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viernes, 2 de octubre de 2009

Los Traidores ante el Golpe de Onganía

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Por John William Cooke
(Extraído de "Peronismo y Revolución")
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Según se nos dice, ha caído el sistema de la democracia liberal, que entorpecía la marcha del país con su parlamento, el régimen de partidos, etc. ¿Quién ha de llorarlo sino los liberales, que lo usufructuaban usurpando al peronismo proscrito? ¿Quién se puede lamentar de que haya sido derrocado el gobierno de la UCRP, salvo los propios afiliados de ese partido? En resumen, ¿cómo no hemos de recibir jubilosamente a un régimen que ha barrido a nuestros adversarios? ¿Y a quién va a tener que recurrir, necesariamente, sino a nosotros, que somos la antítesis de los partidos? Hay gente que encuentra irrefutable esta argumentación, pues cuenta con la ventaja de ser coincidente con los propios deseos y conveniencias.


Estos encadenamientos silogísticos son sólo aparentes, y tras ellos está la insubstancialidad de los “dirigentes” que los propalan. Inducen a engaño a compañeros que los toman por racionalizaciones de la realidad, cuando son racionalizaciones del egoísmo y la defección. Les permiten a los burócratas aparecer en actitud combativa, a la sombra sin riesgos del poder militar omnímodo. Ofrecen un simulacro de lucha con enemigos que ya han sido puestos fuera de combate por las FFAA. Es la versión heroica de la táctica habitual en ellos, que denuncian las injusticias pasadas y no las presentes, y eluden los adversarios poderosos para sólo atacar a los que no tienen la capacidad de represalia. En esto del régimen electoral y los partidos políticos, festejan una victoria falsa porque de esa manera se justifican como oficialistas. Ocultan el significado y las consecuencias perjudiciales al peronismo para no asumir la responsabilidad de plantarse frente a un gobierno dispuesto a emplear la violencia.

En primer lugar, los que consideran un progreso la supresión de los partidos liberales son los mismos que nunca hicieron nada para diferenciar de ellos al peronismo. Reconocemos que en las efemérides, campañas electorales y otras ocasiones solemnes, desde la tribuna recordaban que “no somos un partido más”, pero también que el resto del tiempo se lo pasaban tratando de mostrar al régimen que no éramos peligrosos y que no debía tratársenos como si fuésemos incapaces de convivir en la paz de las instituciones seculares. ¿Simple táctica? No, porque la conducta corroboraba esas declaraciones. Y cuando estos que bailan sobre la tumba de las instituciones políticas, repartieron entre ellos y sus paniaguados las representaciones parlamentarias, ¿en qué se notó la diferencia entre los cincuenta legisladores peronistas y los restantes? Hoy vienen con la novedad de que el parlamento no sirve para nada; esa es otra de las verdades fuera de contexto que se convierten en inexactitudes.

Al sumarse indiscriminadamente a la condenación del parlamento, demuestran la filiación burguesa de su pensamiento. Porque están haciendo el balance y dando el fallo desde la visión de las clases poseedoras, que han renunciado al parlamentarismo cuando dejó de servirles porque había cambiado el medio social. Es decir, emiten un juicio de valor sobre la eficacia de la institución legislativa, cuando debieran hacerlo desde la visión revolucionaria, que concibe formas superiores de integración y representación popular, pero mientras no llegue el momento en que puedan implantarse, aprecia las existentes de acuerdo a los intereses revolucionarios y no a los [99] del orden burgués. “La legalité nos tué” (La legalidad nos mata) exclama el político reaccionario Odylon Barrat, cuando en Francia crecían las representaciones parlamentarias socialdemócratas. Y en Italia o España, cuando el sistema burgués no lograba estabilidad, apareció el fascismo para imponer el orden perdido.

Aquí, lo que correspondía al peronismo era ver su utilidad revolu-cionaria, no si era apto para dar soluciones que sabemos —y ellos deb-ían saberlo— que no pueden ser más que paliativos mientras no se cambie de sociedad y las clases que controlan el Estado. No tenían por-qué esperar que el parlamento sirviese; tenían que hacerlo servir, mu-cho más cuando se trataba de un movimiento proscripto, que se encon-traba con una tribuna de protesta y de denuncia. El parlamento, en las condiciones existentes, debió haber servido de mucho al peronismo: sus representantes tenían tribuna para impugnar, entonces sí, el régimen, denunciar sus mentiras y su esencia inhumana, las relaciones de explotación, la presencia del imperialismo en la economía, en nuestra política internacional, en los órganos de la defensa nacional. Excepciones honrosas aparte, ese bloque no hizo ningún ataque a fondo contra las causas de nuestros males, no se metió ni con el régimen ni con los dignatarios del régimen —salvo con aquellos que vio débiles—.

El gobierno de Perón, que contaba con la inmensa mayoría de la opinión, que era elegido en comicios libérrimos, que estaba haciendo una obra formidable para terminar con males crónicos, jamás fue “reconocido” por la oposición parlamentaria que carecía a su vez de representatividad, de autoridad moral y de razón. En cambio, los recientes parlamentarios peronistas no dejaban de hacerse presentes en ninguna oportunidad como aspirantes a integrarse en el régimen. Iban al Colón a demostrar que eran gente de mundo; votaron por los radicales para la presidencia de la Cámara de Diputados a cambio de ubicar algún figurón como vice. Presentaron una ley de amnistía donde se contemplaba minuciosamente todas las hipótesis posibles en que podía hallarse un militar enviado a retiro, pero no incluían a los civiles a pesar de que había presos políticos, la mayoría de ellos peronistas.

En el debate sobre Santo Domingo se cansaron de hacer profesión de fe anticomunista, lo cual no era más que una concesión al terrorismo ideológico, darle explicaciones a la reacción de que no nos desviamos de las “ideas comunes de la racionalidad”. Se quedaron callados mientras el general Alsogaray, como jefe de la Gendarmería, les dio una versión a su antojo del caso de los guerrilleros de Salta, y enmudecieron no obstante tener en sus carpetas todas las constancias de las torturas infligidas a los sobrevivientes. Dejaron que uno de los integrantes del bloque “peronista” identificase como malos argentinos a los que plantean “la liberación nacional”; dando una demostración de reaccionarismo y de sumisión cipaya que sobrepasó ampliamente la del diputado conservador Joffré. ¿Para qué seguir?

Si el parlamento no es más que un engranaje del régimen, debieron utilizarlo como tribuna de denuncia, pero hicieron todo lo contrario, allí actuaron como personas “serias”, buscando los puntos de acuerdo con los otros grupos, cumpliendo con todos los formalismos como corresponde a repúblicos mesurados, centristas y bien educados, verdaderos baluartes contra el “extremismo”. Eran pequeños “hombres de Estado”, serios, responsables, respetables, sobre todo respetuosos. Antes no escupían en el suelo para no ser mal educados; ahora escupen lo que antes reverenciaron.

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