Bienvenidos al Frente Negro

jueves, 24 de septiembre de 2009

La Cuestión Nacional

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(Conferencia dada por Jorge Enea Spilimbergo en la Asociación Bancaria
a mediados de los ochenta)

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Por supuesto, este es un tema amplio, porque de algún modo totaliza el problema argentino y latinoamericano, y temo entonces oscilar entre lo demasiado general y lo discontinuo. Voy a hacer lo posible por ubicar por lo menos el problema, y después me pongo a disposición de ustedes.

En primer término me parece que habría que tratar de responder a la pregunta: "¿Qué es la cuestión nacional?". Una expresión que, por lo que yo sé, fue puesta en boga por las corrientes marxistas a principios de siglo. Hay una serie de trabajos de Lenin con ese título o con algunos semejantes; polémicas dentro del socialismo de principios de siglo sobre si debían los socialistas asumir las reivindicaciones nacionales o si ellas era una especie de engañifa, porque la defensa de las reivindicaciones nacionales no resolvía las cuestiones de fondo que sólo podían resolverse a través de la lucha de clases y el derrocamiento del capitalismo.

Esta segunda posición, la defendía Rosa Luxemburgo, dirigente del socialismo polaco y después del alemán, asesinada como muchos sabrán en el año 19 por tener una posición revolucionaria e internacionalista respecto a la guerra imperialista.

A partir de entonces la expresión tomó carta de ciudadanía. Hay una cuestión nacional, y en la época contemporánea se identifica con la existencia de un mundo repartido en dos polos que ahora, con jerga un poco pudorosa que tiene la superestructura oficial de denomina "Conflicto norte-sur", porque parece demasiado rudo hablar delconflicto del imperialismo, etc.

Efectivamente, la cuestión nacional se ha presentado cada vez que un pueblo no lograba la plenitud de su autodeterminación, ya sea por soportar un yugo colonial directo, por carecer de su independencia nacional, ya sea por estar disgregado y aspirar por lo tanto a la humildad política, y también cuando se produce la descolonización política, pero subsiste la dependencia estructural de tipo económico-social, que es un poco el problema que soportamos los pueblos del tercer mundo.

Ahora, esta cuestión nacional, históricamente, aparece ligada al ascenso del capitalismo, es decir, tendríamos que definir, aproximadamente, qué entendemos por nación. La cuestión nacional es la cuestión de los pueblos que aspiran a constituirse nacionalmente, a constituirse en su plenitud nacional.

Hay una contradicción, hay una valla, y surge ahí la cuestión nacional. En primer término, tenemos que suprimir la tendencia a identificar nación con cualquier tipo de comunidad. La nación es una formación relativamente moderna en la historia. Las formas antiguas de comunidad, por ejemplo, la ciudad-estado, los imperios multinacionales, realizaban totalizaciones políticas, que no tenían las características de las modernas naciones. Lo que caracteriza a las modernas que se van gestando a lo largo de la edad moderna e irrumpen en el proceso revolucionario de fines del siglo XIII y del siglo XIX, es un grado determinado de cohesión, como en Italia, que está dado por la existencia de un territorio – por lo general un vasto territorio -, de una unidad lingüística fundamental, es decir, la unidad territorial y lingüística, y el ensamble que está dado por el desarrollo del mercado interno, es decir, por la generalización del sistema de intercambio.

Las sociedades antiguas son localistas, no porque no haya comercio, sino porque el comercio es un comercio de excedentes, un comercio complementario, interregional, pero la forma de mercado, como forma universal de distribución del producto, no se da. En consecuencia, tenemos estos rasgos de una comunidad que logra una extensión territorial sobre un área lingüística común y que se cimienta en la generalización del intercambio, la destrucción de las barreras feudales, del aislamiento, por el crecimiento de mercado interno y por lo tanto, en el avance del capitalismo.

Entonces podemos decir que hay una relación histórica bastante estrecha entre el surgimiento de las comunidades nacionales y el surgimiento del capitalismo. Dije que a esto lo caracteriza una particular cohesión. Los imperios antiguos, por ejemplo, eran articulaciones bastante supraestructurales, basadas en una autonomía muy grande de las distintas provincias y regiones y unificadas por un sistema militar y tributario con una gran heterogeneidad estructural.

