo. Abajo no hay nada que pueda ser envidiable para el que se halla arriba. El que está arriba no tiene ningún motivo para desear el destino de los que se encuentran por debajo suyo. Él disfruta su elevada condición, su excelsia, cada vez que baja su mirada hacia abajo. En cambio, lo alto que es mirado desde abajo, se muestra como el mejor, el más feliz de los destinos. Uno está excluido de él mientras permanece abajo, en definitiva se sufre y envidia cuando se contempla hacia arriba, a los privilegiados. Este hecho sencillo y básico constata que existen diferencias, las diferencias de clase.

Así es comprensible que la voluntad de lucha de clases sólo puede ser realmente entendida desde abajo. El que está arriba encuentra la situación del orden mundial bien atada para no perder su elevada posición. Quien está favorecido, piensa siempre estarlo con justicia. Él está, en el marco de la oposición de clases, en el lado de la luz. Allí no se desarrolla ningún impulso para tomar combatientemente los espacios que se hallan en el lado de la sobra. La burguesía está así siempre a favor del no-cambio, del Status Quo, de la Reacción – toda energía transformadora es automáticamente enemiga de ella, pues es potencial amenaza a su orden, al orden que le garantiza la continuidad de sus privilegios. La lucha de clases apunta siempre hacia arriba, en exigencia de los privilegios que le son negados. Quien está arriba toma todas las medidas para no caer abajo en cuanto la lucha de clases comienza. Todos los que están arriba tienen muy buenas razones para estigmatizar la lucha de clases como la peor infamia y el más terrible sacrilegio. Arriba se está muy bien. Para poder seguir sintiendose seguros en su comodidad, es necesario que los que esten abajo se acomoden a este estado de cosas con la misma satisfacción. Lucha de clases significa para ellos lo que un terremoto: que el suelo sobre el que tan cómodamente se han establecido se tambalee. “La lucha de clases debe ser desterrada como mal absoluto”: sobre esto están arriba todos de acuerdo. Cuando abajo se esté también de acuerdo, entonces se habrá acabado con la lucha de clases; el que está arriba, no necesitará tener nunca más el temor de ser derribado de sus privilegios. Pero abajo no están todos de acuerdo. Existe un creciente anhelo de atacar hacia arriba. Aquellos que no poseen nada más que las cadenas que los esclavizan, siempre volverán a tentar la suerte para ganarlo todo. Así pues, nunca será silenciado el ruido de la lucha de clases mientras éstas sigan existiendo.

II.

El marxismo afirma que la fuerza proulsora de la historia es la lucha de clases. Para él la historia no es otra cosa que la “historia de la lucha de clases”. Él mismo es la más completa empresa histórica de profundizar la conciencia de clase de las masas oprimidas a nivel global y de empaparla con el fanatismo de la voluntad de lucha de clase. Su interpretación histórica es uno de los medios para alimentar esta voluntad de lucha. Él explica la historia del mismo modo que quiere hacer historia.

Desde hace 70 años el trabajador alemán ha sido educado para la conciencia de clase. No existe en el Mundo ningún trabajador cuya voluntad de lucha de clases haya sido más azuzada. Sin embargo el trabajador alemán, hasta la fecha, todavía no ha llegado al día en el que se haya aventurado a la revolución del proletariado. 1918 fue un simple derrumbamiento: la política de coaliciones posterior a él no fue una lucha de clases sino un servicio lacayo al orden burgués. La causa del proletariado en su lucha de clases nunca ha conseguido hasta el momento actual la posibiliad de hacer historia en Alemania.

III.

Lucha de clases fue el leantamiento de la burguesia francesa contra el orden social feudal en el año 1789. Bajo los sucesores de Luis XIV (El Rey Sol), se fue hundiendo pedazo a pedazo la posición mundial de Francia. Perdió sus posiciones en América, se vió superada por Prusia y Austria, el endeudamiento del Estado paralizó su capacidad de movimiento en política exterior, etc. La capa feudal dominante despilfarró una brillante herencia histórica, estaba en camino de llevar a Francia a la completa ruina. Se convirtió en una fatal administradora de las necesidades vitales de su pueblo. ¿Existía un mejor protector de estas necesidades vitales? La burguesía reivindicó el poder serlo. Los aristócratas exilados, que azuzaron a las potencias extranjeras desde Coblenza contra Francia traidoramente, confirmaron la validez de esta reivindicación.

La burguesía ahuyentó a la nobleza por puro instinto de clase. Pero ésta se había ganado ya el ser expulsada por motivos de política nacional. La transformación fue mucho más que un acontecimiento social. En la Revolución Francesa se unió la lucha de clases con una ardiente preocupación nacional. El pueblo francés salvó su patria de la europa reaccionaria cuando decapitó a su rey y a su nobleza. El derribo del orden anterior le trajo grandes beneficios sociales, pero este derribo tuvo sobretodo una función nacional. La lucha de clases burguesa fue la forma por la que, ante la fuerza de los acontecimientos, podía ser defendida la lucha por la autodeterminación de Francia de la incompetencia de sus clases dirigentes anteriores y de las potencias extranjeras. La lucha de clases fue un medio de la lucha nacional. Fue la lucha nacional y no la lucha de clases lo que finalmente le dio a los acontecimientos su verdadero sentido. La oposición de clases fue azuzada hasta el nivel de lucha de clases para que se convirtiera en el impulso político necesario para la salvación nacional y en definitiva, de todos los franceses en su conjunto. La burguesía francesa se convirtió en la clase soberana porque su lucha de clases se subordinó a las necesidades políticas y nacionales de Francia en su conjunto. La lucha de clases de la Revolución Francesa no se agotó en su propio contenido porque la burguesía francesa construyó un nuevo poder nacional y político, y tomó la responsabilidad del país: ella quedó vencedora en la lucha de clases porque llevó con éxito la causa nacional hasta el final.

Del mismo modo que el pueblo de Francia se protegió del hundimiento de su país a causa de una clase dirigente podrida, también salvó el trabajador de Rusia a su patria de la fatalidad de la disolución y la colonización por parte de poderes extranjeros en 1917. La clase alta feudal y aristocrática de la rusia zarista se vendió a los enemigos del pais. Le pusieron un precio a la independencia nacional: la garantía de sus inaceptables privilegios y comodidades. De este modo se convirtió la mera existencia de esa clase alta en un peligro para Rusia; si Rusia quería conservar su libertad e independencia debía aniquilar esa corrompida clase alta. Se habían convertido en aliados y agentes de las potencias occidentales, la simple defensa de sus privilegios de clase era traición a la patria. Por consiguiente, les correspondía el destino de todos los traidores. Así, la Eterna Rusia pasó a manos de los partisanos, de los regimientos de trabajadores. Lenin fue reclamado como fiducidario de los intereses nacionales y del pueblo ruso de la noche al dia. La lucha de clases no hubiera tenido esa fuerza incendiaria si no hubiera sido cargada con la dinamita de la cuestión nacional. Anteriormente, la lucha de clases ya se puso de manifiesto como realidad, pero no tenía ni el filo ni el impulso necesarios para conquistar el poder. Sólo era un leve calor en las vigas de la estructura que quería derribar. Éste devino grande, convirtiéndose en un inmenso fuego, purificador de todo lo podrido, en el momento en el que tomó la responsabilidad de la causa nacional. También la revolución rusa fue una revolución nacional. La voluntad de lucha de clases del proletariado ruso tuvo su función política. Fue la moral del soldado, la que puso en movimiento a la clase trabajadora para tomar las riendas de un pais mal gobernado.

IV.

Es un hecho penoso el que los trabajadores alemanes con conciencia de clase, aparten la causa obrera de la causa nacional. Esto afecta tanto a socialdemócratas como a comunistas. Ellos se obstinan en su egoismo de clase, dogmáticamente centrado en si mismo y por lo tanto políticamente incapaz a nivel nacional y colectivo. Sus motivos, por si mismos, carecen del suficiente peso político como para gobernar a todo el pais. Con su actitud están eludiendo la responsabilidad de ser la necesaria herramienta que arregle la totalidad de los problemas del pais en estos dias, entre los cuales, la desigualdad de clases es sólo uno más; muy importante, pero no el único. La Socialdemocracia y el Partido Comunista son figuras sin vida, les falta la resolución de penetrar de pleno en la problemática alemana. El modo de entender la lucha de clases de los socialdemócratas, se convirtió en seguida en una frase vacía; ésta no intimidó en absoluto a los acomodados bugueses alemanes, más bien se sumó a ellos, y en seguida ha acabado convirtiéndose en un movimiento en manos de la burguesía, la política exterior francesa y su opresión de nuestro país. La lucha de clases desde la perspectiva del Partido Comunista, en cambio, se ha dispersado en una cacofonía sin sentido. Se esforzó por representar la revolución mundial, pero acabó siendo cautivo de los intereses de Rusia en suelo alemán (1).

El carácter burgués del Tratado de Versalles, su opresión sobre el pueblo alemán, es en la actualidad el desafío que la clase trabajadora debe tomar. Es necesario conquistar la emancipación como trabajadores, pero también como pueblo. Su voluntad de lucha de clase debe unirse a la voluntad de autodeterminación de Alemania. La socialdemocracia persiste ante este desafío en un llamativo mutismo. El comunismo alemán se ha sentido ocasionalmente inclinado a responder a este desafío, pero no han sido más que maniobras tácticas y superficiales. Ahora ya, hasta esos tanteos se han dejado de lado y ha vuelto de nuevo a cerrarse en su egoismo de clase. El que se esté imposibilitando la necesaria conexión entre la lucha de clases contra la opresión de la burguesía y la lucha por la autodeterminación de Alemania contra la opresión de las potencias occidentales, está favoreciendo a las fuerzas de la Reacción, y también al fascismo en su camino hacia el poder. La clase alta alemana, la burguesía, está pactando y colaborando con el enemigo extranjero, ella está pactando con Versalles del mismo modo que intentó pactar la clase alta rusa, la corrompida aristocracia feudal rusa, con Francia, Inglaterra, Japón y America en su momento. Ella está vendiendo el pais a las potencias occidentales, entregando sus riquezas a los Trusts interncacionales y endeudando al Estado, llevándolo hacia la catástrofe sólo en su propio beneficio, perjudicando al conjunto de la Nación. Su política es la política del prostituirse al mejor postor. Ella ha perdido cualquier autoridad moral para seguir donde está.

Pero no está habiendo nadie que tome la herramienta que salve a Alemania. Sólo mediante una lucha de clases alentada por el anhelo de libertad y soberanía de los alemanes puede salvar la situación actual. La lucha de clases por si sola se está demostrando del todo insuficiente, su aliento no basta para tomar una tamaña tarea histórica bajo su responsabilidad. (2)

Y así permanece esta tarea sin hacer.

Y así puede el orden burgues continuar desmantelando el sistema de protección social.

Esto es lo trágico de la situación alemana actual: el que la necesaria unión entre la causa del proletariado y la causa nacional no se esté realizando ni siquiera en sus aspectos más elementales.

La voluntad de lucha de clases, entendida así, más preocupada por su pureza que por su aplicación práctica, no liberará ni siquiera la capa social de la que se cuida.

La voluntad de lucha de clases como órgano político y contenido en la voluntad vital nacional es aquello que otorga la libertad a los pueblos.

NOTAS

(1) Tählemann era el hombre de Estalin en Alemania, el cual tras una serie de movimientos dudosos tomó la dirección del KPD (Partido Comunista Alemán), tal era la dependencia de este partido de Rusia, que incluso las intrigas y divisiones entre trotskistas y estalinistas por la toma del poder en Moscú acababan repercutiendo en él. Tal y como también se vió a partir del primero de mayo de 1937 en la Guerra Civil Española, los partidos comunistas (de la Tercera Internacional) se convirtieron en agentes de una especie de imperialismo ruso de izquierdas y no de la revolución obrera a nivel mundial. La mayor parte del pueblo alemán no estaba dispuesto a votar una opción que significaba el convertirse en un satélite de rusia (como acabaría sucediendo después de la Segunda Guerra Mundial). Ése fue un obstáculo decisivo para el comunismo en Alemania y probablemente lo que le dio el triunfo al nacionalsocialismo. El problema alemán era obrero, pero también nacional – hablamos de un pais oprimido por las potencias occidentales, constantemente humillado (prohibición de Fuerzas Armadas propias, ocupacion del Ruhr, constantes exigencias económicas a un pueblo empobrecido, política exterior en manos de los vencedores de la Primera Guerra Mundial, etc.). La mayor parte del pueblo alemán exigía una revolución contra la clase burguesa vendida a los intereses extranjeros: Tanto por cuestiones de clase como nacionales. El partido comunista alemán no supo estar en el lugar necesario porque era más ruso que alemán. Finalmente, y para desgracia de Alemania y Europa, fue el nacionalsocialismo quien supo aunar la causa del proletariado y la causa nacional.

(2) Esta formula, la unión de la causa del proletariado con la causa de la autodeterminación nacional, es la que acabaría siendo adoptada por muchos paises del Tercer Mundo en su proceso de descolonización 30 años después. Al igual que ellos, Alemania se encontraba en este período de entreguerras bajo el control económico, y en gran parte también político, de las potencias occidentales.

martes, 23 de diciembre de 2008

Georges Sorel


Por Alain de Benoist

"Sorel, enigma del siglo XX, parece un injerto de Proudhon, enigma del XIX", escribía Daniel Halévy en su prólogo al libro de Pierre Andreu: Sorel, nuestro maestro (1953).

Enigma, en efecto, que el doctrinario edifica como un gigante, con las orejas pegadas a las sienes, la nariz chata, los ojos claros y la barba blanca. Enigma de un socialista encarnizado encantado con la Revolución rusa, simpatizante de la Acción Francesa, admirador de Renan, Hegel, Bergson, Maurras, Marx y Mussolini.

Georges Sorel nació en Cherburgo, el 2 de noviembre de 1847. Es doblemente normando, hijo de dos de las más antiguas familias emigradas a la Galia desde Escandinavia en la alta Edad Media. Su tío paterno, Albert Sorel, sería el historiador "oficial" de Napoleón III.

Politécnico, ingeniero de puentes y caminos, Sorel únicamente se consagra a los problemas sociales a partir de 1982. Su obra puede sintetizarse en un solo libro: Reflexiones sobre la violencia, en el cual sintetiza lo más sustancial de anterior producción: Las ilusiones del progreso, Sobre la Iglesia y el Estado, Sobre la utilidad del pragmatismo, La descomposición del marxismo, De Aristóteles a Marx, La ruina del antiguo mundo, El proceso de Sócrates, etc.

Publicado por vez primera en 1908, Reflexiones sobre la violencia es una obra que nunca dejado de reeditarse y de ser leída y meditada, por Lenin y por Mussolini, por Maurras y por Charles De Gaulle, por Oliveira Salazar y por Mao Tse Tung.

El libro fue pensado y construido para servir de obra base del sindicalismo revolucionario.

Hostil al socialismo parlamentario y a Jaurés, al que acusa de nutrirse de la ideología burguesa, Georges Sorel les opone lo que él denomina como "nueva escuela". Sorel concibe la huelga como la forma esencial de la reivindicación social. Es por medio de la huelga general como la sociedad será dividida en facciones enemigas y será destruido el Estado burgués. La huelga es "la manifestación más brillante de la fuerza individualista en las masas sublevadas".

La huelga implica la violencia. A la inversa de los socialistas de su tiempo (excepción hecha de Proudhon), Sorel no opone el trabajo a la violencia. Rechaza glosar sobre "el deseo de paz de los trabajadores". La violencia es para él un acto de guerra: "Un acto de pura lucha, semejante a la de los ejércitos en campaña", escribe.

"Esta asimilación de la huelga a la guerra es decisiva –indica Claude Polin en el prólogo a la nueva edición de Reflexiones sobre la violencia–, porque todo lo que afecta a la guerra se produce sin odio y sin espíritu de venganza: en la guerra no se mata al vencido; no se suponen inofensivas las consecuencias que los sinsabores puedan provocar en el campo de batalla". Ello explica por qué Sorel rechaza la "violencia vengativa" de los revolucionarios de 1793: "Nunca debe confundirse la violencia con las brutalidades sanguinarias que no conducen a nada".

Al principio fue la acción

Recogiendo la distinción clásica entre guerra "justa" y guerra "injusta", opone la violencia burguesa a la violencia proletaria. Esta última posee, a sus ojos, una doble virtud. No solamente debe asegurar una revolución futura, sino que es también el único medio del que disponen las naciones europeas, "entontecidas por el humanitarismo", para retomar su antigua energía.

La lucha de clases es, pues, un enfrentamiento de voluntades firmes, pero no ciegas. La violencia deviene la manifestación de una voluntad. Al mismo tiempo, ejerce una especie de función moral: produce un estado de espíritu "épico".

"La violencia –declara Sorel a su amigo Jean Variot– es una doctrina intelectual: la voluntad de los cerebros poderosos que saben lo que quieren. La verdadera violencia es necesaria para llegar al fondo de las ideas" (A propósito de Georges Sorel, 1935).

Sorel había aplaudido las palabras de Goethe: "Al principio fue la acción". Para él, el hombre que actúa es siempre superior al hombre que soporta: "La violencia verdadera hace aparecer al primer plano el orgullo del hombre libre".

Para restituir la energía al mundo actual se necesita un "mito", es decir un tema que no es ni verdadero ni falso pero que actúa poderosamente sobre el espíritu moviliza e incita a la acción.

Georges Sorel veía en la Prusia del siglo XIX la heredera de la Roma antigua.

Encuentra, para cantar las "virtudes prusianas", un tono que no deja de evocar a Moller Van den Bruck (Der preussische Stil). "Sorel, el artesano, hace culto del trabajo bien hecho –comenta Claude Polin–, y el trabajo bien hecho debe constituir un fin en sí, independientemente de los beneficios a retirar. Este desinterés es también el propio de la violencia. En el fondo del pensamiento de Sorel se encuentra la intuición de que todo trabajo es una lucha, y de que el trabajo nunca está bien hecho si no se entiende como lucha. Esta idea reanuda la intuición del carácter esencialmente prometeico del trabajo. Todo verdadero trabajo es una transformación de las cosas que comporta la necesidad de transformarse a sí mismo y a los otros consigo. "

Paso a paso, Sorel termina por denunciar la democracia ("verdadera dictadura de la incapacidad"), conjugando los acentos de un Maurras y de un Bakunin.

La dictadura del proletariado le parece, a la vez, un engaño y un señuelo: "Se necesita ser muy ingenuo para suponer que las gentes que sacan provecho de la dictadura demagógica abandonarán fácilmente sus ventajas". De paso, denuncia el rol de vanguardia que pretende realizar el bolchevismo intelectual: "Todo el devenir del socialismo reside en el desarrollo autónomo de los sindicatos obreros" (Materiales para una teoría del proletariado). "Marx no siempre estuvo bien inspirado. –prosigue- En sus escritos se encuentran no pocas tonterías procedentes de los utopistas".

Esta concepción de la acción se encuentra en completa oposición con las teorías "vanguardistas" (el trotskismo, por ejemplo). Pero la podemos redescubrir en las proposiciones del sindicalismo revolucionario y del anarco-sindicalismo.

Finalmente, si Sorel defiende al proletariado con tal encarnizamiento no es por sentimentalismo, como Zola, ni por un gusto pequeño-burgués por la culpabilidad, ni mucho menos porque así daría pruebas de una "conciencia de clase", sino porque está convencido de que en el seno de la sociedad burguesa, únicamente el pueblo puede todavía encontrar esa energía que las clases dirigentes han perdido. Consciente de las "ilusiones del progreso", constata que las sociedades, como los hombres, son mortales. A esta fatalidad él opone una voluntad de vivir, una de cuyas manifestaciones es la violencia.

En la actualidad Sorel denunciaría toda la sociedad vendida por los "maestros" de la contestación. "Marcuse representaría a sus ojos –escribe Polin–, el ejemplo típico del hombre degenerado por la creencia beata en el progreso, frustrado con el progreso porque no ve cumplida ninguna de sus expectativas, incapaz de poner su esperanza en algo más que en el progreso exacerbado, radicalizado, en el sueño de una abundancia completamente automática que aportaría en primer lugar la felicidad en cuanto sea posible satisfacer las pasiones más elementales, incapaz, en una palabra, de comprender que la fuente del mal está en el corazón del hombre desvirilizado por la fe económica".

El nombre de la vieja Antioquia

A partir de 1907, Georges Sorel se convirtió en el artesano de un acercamiento entre los antidemócratas de derecha y de izquierda. El órgano de esta conjunción es la publicación mensual Revue critique des idées et des livres, en la cual el nacionalista Georges Valois publica los resultados de su encuesta sobre La monarquía y la clase obrera.

En 1910 aparece la revista La Cité française. Después, entre 1911 y 1913, L´Indépendance. En estas publicaciones aparecen las firmas de Georges Sorel, Jean Variot, Edouard Berth, Daniel Halévy, pero también la de los hermanos Tharaud, de René Benjamín, Maurice Barrès y Paul Bourget.

En 1913, el periodista Edouard Berth, autor de Las fechorías de los intelectuales, saluda a Maurras y Sorel como "los dos maestros de la regeneración francesa y europea". Pero, en septiembre de 1914, Sorel le escribe: "Estamos en una era que bien podría caracterizarse por el nombre de la vieja Antioquia. Renan describió perfectamente esta metrópolis de cortesanos, charlatanes y mercaderes. Tendremos el placer de ver a Maurras condenado por el Vaticano, lo que sería un justo castigo a sus incorrecciones. ¿A quien podría interesar un partido realista en una Francia únicamente interesada en restaurar la vida muelle de Antioquia?"

"A Maurras –explica el sociólogo Gaetan Pirou–, Sorel le reprocha ser demasiado demócrata; reproche que, a primera vista, puede parecer paradójico. En realidad, Sorel quería decir que Maurras, positivista e intelectualista, no había repudiado la democracia mas que en sus aspectos políticos y no en sus fundamentos filosóficos".

Nacional-revolucionarios

Sorel ejercerá tanta influencia en Barrès y Péguy como en Lenin. Éste último, en materialismo y empirocriticismo, le denunciará no obstante como un "espíritu desordenado".

Más que Francia –observa Alexandre Croix en La revolución proletaria–, Italia sería la "tierra prometida del sorelismo". Sorel ejercerá una poderosísima influencia en la escuela sindicalista dirigida por el futuro ministro italiano de trabajo (entre 1920 y 1922), Arturo Labriola. Éste, en 1903 traduce El futuro socialista de los sindicatos. Uno de sus lugartenientes, Enrico Leone, redactó, en 1906, el prólogo de la primera edición italiana de Reflexiones sobre la violencia, publicado con el título de Lo sciopero generale e la violenza ("La huelga general y la violencia").

Mediante esta traducción, Sorel alargará su influencia a Vilfredo Pareto, Benedetto Croce, Giovanni Gentile y (por la mediación de Hubert de Lagardelle) sobre Benito Mussolini.

En Alemania, el sorelismo encuentra una especie de prolongación en las corrientes nacional-revolucionarias y nacional-comunistas que se manifestaron a partir de 1920 (cfr. Michael Freund. Georges Sorel und der revolutionäre Konservatismus, 1932).

Cuando murió Sorel, en 1922, el entonces monárquico Georges Valois (futuro fundador del primer partido fascista fuera de Italia), en la revista de la Acción Francesa, y el socialista Robert Louzon, en Le Socialiste, le rindieron sendos homenajes que asombran por su semejanza a quien alcanza a leerlos. Pocas semanas más tarde, Benito Mussolini, justo después de tomar el poder con la marcha sobre Roma, declaraba al corresponsal en Italia del diario madrileño ABC: "Es a Sorel a quien más le debo".

El gobierno fascista y el Estado soviético propusieron el mismo día asumir los costes de un monumento ante su tumba.

martes, 16 de diciembre de 2008

Antonio Gramsci



Por Alain de Benoist

Hubo un tiempo en que se leía a Marx. Hoy, es dogma. No solamente está de moda: la inmensa mayoría de lo que se publica en el dominio ideológico se sitúa en el interior del marxismo. El marxismo, y sus epígonos que introdujeron un cierto número de variaciones personales (Lukács, Rosa Luxemburgo, Wilhelm Reich..), se han instalado en la cultura popular y en los análisis massmediáticos de un modo subliminal, penetrándolo todo, aun sin darnos cuenta.

Antonio Gramsci es, junto con Lukács, el más célebre de los "marxistas independientes". Es también, y sobre todo, el teórico del "poder cultural".

Nacido en Cerdeña en 1891, una leyenda a lo Don Bosco hizo de él el hijo de un pastor. De hecho, su padre fue un funcionario estatal. A los tres años, a consecuencia de una desgraciada caída por la escalera, se deforma la columna vertebral, quedando jorobado para el resto de su vida. A los diecisiete años, una beca le permite acceder a la universidad de Turín, a donde llega en 1911.

Dos años más tarde se afilia al Partido Socialista Italiano (PSI), donde milita en el "ala izquierda". Comienza a escribir en el diario "Avanti" y en el semanario "Grido del popolo". El 1 de mayo de 1911, junto con Terracini y Palmiro Togliatti, lanza el semanario "L´Ordine nuovo".

