Bienvenidos al Frente Negro

viernes, 23 de octubre de 2009

El Lugar de la Política y la Economía

Por Oswald Spengler

Entre las señales más graves de la decadencia de la soberanía del Estado se cuenta el hecho de que, durante el curso del siglo XIX llegó a predominar la impresión de que la economía es más importante que la política. De las personas que hoy intervienen de algún modo en las decisiones, no hay apenas una que rechace resueltamente tal afirmación. No sólo se considera al poder político como un elemento más de la vida pública cuya misión principal – cuando no la única – es servir a la economía, sino que se espera que la política se someta por completo a los deseos y a los criterios de la economía y, finalmente, que sea capitaneada por los directores de la economía. Así ha sucedido realmente en amplia escala y el resultado de ello es algo que nos enseña la historia contemporánea.

En realidad, en la vida de los pueblos la política y la economía son inseparables. Son, como no puedo dejar de repetir, dos aspectos de la misma vida, pero pasa con ellos lo que con el mando de un buque y la consignación de su carga. A bordo, la primera persona es el capitán, no el comerciante al que pertenece la mercadería cargada. Si hoy predomina la impresión de que la dirección de la economía es el elemento más poderoso, es porque la dirección política ha sucumbido a la anarquía partidista y no merece ya el nombre de verdadera dirección, y porque, por consiguiente, la dirección económica parece sobresalir. Pero cuando, después de un terremoto, entre las ruinas queda en pie una sola casa, esto no quiere decir que esa casa era la más importante. En la Historia, mientras la misma transcurrió «en forma» y no de un modo tumultuoso y revolucionario, el dirigente económico no ha sido jamás el dueño de las decisiones. Se adaptó a las consideraciones políticas y las sirvió con los medios que tenía a su alcance. Aunque la teoría materialista enseñe lo contrario, sin una política fuerte no ha habido nunca, en ningún lado, una economía fuerte. Adam Smith, el fundador de esa teoría, consideró la vida económica como si fuese la auténtica vida humana y el hacer dinero como el sentido de la historia, y solía calificar a los estadistas de animales dañinos. Pero justamente en Inglaterra no fueron comerciantes y fabricantes, sino políticos auténticos como los dos Pitt, los que – con una magnífica política exterior y muchas veces contra la exaltada oposición de los economistas miopes – convirtieron la economía inglesa en la primera del mundo. Fueron estadistas puros los que llevaron la lucha contra Napoleón hasta el borde de la ruina económica, porque veían más allá del balance del año siguiente: a la inversa de lo que sucede hoy en día. En la actualidad, debido a la insignificancia de los estadistas dirigentes, personalmente interesados casi todos en negocios particulares, el hecho es que la economía interviene decisivamente en las resoluciones. Pero ahora ya se trata de la economía. en su totalidad: no son sólo los Bancos y los grupos económicos, con o sin disfraz partidario, sino también aquellos grupos orientados al aumento de los salarios y a la disminución del trabajo que se llaman partidos obreros. Y esto último es la consecuencia necesaria de lo primero. Ésa es la tragedia de toda economía que quiere auto-asegurarse políticamente. También esto comenzó en 1789 con los girondinos que quisieron convertir los negocios de la burguesía pudiente en el sentido de la existencia de los poderes del Estado, cosa que luego, bajo Luis Felipe, el rey burgués, pasó a ser en gran medida un hecho consumado. La sospechosa consigna de «Enrichissez-vous» se ha convertido en moral política. Ha sido demasiado bien comprendida y seguida, y no sólo por el comercio y la industria y por los políticos mismos, sino también por la clase asalariada que por aquél entonces – 1848 – también se aprovechó de las ventajas del derrumbe de la soberanía del Estado. Con ello adquiere una tendencia económica la larvada revolución de todo el siglo que terminó recibiendo el nombre de democracia y que se enfrentó periódicamente al Estado mediante revueltas masivas, con elecciones o barricadas, y con «representantes del pueblo» que en el parlamento obligan ministros a renunciar y niegan aumentos de presupuesto. Sucedió también en Inglaterra, donde la teoría librecambista del manchesterianismo fue aplicada por las Trade Unions a la práctica de comerciar con la mercancía «trabajo»; algo que Marx y Engels desarrollaron luego teóricamente en el Manifiesto comunista. Con esto se completa ya la suplantación de la política por la economía; el Estado termina sustituido por el mostrador, los diplomáticos por los dirigentes de las organizaciones obreras. Es en esto y no en las consecuencias de la guerra mundial que yacen los gérmenes de la catástrofe económica actual. La misma no es, con toda su gravedad, más que una consecuencia del derrumbe del poder del Estado.