Por eso se puede considerar que su auge y decadencia (el cambio de dinastías, de poderes imperiales) afectaba relativamente poco la suerte de las comunidades de ese imperio, que por otra parte eran heterogéneas en lo lingüístico, religioso, etc. La primera Guerra Mundial, podemos decir, termina por desintegrar a los últimos imperios multinacionales, que subsistían como una herencia de las estructuras de la Edad Media, que fueron invariablemente derrotado, poniendo así en evidencia la falta de cohesión interna. Es el caso del imperio austrohúngaro, del imperio zarista y el imperio turco. El problema este, naturalmente no ha podido dejar de preocupar porque era un problema actual, el problema de las naciones que luchaban por su emancipación, a los teóricos socialistas.

En el caso de Marx y de Engels hay toda una literatura en torno a este tema con relación a los problemas de la época. Aparentemente surge aquí una primera paradoja. En el célebre manifiesto del 48 comienza habándose que la historia de las comunidades humanas es la historia de la lucha de clases, y aparece entonces el concepto de lucha de clases, por lo tanto el concepto de clase social, como un concepto totalizador ligado a un planteo internacionalista que pareciera entrar en contradicción con la posibilidad de un planteo nacional. Efectivamente, Marx y Engels, en su juventud, en sus primeros trabajos, parecen inclinarse de un modo bastante claro hacia este punto de vista. Hay un artículo del año 1847 de Engels que de algún modo preanuncia la ola revolucionaria de 1848, que se va a extender por toda Europa, señalando a modo de reseña del año el avance triunfal del capitalismo en el conjunto de la sociedad europea e incluso fuera de Europa.

La idea que ellos tenía era que la revolución industrial encarnada por el capitalismo iba a acelerar la concentración, el desarrollo de la clase trabajadora y por lo tanto era el prólogo de la insurrección de ésta clase contra el propio régimen capitalista. Es decir que la oposición al capitalismo no estaba mirando al pasado, sino que se basaba en el desarrollo mismo de las fuerzas del capitalismo, a partir de la toma de conciencia y la organización política de la clase trabajadora. Ahí en ése artículo se llega a celebrar como un excelente paso la guerra que acababa de realizarse entre Estados Unidos y México, que privó a éste de enormes territorios del norte como California y Texas. A partir de esto se ha planteado no sin razón que había una visión euro centrista del mundo, que aunque contestataria en lo interno, los padres del socialismo científico no se habían desligado de una concepción europeísta, y por lo tanto objetivamente, de algún modo cómplice de la hegemonía sobre otros pueblos de los países europeos más avanzados.

Sin embargo el punto de vista de Marx y de Engels evoluciona rápidamente no sólo con relación a Europa, sino en una visión un poco más amplia. Es particularmente importante la evolución en lo que respecta a la cuestión de Irlanda. Brevemente, Marx y Engels llegan a la conclusión de que no sería la revolución socialista protagonizada por los trabajadores ingleses la que abriría un curso que a su vez llevaría a la revolución nacional de Irlanda, secular y brutalmente oprimida por la aristocracia y la burguesía inglesas, sino que sería al revés. Que sería la revolución irlandesa contra el colonialismo de la burguesía y la aristocracia inglesas la que permitiría la que permitiría a la clase obrera inglesa liberarse de sus prejuicios nacionalistas chauvinistas, de su especie de solidaridad con sus propias clases dominantes frente al oprimido pueblo de Irlanda.

Estas observaciones tienen una importancia que trasciende la mera coyuntura de época, porque de algún modo el surgimiento del sistema de los grandes monopolios imperialistas ha producido en cierto modo la "irlandización" del mundo. Los que Marx analizaba en un sistema cerrado –Inglaterra Irlanda- ahora se da en escala general mundial, es decir la interrelación entre las clases sociales del país imperialista frente a los pueblos oprimidos.

Es también importante recordar aunque sea a título de simple mención la actitud de Marx y de Engels de apoyo decidido a la lucha de los dos pueblos, de las dos naciones europeas que por diversas razones habían quedado retrazadas n el proceso de unidad nacional, es decir, de Italia (que la completa en la década del ´60) y de Alemania que la completa un poco después. En ambos casos aún llegaran a apoyar a un personaje que tenía una inquina muy grande por su origen feudal – prusiano, como era Bismark, pero que de algún modo a su manera había logrado realizar la tarea de la unidad nacional alemana en guerra contra Francia, contra Austria y en general contra los poderes europeos que se beneficiaban con dispersión de Alemania.

