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jueves, 29 de octubre de 2009

Lo que Metternich Entedía por Caos

Por Oswald Spengler

Lo que Metternich entendía por caos y quería mantener alejado de Europa por el mayor tiempo posible con su actividad resignada e infecunda, orientada tan sólo a la conservación de 1o existente, no era tanto el derrumbe de ese sistema de Estados y el equilibrio de las potencias, como el derrumbe paralelo en las distintas naciones de la propia soberanía del Estado; una soberanía que desde entonces, incluso como concepto, se ha perdido a los efectos prácticos. Lo que hoy reconocemos como «orden» y fijamos en constituciones «liberales» no es más que una anarquía hecha costumbre. La llamamos democracia, parlamentarismo o soberanía popular; pero de hecho no es sino la simple ausencia de una autoridad consciente de su responsabilidad; es la inexistencia de un Gobierno y, con ello, de un verdadero Estado.

La historia humana en la edad de las culturas superiores es la historia de los poderes políticos. La forma de esta historia es la guerra. También la paz forma parte de ella. Es la continuación de la guerra con otros medios: por parte de los vencidos es la tentativa de libertarse de las consecuencias de la guerra por medio de tratados y, por parte del vencedor, es la tentativa de perpetuar dichas consecuencias. Un Estado es el «estar en forma» de una unidad nacional, por él constituida y representada, para poder hacerle frente a guerras reales y posibles.

Cuando este «estar en forma» es muy vigoroso, posee ya por sí mismo el valor de una guerra victoriosa ganada sin armas, sólo por el peso del poder disponible. Cuando es débil, equivale a una derrota constante en las relaciones con otras potencias. Los Estados son unidades puramente políticas, unidades de un poder que actúa hacia afuera. No están ligados a unidades de raza, idioma o religión, sino que se ubican por encima de ellas. Cuando coinciden o pugnan con tales unidades, su fuerza se hace, por regla, menor – nunca mayor – a consecuencia de la contradicción interna. La política interior existe tan sólo para asegurar la fuerza y la unidad de la exterior. Allí donde persigue fines distintos, particulares, comienza la decadencia, el estar «fuera de forma» del Estado.

Al «estar en forma» por parte de una potencia como Estado entre Estados pertenece, sobre todo, el vigor y la unidad de la conducción, del gobierno, de la autoridad, sin la cual el Estado de hecho no existe. Estado y Gobierno son la misma forma, ya sea como existencia o como actividad. Las potencias del siglo XVIII estaban en forma, rigurosamente determinada por la tradición dinástica, cortesana y social y ampliamente idéntica con ella. El ceremonial, el tacto de la buena sociedad, las maneras distinguidas de actuar y tratar son tan sólo una expresión visible de ello. También Inglaterra estaba «en forma»: su situación insular substituía rasgos esenciales del Estado y en el Parlamento gobernante existía una forma plenamente aristocrática y muy eficaz, fijada por viejos usos, de tratar los asuntos. Francia llegó a la revolución no porque «el pueblo» se alzara contra el absolutismo, que allí no existía ya, ni tampoco por la miseria y las deudas de la nación, mucho mayores en otras, sino porque la autoridad estaba en vías de disolución. Todas las revoluciones comienzan con la desintegración de la soberanía del Estado. Una revuelta callejera no puede tener ese efecto. Se produce sólo como consecuencia de esa desintegración. Una república moderna no es más que la ruina de una monarquía que se ha abandonado a si misma.

Con el siglo XIX, las potencias pasan de la forma del Estado dinástico a la del Estado nacional. Pero ¿qué significa esto? Naciones, esto es: pueblos cultos, existían ya desde mucho tiempo atrás. En general, coincidían también con el área de poderío de las grandes dinastías. Estas naciones eran ideas en el sentido en que Goethe habla de la idea de su existencia: constituían la forma interior de una vida significativa que, inconsciente e inadvertidamente, se concreta en cada hecho y en cada palabra. Pero «la nation» en el sentido de 1789 fue un ideal racionalista y romántico; la imagen de una expresión de deseos con una tendencia manifiestamente política, por no decir social. Esto ya nadie puede distinguirlo en esta época superficial. Un ideal es el resultado de una reflexión, un concepto o una tesis, que ha de ser formulada para «tener» el ideal. A consecuencia de ello, pronto se convierte en una frase hecha que se emplea sin darle ya contenido mental alguno. En cambio, las ideas carecen de palabras. Rara vez, o nunca, emergen en la conciencia de sus portadores y apenas pueden ser formuladas en palabras por los demás. Tienen que ser sentidas en la imagen del acontecer y descritas en sus realizaciones. No se dejan definir. No tienen nada que ver con deseos ni con fines. Son el oscuro impulso que adquiere forma en algo viviente y tiende a realizarse en una dirección a manera de destino, más allá de la vida individual. Es la idea de lo Romano, la idea de las Cruzadas, la idea fáustica de la aspiración al infinito.

