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viernes, 3 de julio de 2009

Politica y Velocidad


La denominada filosofía postmoderna se ha caracterizado en los últimos años por hacer atractivas y sugerentes reflexiones en torno a las características de las sociedades contemporáneas. [1] En este sentido, la atosigante presencia de los medios de comunicación virtuales, la hegemonía de las imágenes, y la aceleración del tiempo con la consiguiente reducción de los espacios gracias al avance tecnológico, han trastocado completamente el modo de actuar y pensar de todos los hombres incluyendo hasta quienes habitamos en las zonas periféricas, muy alejados de los grandes centros de producción de tecnología aunque igualmente partícipes de tal revolución.

Dicha revolución, tiene a la velocidad como su emblema máximo ya que ésta es la que representa la esencia del mundo contemporáneo y puede percibírsela desde algo tan elemental como el zapping televisivo hasta la manera como se desarrollan las guerras modernas a fin de ser eficaces y obtener el triunfo sin mayores costos humanos aparentemente. [2] Tal situación, tiende también a reformular los espacios, que ahora pasan a convertirse en un medio para el fin propio del movimiento [3]. Ahora bien, un fenómeno como el descrito tendrá efectos inmediatos dentro del espacio político, que será también transformada por la velocidad como ocurre con el espacio urbano. Por ejemplo, si la velocidad establece que los espacios urbanos estarán diseñados de una manera que facilite la comunicación acelerada entonces esto resultará en que los colegios, los centro comerciales, las zonas residenciales etc., se ubicarán en el centro y no en la periferia repercutiendo en el ámbito político al generarse una serie de ámbitos cerrados evitando así el contacto con "extraños" [4] y contribuyendo a la solidificación o congelamiento de las relaciones humanas y políticas. [5]

Ciertamente, el contexto actual dista enormemente de lo que fue por ejemplo el escenario en el que empezó a formarse el Estado liberal – democrático y la legalidad formal, así, "cuando Kant redactaba sus más relevantes textos políticos a fines del siglo dieciocho, los relojes carecían de una segunda manecilla, tomaba una semana el preparar la imprenta para imprimir un diario, si se viajaba dentro de Europa podía emplearse varias semanas para hacerlo y si es que se trataba de una travesía atlántica, esto podía tomar inclusive meses " [6]. Por lo tanto, en este contexto aun no se percibían con mucha intensidad los efectos de la civilización del tiempo y la velocidad. Todavía tenía sentido entonces respetar los espacios reales y los actores de carne y hueso (ciudadanos) que habitaban la ciudad. Obviamente, tampoco se podía suponer que el contacto físico pudiese asociarse al desorden y más bien éste era vinculado con las ideas pro – universalistas que el propio Kant se apuraba en presentar[7]. Se optaba así por la proximidad y el contacto antes que por la separación física y el aislamiento, la integración estimulada por el pensamiento racionalista era uno de los ideales más representativos de esta época .

El tiempo en el que se va desarrollando el Estado liberal – democrático , el Estado de leyes, se va a caracterizar entonces por una gran presencia de los medios escritos que van a ser simbolizados básicamente por el libro. A partir de este momento comienza a abrirse paso entonces el mundo regido por el texto escrito que recoge una serie de conocimientos y de instrucciones que esperan llegar al lector y ser trasmitidos por el maestro. La cultura o esfera del texto, esto es, la grafoesfera, estará asociada necesariamente a la institucionalidad y a la legalidad.

La legalidad moderna, manifiesta en el positivismo jurídico, no podría existir sin la cultura del libro, el texto legal sea la constitución o el código recogen una serie de mandatos (normas) que emanan de una voluntad suprema (poder) y que prohíben o autorizan algo a los ciudadanos, y nosotros no podemos ignorar lo que la legalidad ordena pues existe una constancia física de su existencia.

Sin embargo, la velocidad mata al libro y con ello también debilita a la ley, los espacios desaparecen y finalmente el tiempo necesario para la conversación y la camaradería (actividades muy ligadas a la política) se diluye en medio de la velocidad.

Todos estos cambios necesariamente tienen que afectar el desarrollo de las instituciones políticas modernas y también debilitan el proceso de formación cívica que se necesita para la buena marcha de la democracia liberal.

Lo curioso con toda esta historia es que parece que los liberales contemporáneos no se han dado cuenta de la presencia de este fenómeno gestado por la misma modernidad pues siguen día a día vendiéndonos el sueño de la ciudadanía, (hoy hasta multicultural) del Estado Constitucional de Derecho, de la República liberal etc., sin percatarse que la velocidad impide que estos proyectos puedan operar en la medida que subvierte completamente todo el sentido de éstos y la posibilidad real de su viabilidad. Pregunta: ¿Cómo podría haber una República sin ciudadanos?, ¿Cómo tener ciudadanos sin educación y libros?
Como muy bien señalará el filósofo político Leo Strauss, el gran problema de la modernidad es que ella misma ha minado sus propios fines y viene destruyendo sus mismas instituciones. Enorme problema para los modernos, ¿cómo superar las contradicciones del proyecto moderno y lograr por fin materializar sus fines?. Evidentemente como no subscribo las tesis modernas, tal pregunta debería ser respondida por los propios interesados aunque quizá la única respuesta posible sería la de decir que no existe tal respuesta.


[1] No solamente pensamos en el ya citado Paul Virilio, sino también en toda una serie de autores y textos bastante lúcidos y por cierto pesimistas en torno al futuro de la civilización moderna, entre otros se puede mencionar a Guy Debord, La Sociedad del Espectáculo, Jean Baudrillard, Gilles Lipovetsky, y sobre todo Regis Debray. , El Estado Seductor, de quien vamos a tomar su lectura sobre los cambios tecnológicos y las transformaciones sociales que ellos generan para evaluar críticamente las distintas instituciones políticas modernas.
[2] Pensamos en eventos como la Blietzkrieg o guerra relámpago hasta las guerras virtuales de Irak y Yugoeslavia.
[3] Richard Sennet, Carne y Piedra, el cuerpo y la ciudad en la civilización occidental, (Madrid: Alianza, 1997), p.20. Véase por ejemplo como los modernos malls o los multicines representan nítidamente esta utilización del espacio a favor de la velocidad , el multicine no sólo ofrece diversas películas simultáneamente sino que también estimula el consumo de alimentos y si está ubicado dentro de un centro comercial entonces también pueden realizarse actividades de este tipo . (Comprar una tarjeta de saludos, un libro, tomar un helado, etc.)
[4] Ibid., p.23.
[5] Como inteligentemente añade Sennet, "Hoy en día, el orden significa falta de contacto" Ibid.
[6] Citado por William Connolly, "Speed, concentric cultures, and cosmopolitanism", en Political Theory, Vol 28, Number 5 October 2,000, p.598.
[7] Cfr. Immanuel Kant, La Paz Perpetua, (Madrid: Tecnos 1996)

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