Pero estos procesos que nos remontan al siglo XIX, se caracterizan porque de alguna manera el impulsor de esa unidad nacional o de esa independencia nacional según los casos, o de ambas a la vez, era la propia burguesía. La burguesía que impulsaba una tarea ligada al ascenso histórico del capitalismo. Es decir un capitalismo maduro no se podía ni se puede concebir con estructuras raquíticas o subnacionales. Supone la creación de estados nacionales, más aún, de grandes estados nacionales. Las excepciones europeas son más bien el subproducto de fuerzas distorsivas. Por ejemplo la influencia francesa y británica sobre la desembocadura del Rin, crea dos pequeñas naciones, una de ellas mixta como es Bélgica, la otra los Países Bajos, o sea formas que son marginales. Pero la ley histórica central es la constitución de grandes naciones.

Lo que caracteriza la cuestión nacional en nuestros días es que ella, es que ella no es impulsada como fue la unidad nacional alemana por el crecimiento de las fuerzas productivas de la sociedad burguesa, sino por un factor más bien externo. Ese factor es la tajante división del mundo capitalista en un centro de alto poder y desarrollo y una periferia colonial y semicolonial. A su vez, esta periferia entra en crisis como consecuencia de las múltiples formas de opresión económica y política. Es decir, no hay un crecimiento de la burguesía, del orden capitalista, que genere por lo menos las bases objetivas para la realización de la unidad e independencia nacionales, sino que hay una crisis generada por esa misma relación de dependencia, con un carácter relativamente amorfo y embrionario de las fuerzas sociales, especialmente de las burguesías nacionales.

El caso de la Argentina es bastante notorio. En la Argentina el proceso de industrialización adquiere cierto desarrollo a partir de la crisis mundial de 1929, y es un resultado de algún modo fabricado a partir de medidas defensivas ante la crisis, pero no de carácter nacional sino de carácter cerradamente clasista de la oligarquía terrateniente. El centro imperial desata, como lo ha comprobado entre otros documentada y estadísticamente Scalabrini Ortiz en "Política Británica en el Río de la Plata", una terrible catarata de la crisis sobre la periferia. En un momento dado la Argentina ve reducirse a la mitad sus exportaciones hacia el centro, pero en cuanto a su valor, pues el volumen físico se mantiene constante. El manipuleo de los precios, que aún hoy por supuesto de ejecuta, hacía que el imperio desatara sobre la colonia gran parte de la crisis. A su vez la oligarquía descargaba sobre el resto de país la crisis, incluso sobre sus aliados históricos, como los criadores.

A partir de eso, y por medio de una serie de medidas como el control de cambios, se crea una especie de proteccionismo no voluntario, una retracción de las importaciones para mantener el equilibrio de la balanza de pagos y eso trae como consecuencia un desenvolvimiento industrial que modifica la estructura del país. Pero en ese desenvolvimiento industrial no está el proyecto de una clase burguesa que pretenda hacer la revolución industrial. Está la participación de industriales concretos, cuya conciencia del interés nacional y del propio interés de clase – considerado en un sentido lógico- es sumamente precaria, y lo seguirá siendo a lo largo de las décadas.

Yo quiero señalar que la particularidad argentina, el único pensamiento anterior al año 30 más o menos orgánicamente industrialista correspondía a algunos sectores de las FF. AA., es decir, a concepciones que partían de premisas extraeconómicas, porque las premisas económicas eran de tal naturaleza que había un espontaneísmo hacia la producción agraria, hacia el latifundio, hacia la ganadería, partiendo de las grandes ventajas naturales que ofrecía la fertilidad pampeana. Entonces era un mal negocio, un negocio marginal, el riesgo y la inversión industrial. Solamente a partir, o preferentemente a partir de una concepción de la defensa nacional, es decir, del problema de un país que importaba todo su arsenal y que, por lo tanto, un simple bloqueo del Río de la Plata lo llevaba a la indefensión después de una semana o dos de guerra –así era planteado el asunto- se introduce el elemento de la industrialización como un proyecto a través de –no digo exclusivamente, pero preferentemente- de la ideología militar de la defensa nacional.