La experiencia histórica hubiera debido servir de advertencia al siglo. Sin la garantía de una dirección estatal orientada hacia una política de poderío ninguna empresa económica ha logrado realmente jamás sus objetivos. Es un error argumentar en contrario las expediciones de saqueo de los vikingos con las que se inicia el dominio marítimo de los pueblos occidentales. El objetivo de los vikingos era, evidentemente, el botín – si formado por territorios, personas o tesoros, es una pregunta que viene en segundo término. Pero la nave era un Estado de por sí; y el plan de navegación, el mando supremo y la táctica, eran auténtica política. Allí donde el barco se convirtió en flota se fundaron en seguida Estados y precisamente con gobiernos de manifiesta soberanía, como en Normandía, Inglaterra y Sicilia. La Hansa alemana habría seguido siendo una gran potencia económica si Alemania misma hubiera llegado a serlo políticamente. Desde que terminó esa poderosa alianza de ciudades – cuya protección política nadie entendió como misión de un Estado alemán – Alemania quedó excluida de las grandes combinaciones económicas mundiales del Occidente. Sólo en el siglo XIX volvió a intervenir en ellas, y no por esfuerzos privados sino tan sólo por la creación política de Bismarck que fue la precondición para el escalamiento imperialista de la economía alemana.

El imperialismo marítimo, esa expresión del impulso fáustico hacia el infinito, comenzó a adquirir formas de gran envergadura cuando, en 1453, la conquista de Constantinopla por los turcos cerró políticamente los caminos económicos de Asia. Este fue el motivo profundo del descubrimiento de la ruta marítima de las Indias orientales por los portugueses y del descubrimiento de América por los españoles, detrás de quienes estaban las grandes potencias de la época. Las motivaciones impulsoras en lo individual fueron la ambición, el placer por la aventura, el combate y el peligro, la sed de oro; pero no los «buenos negocios». Las tierras descubiertas tenían que ser conquistadas y dominadas; tenían que fortalecer el poder de los Habsburgos en las combinaciones europeas. El Imperio en el que no se ponía el sol era una construcción política; el resultado de una excelente conducción del Estado y sólo en esa medida fue un campo propicio para éxitos económicos. No fue diferente cuando Inglaterra conquistó la primacía, no por su fuerza económica, inexistente al principio, sino por el inteligente gobierno de la nobleza. Inglaterra se hizo rica gracias a las batallas, no gracias a la contabilidad y a la especulación. Por eso el pueblo inglés – por muy «liberal» que haya sido al hablar y al pensar – fue, sin embargo y en la práctica, el más conservador de Europa. Conservador en el sentido de mantener todas las formas de poder del pasado, hasta en sus más mínimos detalles ceremoniales, aunque causaran risa y a veces desprecio. Mientras no se vislumbrara una forma nueva más fuerte Inglaterra conservó todas las antiguas: los dos partidos, la manera en que el Gobierno se mantenía independiente del Parlamento en sus decisiones, la Cámara Alta y la realeza como factores de sensatez en situaciones criticas. Este instinto ha salvado una y otra vez a Inglaterra, y si hoy se extingue, su extinción significará no sólo la pérdida de su posición política mundial, sino también de la económica. Mirabeau, Talleyrand, Metternich y Wellington no entendían nada de economía. Lo cual es, desde luego, criticable. Pero peor hubiera sido que un especialista en Economía tratara de hacer política en lugar de ellos. Recién cuando el imperialismo queda en manos de mercaderes económicos y materialistas, cuando cesa de constituir una política de poderío, recién entonces decae rápidamente desde el interés de quienes conducen la economía hasta el ámbito de la lucha de clases de quienes ejecutan el trabajo. De este modo se desintegran las grandes economías nacionales y arrastran consigo a las grandes potencias hacia el abismo.

No hay comentarios: