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jueves, 5 de febrero de 2009

El esfuerzo y la alegría de vivir

Por E. Armand (Fragmentos de "El Anarquismo Individualista")

Si la manifestación de la vida consiste en una ruptura de equilibrio en un medio dado, el nacimiento de toda nueva actividad implica al mismo tiempo un esfuerzo, una energía. Toda reacción contra el poder conservador y la tendencia a la inmovilidad constituye un esfuerzo. La historia de la selección de las especies nos confirma no solamente esta constatación banal de que las más aptas y mejor dotadas subsistieron, destruyendo y reemplazando a las más débiles para la lucha y la perpetuación, sino también que, si las razas sobrevivieron y se propagaron, fue gracias a un esfuerzo continuo de resistencia, de asimilación y absorción, esfuerzo casi inconsciente en los organismos inferiores, pero más y más esclarecido en su tenacidad a medida que se manifiesta en el hombre, que es el tipo más perfecto y mejor dotado de los vertebrados. El esfuerzo, facultad inherente al individuo, es la práctica de la voluntad de vivir y reproducirse, o sea la manifestación dinámica, efectiva.
Para apoyar nuestras razones, tomemos algunos ejemplos típicos: En un medio donde la educación del Estado tiende a infundir en los cerebros el respeto a las instituciones establecidas y el culto a los hechos adquiridos, todo individuo que vive fuera de esta concepción realiza un esfuerzo. Podría únicamente ser una potencia, pero desde el momento que pasa de la teoría a la práctica, ya se manifiesta aquella energía activa.
En un medio artístico donde los procedimientos de pintura clásica gozasen de la admiración y se beneficiasen de la consideración general, un futurista pretende afirmar una nueva tendencia. Si ésta pasa de su cerebro a la traducción concreta, el
esfuerzo se realiza al luchar con las ideas dominantes, al hacer gestos de resistencia para producir en definitiva las obras de su concepción. (...)

En contraposición de esta teoría vital que ama el esfuerzo afirmativo, encontramos la funesta clase de los parásitos, que juzgan más cómodo y menos fatigoso vivir a expensas de la actividad ajena. No son sólo los rentistas o los herederos de
casa grande, sino que se encuentran en todos los dominios estos seres absorbentes. El parásito adquiere formas diversas y se lo conoce con distintos nombres: es poeta, artista, propagandista, obrero sin trabajo, productor interesado y laborioso, si es preciso. A veces, con su traje de faena y sus manos callosas, es difícil desenmascararlo, pero con mucha habilidad se llega a reconocerlo. Su obra es negativa, su propaganda una repetición de lugares comunes, y si explota las ideas avanzadas, sus discursos inflamados contra la sociedad suenan tanto más huecamente cuanto mejor provista es la mesa y más confortable es el lecho que comparte en casa del cándido compañero.
No olvidemos tampoco que parásito es igualmente el proletario que se aprovecha de las mejoras alcanzadas por sus compañeros, sin haber querido tomar parte en las luchas consiguientes.
Sin duda, todos somos algo parásitos, puesto que nos aprovechamos de las adquisiciones de los más adelantados en ideas y estudios y no podemos vanagloriarnos de nuestro saber, cuando es una imitación de lo que otros han dicho antes y mejor que nosotros. Únicamente cuando vamos más lejos, por nuestra cuenta y riesgo, sirviéndonos de los jalones que aquellos han plantado con los resultados de su trabajo en la ruta de la experiencia, podemos decir que adquirimos propia personalidad y perseguimos nuevas iniciativas. (...)

Una constatación dolorosa es que todos no son aptos actualmente para esforzarse en ser rebeldes o refractarios. El mayor número de los humanos nos parece impropio para vivir una existencia nada más que algo individual. Es una consecuencia de la manera como se realiza la supervivencia de las especies. Las más aptas para remontar los obstáculos, para vencer las resistencias que se opongan a su perpetuación, son guiadas solamente por un número restringido de individuos más capaces, dotados de ciertas características perfeccionadas que llegan a constituir la herencia de la nueva especie o raza transformada. Lo que pudiéramos llamar la escoria, el sedimento, o el desecho intransformable de la especie, la raza y el individuo, languidece, se debilita, degenera y acaba por perecer, si no es absorbido. (...)

La vida es bella para quien traspasa las fronteras de lo convencional, se evade del infierno industrial y comercial y huye lejos del humo insalubre de las fábricas y del hedor pestífero de las tabernas; para quien se despreocupa de las restricciones de la respetabilidad, de los temores del qué dirán y de las murmuraciones vulgares. La vida es bella para el anarquista. Y como el anarquista no cesa de propagar sus concepciones, haciendo obra de vida y de reproducción, es natural que se desinterese en cierto modo de los incapaces de un esfuerzo que sea efectivo en el presente, porque quiere el mayor grado de libertad sobre todo, sin aguardar al problemático mañana, cuya consecución ha de fiarse a los demás.

El anarquista sigue su camino, dejando atrás a los religiosos, a los legalitarios y a los socialistas que confían su esfuerzo en manos de sus sacerdotes, de sus diputados o de sus delegados. No puede estar de acuerdo con partido alguno organizado. (...)

En efecto, la vida no puede parecer bella más que considerada individualmente. (...)

Nadie más que los que perciben la vida a través del prisma social, todos los que forman de ella un concepto estrecho según las ideas determinantes de la moral que sustentan, todos los atrofiados por los innumerables arcaísmos, la encuentran insípida o detestable, porque siendo víctimas de la zozobra, de saber lo que puede hacerse y lo que está prohibido, según las reglas prefijadas, resulta de tal modo una carga o una esclavitud.

El anarquista, al contrario, aprecia la alegría de vivir intelectual, sentimental y materialmente, ya en el tráfago de las grandes ciudades, o bien en la paz sedante de los campos o aldeas. Goza de todo y no desecha sino lo que no cuadra con su temperamento, su carácter, sus aspiraciones y su sed de realidades. (...)

El dominio de sí mismo es la primera condición de una vida plena. Aquí también, el esfuerzo, que varía de individuo a individuo, es necesario, porque al fin y al cabo el verdadero deleite vital se resume en una cuestión de capacidad, de aptitud y de adaptación personal. Es cuestión de cantidad y no de volumen que pueda convenir a todos y es sobre todo cuestión de educación de la voluntad, susceptible también de gradual evolución. Gozar de todo en los limites de la potencia de apreciación personal sin salirse del perfecto equilibrio, he aquí el ideal. Ver, por así decir, mil caballos enganchados a nuestro carro, sin que las riendas de uno solo nos escapen, ésta es la imagen de la educación de la voluntad, la iniciación de la verdadera libertad individual.

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