Con esto señalo que la enorme debilidad orgánica de la burguesía como clase no era solamente una debilidad material, sino también, combinadamente, una debilidad ideológica. La propia burguesía aparecía un poco satelizada ideológicamente (un poco o un mucho) al pensamiento dominante de la oligarquía. Hay una observación en "El Hombre que está Solo y Espera" de Scalabrini Ortiz, que él creo que no explica, pero señala, dándole una especie de raíz metafísica que creo que no es la correcta; pero el síntoma sí es sumamente interesante. Dice: los argentinos, cuando alguien tiene una fábrica, decimos que tiene un boliche, despectivamente; y si tiene un campito chiquito decimos que tiene un campo, con cierta unción. Esto es rigurosamente cierto en la historia, en lo que era la cultura dominante a nivel popular incluso hace treinta o cincuenta años. Y no tiene otra explicación que la siguiente: la forma de propiedad de la clase dominante se transformaba en la forma de propiedad socialmente jerarquizada. Unos de los más duros representantes de la Sociedad Rural de la década de los sesenta, un tal señor Fano, desgraciadamente fallecido, era un industrial, y los industriales, cuando necesitan adquirir jerarquía nobiliaria, cuando han llegado empiezan a comprar campos. Jauretche decía que "en Europa se los llama juntabostas; acá llegan al estado de nobleza cuando compran campos". Pero esos campos no eran fábricas de vacas. Esos campos eran un monopolio sobre un bien natural, sobre la naturaleza, cuya característica central de los dueños latifundistas es el parasitismo, no la reinversión de las ganancias o la renta que surgen de ladiferencia entre los costos mundiales. Para fabricar una vaca en Europa no es lo mismo que una vaca que se críe sola en un campo de engorde o de cría de la provincia de Buenos Aires. Era, como digo, la absorción de la ganancia que nunca es reinvertida, ni siquiera actualmente, en una mecanización, e un desarrollo tecnológico, sino que es consumida o derrochada hacia cualquier lado.

Entonces quiero señalar este rasgo que desplaza hacia otros sectores sociales la tarea central de la liberación y de la unidad nacional del Estado así como otros aspectos fundamentales. Para hablar en jerga marxista diría que la tarea de la unidad nacional, de la independencia nacional, de la liberación nacional, son socialmente consideradas tareas burguesas, es decir, están ligadas a lo que en Europa fue el proceso de la revolución industrial, el surgimiento de la sociedad capitalista, etc. No son tareas socialistas.

Sin embargo, las clases burguesas en nuestros países de América Latina son de tal manera raquíticas, no sólo en lo material sino también en lo ideológico, que la realización de esas tareas, su protagonismo, se desplaza para poder llevarlas a cabo de una manera consecuente, hacia los sectores más bajos, hacia las clases trabajadoras en primer término y el conjunto de los sectores más oprimidos de la sociedad.

Esta sería la primera diferencia básica entre la cuestión nacional clásica, tal como se daba en la Europa del siglo XIX y la cuestión nacional que se da en nuestros países dependientes. Esos países, y el caso argentino es claro, son países de algún modo capitalista, es decir, en la Argentina estructuras feudales o semifeudales, o que se puedan llamar aunque sea metafóricamente así, si existen son totalmente periféricas. Pero lo que hay es un capitalismo que no repite las leyes del capitalismo de los grandes centros mundiales, no lo repite en los términos en que, por así decirlo, el adulto prefigura al niño.

De un niño uno sabe que v a salir un adulto si toma la sopa. Va creciendo, sale un adulto. Entonces el adulto es la prefiguración del niño. Nuestra estructura no es la prefiguración de la estructura metropolitana y este es el punto débil de todas las corrientes "modernizadoras" y desarrollistas, tecnológicas, etc. ¿Y por qué no lo repite? Porque a pesar de ser en uno y en otro caso estructuras capitalistas en el sentido en que se basan en la propiedad privada de los medios de producción, el intercambio de mercancías, la compra y venta d la fuerza de trabajo, falta una especie de organicidad capitalista.

La burguesía como clase dominante es la que utiliza exhaustivamente a través de la inversión y de la reinversión el excedente económico, es decir la burguesía es la primera clase social que destina el máximo posible de excedentes que extrae del trabajo de los productores directos, de las clases explotadas, que lo destina no a su propio consumo suntuario de lujo etc., no al despilfarro sino esencialmente y en primer término a la reinversión, movida por la ley de la competencia, ya sea interna, ya sea internacional, es decir el que no reinvierte se retrasa y va a la quiebra, entonces hay un dinamismo que es lo caracterizante de las sociedades capitalistas adultas.

Las sociedades capitalistas dependientes se caracterizan en cambio, por lo que podríamos llamar el excedente nacional, es decir la diferencia entre todos los consumos físico y humanos necesarios para obtener el producto nacional y ese producto, el plus, tiende a desviarse fuera del circuito interno de la reinversión, en parte absorbido por las metrópolis imperialistas y en parte desviado por las propias clases dominantes internas, aún la propia burguesía que tiene generalmente más interés en hacer una suntuosa mansión en Punta del Este o entrar en el circuito financiero que desarrollar mediante sucesivas inversiones y reinversiones la producción tanto industrial como agraria. Es decir esta estructura particular de nuestras sociedades dependientes forma parte esencial de la temática de la cuestión nacional.

El otro rasgo de la cuestión nacional Argentina y Latinoamericana es la balcanización, nosotros habíamos visto que en la nación es una comunidad históricamente constituida, en unidad territorial, en unidad de lengua, en unidad cultural y en unidad económica, América Latina o Hispanoamérica de encuentra como una unidad política completamente articulada en el período virreinal español, la guerra de la independencia genera una concepción nacional americanista, latinoamericana, hispanoamericana, que creo, que forma parte del patrimonio viviente del movimiento popular en Argentina, porque le da la dimensión fundacional como se dice ahora, de la patria, es decir la patria fue fundada por una concepción nacional continental.

Nuestro Himno Nacional habla de la Provincias Unidas de Sud, lo que significa que no era un himno nacional de la Argentina que quedó, y no voy a decir que la Argentina perdió a Bolivia, a Uruguay y al Paraguay porque eso sí sería chauvinismo, perdió tanto como ellos nos perdieron a nosotros, nos perdimos todos recíprocamente y la independencia que se proclamó en Tucumán en 1816 es la de, "las Provincias Unidas de Sudamérica", concepción que inspira toda la estrategia de la guerra de la independencia, desde la primera expedición que llega hasta el lago Titicaca en la frontera con Perú y no va más adelante por la derrota de Huaqui sufrida, hasta la campaña sanmartiniana.

Es evidente que queda un sustrato histórico de ese desarrollo frustrado como se vio en la guerra de Malvinas, que los pueblos hermanos de Hispanoamérica, a pesar del profundo descrédito del régimen militar argentino, dieron claros y muy enérgicos testimonios de solidaridad moral con los argentinos, que nos fuimos redescubriendo, a través de ese proceso y de esa verdadera sorpresa de la historia, también en nuestra dimensión latinoamericana.

Entonces cuando hablamos de una cuestión nacional, estamos hablando de la cuestión nacional latinoamericana, no de la cuestión nacional argentina o uruguaya o boliviana, etc., sin prejuicio del respeto que debemos a la propia determinación de los pueblos hermanos y del rechazo de todo hegemonismo, pero la estrategia fundamental, es la estrategia de la unidad latinoamericana.

Perón tuvo una frase afortunada por su síntesis cuando dijo: "el siglo XX nos encontrará unidos o dominados", esa idea es una idea estratégica independientemente de la forma de cómo se la articule prácticamente, por que este es un vasto y complejo proceso en que las contradicciones secundarias se van a dar constantemente.

Esa balcanización es el proceso que se da a lo largo del siglo XIX, sabemos bien del fracaso de Bolívar para crear un congreso hispanoamericano en Panamá y en el Río de la Plata la hostilidad a esa iniciativa del grupo rivadaviano entonces en el gobierno, mientras la guerra de la independencia se estaba dirimiendo con resultado todavía no resuelto, con perdón de la repetición, el gobierno unitario de Rivadavia intentaba comprar por una indemnización el reconocimiento de España de la independencia del Río de la Plata.