El mundo comunista se encontraba entonces en plena ebullición. A partir de 1918 ciertas corrientes se pronuncian por un "apoyo crítico" al bolchevismo ruso. Estas corrientes rechazan aceptar sin contestación la hegemonía de la Komintern (la Internacional Comunista). En Alemania, es el caso de los grupos que, en 1920, se agruparon en el KAPD (Partido Comunista Obrero Alemán), con Rosa Luxemburgo y Karl Korsch; en los Países Bajos, de los "consejistas" de Pannekoek. Su oposición queda mostrada en la acción parlamentaria, que consideran inadecuada para la lucha por el socialismo, y en el papel de los sindicatos, puesto que dudan de sus virtudes revolucionarias.

Esta posición será duramente criticada por Lenin en su obra El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo.

En Italia, en el interior del PSI, se enfrentan dos grupos "izquierdistas": el dirigido por Amadeo Bordiga y el liderado por Antonio Gramsci.

Reagrupados desde Nápoles en torno al diario "Il Soviet", los bordiguistas proponen la creación de un partido revolucionario ultrajerarquizado y ultracentralizado. La dirección de "L´Ordine nuovo", al contrario, opone el "comunismo de los consejos" al "comunismo del partido": denuncian el "fetichismo organizativo"; es decir, la idea de que todo debe estar subordinado a los intereses del partido.

El sindicato, escribe Gramsci, "tiene un objetivo que podríamos llamar comercial", consistente en "valorizar, sobre el mercado burgués del trabajo, la categoría de los trabajadores", lo cual nada tiene que ver con la revolución. En cuanto a la "religión de partido", ligada al burocratismo y al elitismo, se traduce en "el deseo de cultivar el aparato por el aparato" (Notas sobre Maquiavelo). Conclusión: el partido y el sindicato pueden ser agentes de la revolución, pero no pueden ser formas privilegiadas, ni la revolución puede confundirse con ellos.

Con su figura corvada, su gruesa nariz, su melena negra y sus eternos "quevedos", Gramsci está presente en todos los congresos, donde lanza su célebre palabra de orden: "Sólo la verdad es revolucionaria".

Paralelamente elabora una teoría del "consejismo de las factorías". La idea central es que el proletariado debe instituir su dictadura mediante organismos creados espontáneamente en su seno. Aquí, la palabra-clave es "espontáneamente": implica un retorno a la base.

Bordiguistas y "social-traidores"

Gramsci se vuelca hacia los "consejos de las factorías", que supone la síntesis entre la infraestructura económica y la superestructura política: en el penúltimo estadio de la sociedad comunista, el Estado mundial de los proletarios nacerá de la coalición entre los consejos de las factorías y los consejos de los campesinos. Será la "democracia directa".

"Los comisarios de las factorías –escribe Gramsci– son los únicos y verdaderos representantes sociales (económicos y políticos) de la clase obrera, puesto que son los únicos elegidos mediante el sufragio universal de todos los trabajadores en su mismo lugar de trabajo".

Desde abril hasta septiembre de 1920, un inmenso movimiento de huelga general sacude el norte de Italia. Es todo un acontecimiento: "El proletariado ha iniciado, por vez primera en la historia, la lucha por el control de la producción sin haber sido empujado a tal acción por el hambre o el paro" ("L´Ordine nuovo", 14-04-1921). Desde Turín, Antonio Gramsci anima los "soviets de empresa". "Cada factoría –dice– es un estado ilegal, una república proletaria que vive el día a día".

Pero el entusiasmo se derrumba con la misma rapidez con la cual había surgido. El ala derecha del PSI "rompe" el movimiento. La socialdemocracia pierde terreno. Por lo demás, la decisión de Lenin de acelerar las escisiones comunistas en el seno de los partidos comunistas precipita los acontecimientos. El 21 de enero de 1921, en Livorna (Suiza), la "Fracción Comunista" (FC) del PSI se transforma en el Partido Comunista Italiano (PCI). Gramsci y Togliatti participan en su fundación, pero es Bordiga quien toma el control del partido.

Poco tiempo después una nueva crisis se declara en la Internacional. Inquieto ante los progresos de la "reacción", Lenin propone una estrategia de Frente Popular. Bordiga, en Italia, rechaza colaborar con los "social-traidores". Asegura que el fascismo, "instrumento de la burguesía", desaparecerá automáticamente con ella. Esta actitud sectaria le priva del apoyo de las masas. El 29 de octubre de 1922, los fascistas llegan a Roma después de su larga marcha; al día siguiente, Mussolini accede al poder.

Pocos meses antes, en Moscú, Gramsci había sido designado miembro del Comité Ejecutivo de la Komintern. Meditando la importancia y la gravedad del desacuerdo entre el PCI y el Kremlin, decide atacar a los bordiguistas y tomar, desde el interior, el control del partido. Pero los apoyos que esperaba no se materializan. En Alemania, una tentativa de alianza entre socialistas y comunistas fracasa en octubre de 1923. Moscú, que creía en la posibilidad de la formación de una internacional de izquierdas, animada por Bordiga con el apoyo de Trotsky (ya en la oposición), encuentra la ocasión para desarrollar una ofensiva contra la "derecha". Gramsci se encuentra solo.

En enero de 1924 es elegido diputado por Venecia. El 12 de febrero lanza el diario "L´Unitá". En enero de 1926, el congreso del PCI debe celebrarse en Lyon, en Francia. Gramsci imponen sus tesis y es nombrado secretario general. Pero es demasiado tarde: carente ya de electorado, desgarrado por luchas intestinas, el partido es ilegalizado el 8 de noviembre y entra en la clandestinidad. Gramsci es arrestado y enviado a la isla de Utica, condenado a veinte años de prisión.

Allí, en su celda, escribe sus textos más importantes: los Cuadernos de prisión. Treinta y tres tomos, tres mil páginas manuscritas.

Libre de las contingencias de la acción, Gramsci repasa toda la praxis del marxismo-leninismo. Reflexiona, en particular, sobre la gran huelga general socialista de 1920. ¿Cómo lograr que la conciencia de los hombres actúe según aquello que debería dictarle su situación de clase? ¿Cómo es que los estratos dominantes se hacen obedecer "naturalmente" por los estratos dominados? Gramsci responde a estas cuestiones mediante el estudio de la noción de "ideología", y operando una distinción decisiva entre "sociedad política" y "sociedad civil".



La teoría del poder cultural

Por "sociedad civil" (termino ya usado por Hegel y, por cierto, criticado por Marx) Gramsci designa el conjunto del sector "privado"; es decir, el sistema de necesidades, la jurisdicción, la administración, las corporaciones, pero también los dominios intelectual, religioso y moral.

