Bienvenidos al Frente Negro

lunes, 12 de octubre de 2009

El Peronismo frente al Régimen Burgués

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Por John William Cooke
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El Movimiento es la expresión de la crisis general del sistema burgués argentino, pues representa a las clases sociales cuyas reivindicaciones no pueden lograrse en el marco del institucionalismo actual. Si fuese como sus burócratas no crearía ningún problema, pero detrás de la mansedumbre de los dirigentes está ese peligro oscuro que por instinto las clases dominantes saben que desbordará a los calígrafos que exhiben su dócil disposición desde los cargos políticos o sindicales. El régimen no puede institucionalizarse porque el peronismo obtendría el gobierno y aunque no formule ningún programa antiburgués, la obtención de satisfacciones mínimamente compatibles con las expectativas populares y las exigencias de autodeterminación que son consubstanciales a su masa llevarían a la alteración del orden social existente. El régimen, entonces, tiene fuerza sólo para mantenerse, a costa de transgredir los principios democráticos que invoca como razón de su existencia. El peronismo, por su parte, jaquea el régimen, agudiza su crisis, le impide institucionalizarse, pero no tiene fuerza para suplantarlo, cosa que solo será posible por métodos revolucionarios.

De ahí que la burocracia peronista, que por cierto no cayó del cielo y responde a déficits de nuestro Movimiento (que hemos señalado en trabajos autocríticos y aquí no vienen al caso) representa al Movimiento en su más bajo nivel pues como estructura del nucleamiento de la masa popular —política, administrativa, sindical, etc.— el peronismo oficial siempre ha estado muy por debajo de su calidad como movimiento de masas. El espontaneísmo ha sido lo que le ha deparado sus grandes jornadas triunfales, pero las condiciones exigen hace tiempo que dé el paso de la rebeldía a la revolución y para eso necesita la política que oriente sus acciones dentro de una estrategia global, a partir de concepciones teóricas que superen al reformismo, al burocratismo y a la improvisación.

Las transformaciones que han tenido lugar desde 1945 han cambiado el carácter del fraude como sistema para gobernar; antes se hacía fraude el día del comicio y los perjudicados no tenían más remedio que esperar hasta las próximas elecciones —en que les volvían a impedir que votasen—. Pero, por la forma en que ahora se da la lucha de clases, éste no es un fraude entre partidos burgueses, sino que es el fraude que le hace un régimen clasista a la mayoría compuesta principalmente por los trabajadores; la lucha es permanente, cotidiana y en todos los niveles de la actividad.

Ahora bien, el procedimiento inicial del gorilismo era efectivo a corto plazo, pero requería la violencia continua y cada vez en mayor intensidad, transformando al régimen en una rudimentaria tiranía ejercida por las fuerzas armadas. Pasada esa fase, el régimen buscó la “normalidad”, mediante la “integración” del peronismo.

Desmentida la tesis que éramos una multitudinaria acumulación de papanatas encandilados por los trucos que hacia Perón con el aparato del Estado, se procuró que aceptásemos ser absorbidos hacia una coparticipación marginal del poder, como parte de un frentismo en que nos resignábamos a las posiciones secundarias en el aparato político del Estado. Las direcciones burocráticas no tenían otra política de poder que ese electoralismo o la de servir como fuerza de apoyo a los diversos intentos golpistas que fueron configurándose. El golpismo y el electoralismo con candidatos “potables” y visto bueno militar no eran vías antagónicas sino dos hipótesis de un mismo planteo, que implica la renuncia del peronismo a su razón de ser como instrumento de las fuerzas trabajadoras para la conquista del poder. Lo que calificarnos como “dirección burocrática” es, precisamente, la imposibilidad de superar esa alternativa porque opera con los mismos valores y preceptos del régimen con el cual estamos enfrentados. Ambos términos de la alternativa —golpismo y electoralismo pitagórico— son igualmente suicidas, el peronismo, incapaz de traducir su número en fuerza, presta el número a los que detentan la fuerza, subordinándose a sus designios. Con lo que se acepta, tácitamente, la proscripción del peronismo; es decir, se pacta sacrificando las necesidades y anhelos de nuestro pueblo, que necesita tomar directamente el poder. Esto no siempre estaba inspirado por la traición o la venalidad. Resulta de un déficit de conducción, de metodología, de comprensión teórica de la realidad nacional. Somos incompatibles con el régimen, de manera que esas tácticas oportunistas no podrán cumplir con el designio de incorporarnos a él; a lo sumo le daríamos una prórroga, pero a costa de declinar nuestro papel como expresión política de las masas.

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