Lo que ocurrió fue que la ausencia, digamos, de una burguesía que buscara un mercado, la insipiencia de las fuerzas económicas, dieron prioridad a las oligarquías portuarias, mercantiles y terratenientes que dominaban desde alguna ciudad estratégica, generalmente una ciudad puerto, un hinterland como decían los alemanes, un interior y eso determinó que Hispanoamérica estallara en todas direcciones.

Curiosamente una heterogeneidad similar se daba en el mundo portugués americano, pero al parecer la importante conexión de Inglaterra primero con su colonia de hecho, Portugal y segundo con el Brasil luego independiente, determinó que Inglaterra tendiera a apoyar la unidad del Brasil que era tan precaria como el resto de Latinoamérica, como un elemento de penetración, que además se ejerció militarmente en forma hegemónica en la guerra del Paraguay.

Por su parte la oligarquía portuaria argentina tuvo una curiosa política espacial, esa política que solamente hacía concesiones a los terratenientes en el avance hacia las zonas pampeanas al sur del salado tendió a disgregar deliberadamente y por un proyecto razonado y bastante consecuente el viejo territorio virreinal, por de pronto cortarle salidas alternativas hacia los océanos y por lo tanto hacia el comercio mundial, la pérdida del litoral pacífico y del Alto Perú, la pérdida de la Banda Oriental, incluso la casi pérdida de la zona mesopotámica, determinaban que la política de esa oligarquía tendiera a conservar básicamente y ahí sí, intransigentemente como zona de dominio lo que hoy son la provincias de Santa Fe, Buenos Aires, Entre Ríos, es decir hubo también el Río de la Plata un proceso trágico de disgregación, que llegó al actual marco de geografía política.

Volviendo un poco al proceso de pensamiento socialista o marxista de las primeras décadas del siglo, podemos decir que ahondando en línea planteada en la cuestión irlandesa por Marx y Engels, es decir que la revolución colonial, apareciendo como una especie de requisito para que un proletariado metropolitano aburguesado que obtenía migajas pero bastante suculentas de la opresión del pueblo colonial, es desarrollado por Lenin, por la Tercera Internacional, cuyo tercero o cuarto congreso, codificando un poco estos puntos de vista, lanza la consigna para los países que hoy llamamos del tercer mundo, del frente único antiimperialista, esto es por supuesto esquemático, se trata de proyectos políticos en parte cumplidos y en parte no cumplidos, pero para los países metropolitanos la unidad de la clase obrera, el frente único de los trabajadores, y para los países coloniales y semicoloniales la confluencia de todos aquellos sectores sociales bastante mayoritarios en los cuales la clase trabajadora es una punta nomás, entorno a un proceso de liberación nacional, con sus concomitancias antifeudales, democracia política, etc.

En la Argentina nosotros tenemos otro desarrollo de las fuerzas de izquierda tradicionales, a fines del siglo pasado, se constituye el partido socialista, fundado por el Dr. Juan B. Justo y uno de los primeros planteos que realiza es que la Argentina es un país capitalista y que la clase obrera tiene que luchar por el socialismo, es decir, hay en este planteo que se combina con algunos otros que merecen atención, por ejemplo la posición militantemente librecambista del partido socialista en sus orígenes por los menos, sobre la base de que el proteccionismo, sostiene Juan B. Justo, crea la pero unidad, la unidad del proletariado y la burguesía de un mismo país, una especie de maridaje perverso, bestial, olvidando que el librecambismo creaba la unidad entre la burguesía británica por ejemplo y el proletariado británico, porque permitía a la burguesía británica vender lo que en Argentina no se producía, dando trabajo y salarios a los obreros británicos. Es decir había acá un manejo totalmente metafísico, abstracto de la lucha de clases, el socialismo, la unidad nacional, la liberación nacional, como si el patriotismo del país dependiente fuese un insulto a la lucha de clases, esto no le impedía a Juan B. Justo ser reformista en su táctica política y estaba expresamente más cerca del reformismo de Berstein que de las posiciones revolucionarias de los socialdemócratas rusos o de la izquierda alemana.