El gran error de los comunistas ha sido creer que el Estado se reduce a un simple aparato político. Pero, "el Estado organiza también el consentimiento"; es decir, dirige por medio de una ideología implícita, que reposa sobre los valores admitidos por la mayoría de los societarios. Este aparato "civil" comprende la cultura, las ideas, los modos, las tradiciones –e incluso el "sentido común".

En otras palabras, el Estado no es solamente un aparato coercitivo. Al lado de la dominación directa, del mando que ejerce por medio del poder político, también se beneficia, gracias a la actividad del poder cultural, de "una hegemonía ideológica, de la adhesión de los espíritus a una concepción del mundo que le consolida y le justifica" (cfr. la distinción hecha por Althusser entre el "aparato represivo del Estado" y los "aparatos ideológicos del Estado").

Separándose aquí de Marx, que reduce la "sociedad civil" a la infraestructura económica Gramsci asegura (sin percibir todavía que la ideología también está ligada a las mentalidades; es decir, a la constitución mental de los pueblos) que es en la sociedad civil donde se elaboran y difunden las visiones del mundo, las filosofías, las religiones y todas las actividades intelectuales o espirituales, explícitas o implícitas, por medio de las cuales se forma y se perpetúa el consenso social. Por ello, reintegrando la sociedad civil al nivel de la superestructura y agregándole la ideología, de la que ella depende, Gramsci distingue, en Occidente, dos formas de superestructura: por una parte la sociedad civil, por la otra la sociedad política o el Estado propiamente dicho.

Mientras en Oriente el Estado lo es todo, en tanto la sociedad civil es "primitiva y gelatinosa", en Occidente, los comunistas deben ser conscientes del hecho de que lo "civil" se ajusta a lo "político". Si Lenin, que ignoraba tal cosa, pudo acceder al poder, fue precisamente porque en Rusia la sociedad civil era prácticamente inexistente. En las sociedades desarrolladas, no es posible la toma del poder político sin la previa captura del poder cultural: "La toma del poder no se efectúa solamente por una insurrección política de asalto del Estado, sino, sobre todo, por un largo trabajo ideológico en la sociedad civil que permita preparar el terreno" (Hélène Védrine, Las filosofías de la historia, 1975). El "paso al socialismo" no pasa ni por el putsch ni por el enfrentamiento directo, sino por la subversión de los espíritus.

El premio de esta "guerra de posiciones": la cultura, que es el puesto de mando de los valores y las ideas.

Gramsci rechaza a la vez el leninismo clásico (teoría del enfrentamiento revolucionario), el revisionismo estaliniano (estrategia del Frente Popular) y las tesis de Kautsky (constitución de una vasta concentración obrera). El "trabajo de partido", pues, consistiría en reemplazar la "hegemonía de la cultura burguesa" por la "hegemonía cultural proletaria". Conquistada por valores que ya no serán los suyos, la sociedad vacilará sobre sus bases. Y entonces será la hora de explotar la situación sobre el terreno político.

De ahí el rol designado a los intelectuales: "ganar la guerra de posiciones por la hegemonía cultural". El intelectual es aquí definido por la función que ejerce frente a un tipo dado de sociedad o de producción. Escribe Gramsci: "Cada grupo social, nacido sobre el terreno original de una función esencial, en el mundo de la producción económica, crea al mismo tiempo que él, orgánicamente, una o varias capas de intelectuales, que le dan su homogeneidad y la conciencia de su propia función, no solamente en el dominio económico, sino también en los dominios social y político (Los intelectuales y la organización de la cultura).

A partir de esta definición (demasiado extensa), Gramsci distingue entre los intelectuales orgánicos, que aseguran la cohesión ideológica de un sistema, y los intelectuales tradicionales representantes de los antiguos estratos sociales que persisten a través de las relaciones de producción.

A partir de los intelectuales "orgánicos", Gramsci recrea el sujeto de la historia y de la política, el Nosotros organizador de los otros grupos sociales, por retomar la expresión de Henri Lefebvre (El fin de la historia, 1970). El sujeto ya no es Príncipe, ni el Estado, ni el Partido, sino la Vanguardia intelectual ligada a la clase obrera. Es ella quien, mediante un "trabajo de termita", cumple una "función de clase" convirtiéndose en portavoz de los grupos representantes en las fuerzas de producción.

La Vanguardia intelectual es quien debe dar al proletariado la "homogeneidad ideológica" y la conciencia necesaria para asegurar su hegemonía –concepto que, en Gramsci, reemplaza y desborda al de "dictadura del proletariado" (en la medida en que desborda la política para englobar la ideología).

Pluralismo y consenso evanescente

De paso, Gramsci detalla todos los medios que estima propios para la "persuasión permanente": apelación a la sensibilidad popular, inversión de los valores del poder creación de "héroes socialistas", promoción del teatro, del folklore, del cine. Para la definición de estos objetivos, se inspira en la experiencia inicial del fascismo y su estrecha vinculación con la cultura vanguardista (con el futurismo, particularmente). L comunismo, dice, debe resolver sus problemas teniendo en cuenta la experiencia soviética, pero sin seguir pasivamente este modelo. Esto le conduce a subrayar la especificidad de las problemáticas nacionales. La acción y la estrategia políticas no pueden, a sus ojos, negar la complejidad de las sociedades, ni el temperamento, la mentalidad, la herencia histórica, la cultura y la tradición de las naciones, ni mucho menos las relaciones de las clases entre sí (incluyendo sus aspectos ideológicos), etc.

Gramsci comprende muy bien que el postfascismo no será socialista. Pero piensa que este periodo, durante el cual reinará de nuevo el liberalismo, será una excelente ocasión para practicar la subversión cultural, pues el socialismo estará moralmente en una posición de fuerza.

De este "rodeo democrático" surgirá un nuevo bloque histórico, bajo la dirección de la clase obrera, en tanto que los intelectuales tradicionales serán asimilados o destruidos. Por "bloque histórico", noción formada a partir, especialmente, de la situación en el Mezzogiorno italiano, Gramsci entiende un sistema de alianzas políticas que asocien la infraestructura y la superestructura, centrado en torno al proletariado y basado en la "historia"; es decir, sobre las clases y la estructura de las clases en la sociedad.

Esta visión se ha revelado profética. No solamente porque es en los regímenes liberales donde la subversión tiene una mayor libertad de actuación, sino también porque tales regímenes, siendo pluralistas, son el lugar de un débil consenso que favorece la inmersión de los intelectuales en las luchas políticas. "El orden pluralista –escribe Jean Baechler– se caracteriza por un consenso evanescente. En efecto, el pluralismo político; es decir, el reconocimiento institucional de la legitimidad de los proyectos divergentes y concurrentes, es intrínsecamente corruptor del consenso. La pluralidad de partidos, por el único mecanismo de la concurrencia, conduce a percibir más y más netamente la multiplicidad y la variabilidad de las instituciones y los valores. En el límite, no hay nada que consiga la unanimidad de los societarios" (¿Qué es la ideología?, 1976).

Se llega así a un círculo vicioso. La actividad de los intelectuales contribuye a destruir el consenso general, la difusión de las ideologías subversivas se ajusta a los defectos intrínsecos de los regímenes pluralistas. Pero, contra más se reduce el consenso, más se fortalece la demanda ideológica, a la cual responde la actividad de los intelectuales. Así, el efecto es contrario a la mayoría ideológica.



Antonio Gramsci murió de tuberculosis el 25 de abril de 1937. Su hermana Casilda reunió sus Cuadernos y los puso en circulación.

En la primavera de 1944, el PCI aguardaba su gran día bajo la dirección de Palmiro Togliatti (1893-1964). Retomando por cuenta una parte de las tesis de Gramsci se convirtió en el abogado del "policentrismo" –de la ortodoxia plural de los diferentes partidos comunistas. A principios de 1960, esta tesis ejercerá una fuerte influencia sobre los jóvenes comunistas disidentes.

En Italia, la obra completa de Gramsci fue publicada entre 1948 y 1950. Su biografía "oficial" apreció en 1951.

El izquierdismo europeo (el "marxismo occidental", en la terminología de Gramsci) pronto comprendió la lección esencial de Gramsci. A saber: que la mayoría ideológica es más importante que la mayoría parlamentaria y que la primera siempre anuncia la segunda, en tanto la segunda, sin la primera, está llamada a derrumbarse.

Silvio Gesell: el "Marx" de los anarquistas


Por Robert Steuckers

Silvio Gesell fue siempre un economista inconformista. Tomó parte en los gobiernos de los consejos de Baviera junto a otros personajes inclasificables como Ernst Niekisch, Erich Mühsam o Gustav Landauer. Nacido en Saint-Vith, Gesell desarrolló en el más importante de sus ensayos, Die natürliche Ordnung ("El orden natural"), un proyecto de redistribución de tierras en orden a conseguir que cada hombre pudiera ser autónomo y poder vivir de manera independiente frente a las estructuras abstractas de la modernidad burguesa. Günther Bartsch, autor alemán que se ha ocupado de su biografía y de sus ideas, le llama "ácrata", esto es, hombre libre de toda tutela, ya sea ésta de carácter político, religioso o administrativo. Para Klaus Schmitt, quien ha redescubierto para la izquierda inconformista alemana la figura de Gesell a pesar de criticar algunos aspectos de su pensamiento, el ácrata republicano y consejista (räterepublikanisch) fue uno de los críticos de mayor envergadura frente al "poder de Mammon". Gesell, efectivamente, pretendía acabar con la abrumadora presencia del dinero a través de una economía entre los pueblos y los Estados basada en lo que él denominó "dinero evanescente" (Schwundgeld), al tiempo que teorizó sobre una "doctrina del dinero libre". Por "dinero evanescente", Gesell entendía una moneda que no se pudiera acumular y por la que no se debiera pagar interés alguno. Para Gesell, toda acumulación de dinero constituía un "pecado capital". Todo capital que no se tradujera inmediatamente en "cosas" (máquinas, herramientas, técnica, educación, tierras, ganado, etc.) debía, por un imperativo moral y económico, perder todo su valor. Años más tarde, esta idea fundamental de Gesell fue retomada por el padre del "distribucionismo" C.H. Douglas y por el poeta norteamericano Ezra Pound, quien veía en el gobierno de su país un instrumento del "Demonio Mammon". Douglas, en Canadá, elaboró sólidos proyectos de base "distribucionista". Pound, por su parte, demostró un desprecio intransigente, absoluto, lo que pudiéramos llamar una cólera lírica, contra el dinero y los distintos sistemas bancarios, expresando su rechazo absoluto a través del apoyo a la "República de Salò" de Mussolini, poco antes de concluir la segunda guerra mundial. Pound trató de convencer a sus compatriotas de no combatir al fascismo republicano del período 1943-1945. Tras la conclusión de las hostilidades, Pound fue recluido durante doce años en un psiquiátrico en los Estados Unidos, experiencia tras la cual marchó a vivir al Tirol con su hija Mary de Rachewiltz. Murió en 1972.

Aparte de su doctrina económica relativa al "dinero evanescente" o el "dinero libre", Gesell teorizó igualmente sobre una suerte de anarcofeminismo, garante de la protección a las mujeres y los niños contra todo tipo de explotación masculina. Esta variante de las especulaciones sobre el arquetipo matriarcal, que arranca de la obra de Bachofen, implica una crítica muy concisa del patriarcado (y de todas las formas del derecho patriarcal), ya que, desde su punto de vista, esta forma de poder situaba a los niños en una posición muy débil en el seno de la sociedad. Desde este punto de vista, Gesell se ha convertido en el precursor del derecho infantil. En la práctica, el anarcofeminismo significaría el establecimiento de una renta para las madres. "Gesell y sus discípulos pretendían confiar la propiedad de la tierra a las madres y convenir con ellas una renta relativa a los bienes raíces hasta que sus hijos alcanzaran los dieciocho años de edad. Una federación de madres administraría el suelo nacional y, más tarde, en un futuro, el conjunto de tierras del planeta, derecho que llevaría asocida la posibilidad de arrendar fincas al mejor postor. Mediante la aplicación de este procedimiento, cada persona, o cada grupo (p. ej.: un gremio) podría beneficiarse de las mismas oportunidades, podría explotar la tierra y verse libre de los parásitos privados o de la administración" (p. 124). Gesell dio un nombre científico a este sistema: "matriarcado fisiocrático".

Otras contribuciones interesantes de Bartsch y Schmitt en esta obra sobre Gesell es la introducción de textos de Gustav Landauer ("Sehr wertvolle Vorschläge") y de Erich Mühsam ("Ein Wegbahner. Nachruf zum Tode Gesells 1930").

Conclusión: este libro nos ayuda a comprender la complejidad, variedad y posibilidades de las ideas que convergieron en la República de los Consejos de Baviera tras la Gran Guerra. Si Niekisch ha sido redescubierto en la actualidad y ampliamente estudiado, sin embargo se ha dejado de lado su proximidad con personajes como Landauer, Mühsam y el propio Gesell. Sería interesante, asimismo, analizar el parentesco ideológico entre Gesell, Douglas y Pound, y proceder a estudios comparativos. Ni qué decir tiene que también sería oportuno la confrontación de las doctrinas de Gesell con las teorías nacional-revolucionarias de Henning Eichberg formuladas en las décadas sesenta y setenta y, a partir de 1980, retomadas por la revista alemana Wir Selbst. Eichberg siempre puso el acento en la dimensión maternal de la vida, al sobrevalorar la noción de "matria" —maternidad y protección— sobre la de "patria", que consideraba represiva. Son similitudes que el historiador de las ideas no debería dejar pasar por alto.

[Comentarios al libro de Klaus Schmitt y Günter Bartsch (eds.), Silvio Gesell, "Marx" der Anarchisten. Texte zur Befreiung der marktwirtschaft vom Kapitalismus und der Kinder und Mütter vom patriarchalischen Bodenunrecht, Karin Kramer Verlag, Berlín, 1989. Traducción de Infoeuropa].

Se recomienda leer "El Orden Natural" en este link

Conducción Política



En el año 1951 durante el primer gobierno del General Perón, se inauguran las escuelas de conducción político-sindical, en las que se dictaban los cursos de conducción política, que tenían al mismo Perón como exponente, de las clases dictadas, en aquel entonces se edita el libro "Conducción política", este es una de las piezas medulares de la doctrina peronista hecha texto.

Solo los grandes principios son eternos....

Las doctrinas no son eternas sino en sus grandes principios, pero es necesario ir adaptándolas a los tiempos, al progreso y a las necesidades. Y ello influye en la propia doctrina, porque una verdad que hoy nos parece incontrovertible, quizá dentro de pocos años resulte una cosa totalmente fuera de lugar, fuera de tiempo y fuera de circunstancias. Una doctrina hoy excelente puede resultar un anacronismo dentro de pocos años, a fuerza de no evolucionar y de no adaptarse a las nuevas necesidades. Por eso hemos puesto, como primera tarea para la Escuela, el desarrollarla, terminarla y después mantenerla al día, para adaptarla a la evolución.

No debiera nacer el hombre que no tenga una causa para servir en su vida.

Yo siempre digo que así como no nace el hombre que escape a su destino, no debiera nacer el que no tenga una causa para servir en su vida. Porque es la única manera de justificar su paso por la vida. Hay hombres que son normales y han resultado grandes y verdaderos héroes de la humanidad, porque han sido hombres que sirvieron a una causa. En cambio, hay hombres de un talento extraordinario que pasaron la vida escribiendo novelitas...

El conductor perfecto

Por lo tanto, la conducción debe estar en manos de hombres de un perfecto equilibrio. Napoleón lo definía como un perfecto cuadrado: los valores morales son la base; los intelectuales, la altura. Es necesario que un conductor tenga tanto de unos como de otros. Si logra ese equilibrio, es el hombre de la conducción; pero cuando se le van los valores morales sobre los valores intelectuales, lo llevan a realizar cosas inconsultas, y cuando estos últimos lo sacan de las virtudes, ya no deja "macana" por hacer.

Diferencias entre gobernar y conducir

Algunos creen que gobernar o conducir es hacer siempre lo que uno quiere. Grave error. En el gobierno, para que uno pueda hacer el cincuenta por ciento de lo que quiere, ha de permitir que los demás hagan el otro cincuenta por ciento de lo que ellos quieren. Hay que tener la habilidad para que el cincuenta por ciento que le toque a uno sea lo fundamental.

Ubicuidad en la Conducción

Vamos a tratar de las características de la conducción moderna. Una de las primeras cosas que la conducción, como la historia, necesita tener un encuadramiento perfecto de tiempo y lugar. La conducción ha evolucionado con la evolución del hombre, con la evolución de las ciencias y con la evolución de las artes. Cada nuevo descubrimiento altera y modifica la conducción. Por esa razón, para poder comprender la conducción, es necesario ubicarse en las condiciones de tiempo y lugar. De tiempo, por la evolución; de lugar, por las características de esa misma conducción en el ambiente propio.

Hay también en eso un don de ubicuidad de la conducción sin el cual uno fracasa irremisiblemente.

Las Leyes de Licurgo

Licurgo – a quien mi señora cita hoy en su conferencia- estableció en una de sus más sabias leyes- entre las tantas leyes sabias que él hizo para Esparta- , que para mí es la más maravillosa de todas, lo siguiente: "Hay un solo delito infamante para el ciudadano: que en la lucha en que se deciden los destinos de Esparta él no esté en ninguno de los dos bandos o esté en los dos".

El ciudadano debe ennoblecer el cargo

Debe actuar en él desempeñándose de la mejor manera posible, porque si los cargos elevan o encumbran al ciudadano el ciudadano tiene la obligación de ennoblecer el cargo.

El ejemplo de Epaminondas

Cuenta la historia que cuando el famoso Epaminondas, por haber perdido una de sus batallas, fue degradado del ejército y encargado de la limpieza de la ciudad de Tebas, nunca esta ciudad estuvo tan limpia. El hombre debe esperar el momento en que le toque actuar. Lo que debe importarle es actuar bien donde lo pongan y que actúe con todas las fuerzas de su alma para mejorar la conducción del conjunto.

A grandes éxitos grandes riesgos

Y esa es otra condición de la conducción. El que quiere conducir con gran éxito tiene que exponerse; el que quiere solamente éxitos mediocres es suficiente con que no se exponga nunca, y si no quiere fracasar ni cometer ningún error lo mejor es que nunca haga nada.

El éxito se construye

En la teoría que Napoleón esbozo en varias oportunidades, dijo: "el éxito no depende de la suerte, tampoco de la casualidad y no es un designio del destino. El éxito- dijo Napoleón- se construye; el éxito se realiza". Es decir, que el éxito se concibe, se prepara, se organiza, se realiza y se explota, porque el éxito de los hombres está en los hombres mismos, está en su propia acción.

El deber de vencer

Debe crearse lo que yo llamo el deber de vencer, que va acompañado con la abnegación del individuo. El deber vencer es indispensable en la conducción. Aquel conductor que no sienta el deber de vencer difícilmente va a vencer en alguna acción. Si no vence, debe saber soportar virilmente los golpes del destino.