Las verdaderas naciones son ideas, incluso todavía hoy. Pero lo que el nacionalismo quiere decir desde 1789 se caracteriza ya por confundir la lengua materna con el lenguaje escrito de las grandes ciudades en el que cada uno aprende a leer y escribir; esto es: con el lenguaje de los periódicos y las revistas que ilustran a todo ciudadano sobre el «derecho» de la nación y sobre su necesaria liberación de cualquier cosa. Las verdaderas naciones son, como todo cuerpo viviente, de rica articulación interna; por su mera existencia constituyen ya una especie de orden. Pero el racionalismo político entiende por «nación» la libertad de, y la lucha contra, todo orden. Nación equivale, para él, a masa amorfa y sin estructura, sin dueño ni finalidad. A esto lo llama soberanía del pueblo. Es característico que se olvide del pensamiento y el sentimiento del campesinado; desprecia los usos y costumbres de la auténtica vida popular a la cual pertenece muy especialmente el respeto por la autoridad. Es que no conoce respeto alguno. Conoce sólo principios procedentes de teorías. Sobre todo el principio plebeyo de la igualdad, esto es: la sustitución de la odiada calidad por la cantidad y de la envidiada capacidad por el número. El nacionalismo moderno substituye el pueblo por la masa. Es por completo revolucionario y urbano.

Lo más funesto de todo es el ideal del gobierno del pueblo «por sí mismo». Un pueblo no puede gobernarse a sí mismo, como tampoco mandarse a sí mismo un ejército. Tiene que ser gobernado, y así lo quiere también mientras posee instintos sanos. Pero lo que se quiere decir con eso del «gobierno del pueblo» es algo muy distinto: el concepto de la representación popular adquiere inmediatamente el papel principal en cada uno de esos movimientos. Llegan personas que autodenominan «representantes» del pueblo y se ofrecen como tales. Pero se proponen «servir al pueblo»; lo que quieren es servirse del pueblo para fines propios, más o menos sucios, entre los cuales la satisfacción de la vanidad es el más inocente de todos. Combaten a los poderes tradicionales para ocupar su lugar. Combaten el orden del Estado porque el Estado impide el tipo de actividad que realizan. Combaten toda clase de autoridad porque no quieren ser responsables ante nadie y ellos mismos huyen de toda responsabilidad. Ninguna constitución contiene una instancia ante la cual tengan que justificarse los partidos políticos. Combaten, sobre todo, la forma cultural lentamente crecida y madurada del Estado, porque no la poseen íntimamente – como sí la poseía la “buena sociedad”, la society del siglo XVIII – y perciben, por lo tanto, como coerción lo que no lo era para el hombre culto. De este modo nace la «democracia» del siglo, que no es forma, sino ausencia de forma en todo sentido y por principio. Nacen así también el parlamentarismo como anarquía constitucional y la república como negación de toda clase de autoridad.

De este modo, los Estados europeos perdieron tanto más la forma cuanto más «progresistamente» fueron gobernados. Éste fue el caos que movió a Metternich a combatir a la democracia sin distinción de orientaciones – tanto a la romántica de las guerras de independencia como a la racionalista de los asaltantes de la Bastilla, reunidas luego en 1848 – y a ser igualmente conservador frente a todas las reformas. Desde entonces, en todos los países se formaron partidos políticos; esto es, aparte de idealistas individuales se constituyeron grupos de políticos profesionales de dudoso origen y más que dudosa moral: periodistas, abogados, corredores de Bolsa, literatos, funcionarios partidarios. Gobernaron representando a sus intereses. Los monarcas y los ministros habían sido siempre responsables ante alguien, por lo menos ante la opinión publica. Sólo estos grupos no tenían que rendir cuentas ante nadie. La prensa, nacida como órgano de la opinión pública, servía ya desde mucho tiempo atrás a quien la pagaba. Las elecciones, otrora expresión de esa opinión pública, llevaban a la victoria al partido detrás del cual se congregaban los poseedores de dinero más importantes. Si a pesar de todo existía aún una especie de orden estatal, de gobierno escrupuloso y de autoridad, era por los restos de las formas del siglo XVIII que se conservaban en figura de la monarquía, por muy constitucional que fuera, y por los restos que subsistían en los cuerpos de oficiales, en la tradición diplomática y, en Inglaterra, en los antiquísimos usos del Parlamento, sobre todo de la Cámara Alta y en sus dos partidos. A ellos se deben todos los logros estatales obtenidos a pesar de los parlamentos. Si Bismarck no hubiera podido apoyarse en su rey habría sucumbido en el acto frente a la democracia. El diletantismo político, cuya palestra eran los parlamentos, veía consecuentemente también con desconfianza y odio a estos poderes tradicionales. Los combatió a fondo sin considerar las consecuencias externas. De este modo la política interior llegó a ser en todas partes un ámbito que, rebasando ampliamente su verdadera importancia, atrajo forzosamente la actividad de todos los estadistas experimentados haciendo que en él derrocharan su tiempo y sus energías. Por esta política interior se olvidó, y se quiso olvidar, el sentido original de la conducción del Estado que es la dirección de la política exterior. Éste es el estado intermedio anarquista que hoy se llama democracia y que, desde la destrucción de la soberanía monárquica del Estado por parte del racionalismo político plebeyo, conduce a un cesarismo futuro que hoy comienza a anunciarse en silencio con tendencias dictatoriales y que está destinado a reinar sin límites sobre las ruinas de la tradición histórica.

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