Incluso Juan B. Justo llega a decir en el año 22, una frase muy curiosa y muy aguda y dice: La Tercera Internacional ha enseñado a los pueblos de Asia política nacionalista y no política de clase, esa política no se adapta a nosotros, es decir la rechaza, pero advierte ese carácter específico de la concepción estratégica general del mundo moderno, que de algún modo sigue teniendo validez hoy de la combinación de la lucha antiburguesa en las metrópolis, con la lucha de la liberación nacional, por la democracia, la soberanía popular, por la destrucción de las formas económicas arcaicas en los países dependientes. Por su puesto que la lucha socialista en los países de Europa occidental es una especie de hipótesis teórica, esos países, sus partidos socialistas, más bien tienden a administrar de un modo socialmente más democrático la situación económica de privilegio que tienen y no a cambiar las condiciones económico – sociales internas. De ahí la enorme dificultad sobre todo en la izquierda de los países de Europa occidental.

La causa por la cual hay un desconocimiento de la cuestión nacional en la fundación de la izquierda clásica argentina, un poco se liga a la naturaleza de nuestros países, tanto la Argentina como en cierto grado también Uruguay, fueron colonias privilegiadas durante medio siglo, es decir países en los cuales una agricultura y una ganadería extensiva permitían un gran sobrante y ese sobrante en parte podía redistribuirse, una vez que el imperialismo se llevaba la parte de el león y la oligarquía la del leoncito, entre sectores populares incluso.

Yo recuerdo que y siendo muy viejito él, lo conocía a Joaquín Coca, que que escribió uno de los libros más importantes de autocrítica de esa vieja izquierda, en la década del ´30, "El Contubernio", donde denunciaba las relaciones entre aquél partido socialista y la derecha conservadora si bien asigna a quienes fueron los socialistas independientes, que terminaron extendiéndose, decía: a mí me daba vergüenza recibir a compañeros de mi partido, dirigentes ferroviarios, a pedirme que apoyáramos la ley de transporte puesta por los británicos, porque contenía algunas cláusulas sociales que por supuesto los beneficiaba, pero sin advertir que esa era una ley de entrega total de la economía y la infraestructura del país.

Es decir la realidad que de algún modo expresaba ese pensamiento de izquierda, era la realidad de la gran ciudad puerto, no industrial, con industrias periféricas, con un proletariado también periférico que no interpretaba el conjunto de la realidad nacional, de ahí derivaba al mismo tiempo una política de hostilidad primero hacia el yrigoyenismo y después hacia el peronismo, a los cuales se les enrostraba primero o en primer término, su carácter plebeyo por así decirlo, su falta de ilustración, su carácter tumultuario y su no socialismo, olvidando que esos grandes movimientos generados por la historia, vamos a decir, espontáneos, si bien no eran socialistas, no podían serlo en el grado de maduración que había alcanzado hasta ese momento la sociedad argentina, de todas maneras daba cuenta primaria de la contradicción fundamental, de la tradición de arranque que desgarraba al país y que más modernamente se expresó en dos términos, pueblo u oligarquía, liberación o dependencia.

Es decir, que nuestra crisis no surgía de una plétora de capitalismo, sino en todo caso de una falta de capitalismo y de una distorsión del capitalismo que existía. Por lo tanto esos movimientos si bien no resolvieron el problema planteado, plantearon el problema que había que resolver y de algún modo avanzaron sobre ese problema. De ahí han surgido siempre, yo no voy a entrar en detalles de la coyuntura, dos tácticas posibles, una táctica que ha visto en esos vastos movimientos ,en esos caudalosos movimientos ampliamente mayoritarios como una especie de distorsión de un modelo, como una especie de traición del pueblo y de los trabajadores a lo que debía ser su destino histórico, como una especie de engaño general, que caudillos demagógicos estaban por razones no muy bien explicadas, realizando a costa de esas masas.

Por ejemplo, en una época tubo bastante aceptación a la idea de que Perón había ganado a los sectores obreros de origen campesino, es decir a los llamados cabecitas negras que habían llegado gracias al proceso de industrialización de la década del ´30, de Corrientes, Tucumán, de las provincias empobrecidas, ese es un error de hecho, porque no quedó la clase obrera dividida en dos sectores, según su origen cultural, económico, geográfico y étnico, sino que fue el conjunto de la clase trabajadora el que se realineó en el ´45, fusionando a los inmigrantes internos, con las capas obraras de vieja tradición, a veces hijos y nietos de trabajadores y trabajadores inmigrantes, fue una síntesis, una fusión.

Esta incomprensión de la cuestión nacional condujo obviamente a grandes errores, no rectificados en forma ideológica, si uno lee historias oficiales de algunos partidos, como la unión democrática, es decir la alianza de esta izquierda con la oligarquía liberal en el ´45, que queda sepultada bajo el dilema planteado al pueblo argentino de "Braden o Perón".

Quizás cuadre en la parte final alguna reflexión sobre las especificidades de nuestros dos movimientos nacionales, en el yrigoyenismo tenemos como carácter dominante la heterogeneidad, pero sobre una base principal no excluyente de la clase media, en realidad hay una fusión de la vieja tradición federal, sepultada después de las últimas guerras civiles, después del Chacho, Felipe Varela, etc. Contra la guerra del Paraguay y las nuevas clases medias de origen inmigratorio.

En la revolución radical de 1905 un militar veterano cuyo nombre no recuerdo dice esta frase extrañísima: "Esta es la revancha de Pavón", los revolucionarios ocupan la ciudad de Córdoba y luego la pierden, Pavón había ocurrido 45 años antes, en la tradición viviente de esas capas soterradas del pueblo argentino que se habían quedado desoficializadas totalmente, estaba vivo el significado profundamente reaccionario de la batalla de Pavón, que da a Mitre la victoria sobre la Confederación Argentina y es el prólogo de la Guerra del Paraguay.

Irigoyen tenía una propuesta profundamente democrática y por otra parte era un agrarista no industrialista, tema que lo digo al pasar porque no está en el eje de nuestro problema.

El ascenso de masas del 45 refleja un país que se había modificado y se había modificado por el hecho del desarrollo de la industria liviana, por la aparición de un proletariado en el centro mismo de la estructura productiva, de la hegemonía por lo menos cuantitativa de la industria sobre la ganadería y la agricultura, sobre las actividades primarias y por lo tanto en la gravitación fundamental que tenía en ese momento la clase trabajadora.

Esto da al peronismo como movimiento nacional, es decir como confluencia policlasista, propia en general de los movimientos de periferia, un rasgo típico, es posiblemente el único movimiento del tercer mundo con una clara y protagónica presencia de la clase obrera industrial. Esto le confiere, creo yo, al peronismo una particular tensión social, yo hablé de heterogeneidad hablando del yrigoyenismo, lo heterogéneo intercala, intercambia, amalgama contradicciones secundarias.

El peronismo aparece como un movimiento de fuerte clase obrera, incluso en la marcha de los muchachos peronistas hay una expresión que dice "a la gran causa del pueblo, combatiendo el capital" de Carlos Marx, pero es una calumnia, combatiendo al capital, es una expresión socialista primariamente, como se quiera pero que se repite todos los días, todos los días. Es decir, tiene un carácter de lucha de clases. En 1949 mientras desde esa izquierda abstracta se seguía imputando al peronismo el ser una demagogia burguesa que desviaba a la clase obrera, un cura ultra reaccionario, el padre Menvielle, lanzaba la acusación que de algún modo inspiraría la primera tentativa golpista de 1951, de que el peronismo había desatado la lucha de clases en la Argentina, que eso estaba codificado en la constitución del 49 y que se fundaba en sindicatos clasistas, lo cual era rigurosamente cierto, no en las implicancias tremebundas del peligro comunista que le daba Menvielle, pero sí en el hecho de que había un fuerte elemento de lucha de clases, enmarcado sin embargo en un programa que no era un programa socialista, era un programa de nacionalizaciones, era un programa de crear una estructura orgánica de economía nacional, de justicia social obviamente, pero dentro de los marcos de un régimen capitalista.

Podríamos decir que era un proyecto de un capitalismo con fuerte basa social y autónomo respecto al imperialismo, o con mayor grado de autonomía respecto al imperialismo. Creo que eso ha generado en el peronismo una particular contradicción agravada por esta otra circunstancia, posiblemente por la combinación de la profunda debilidad ideológica de la burguesía argentina y de esa base de lucha de clases movilizadoras, que era la experiencia directa que la sociedad tenía. El empresariado argentino, la burguesía nacional en general, en su basta mayoría, militó contra el peronismo, por un lado por la colonización ideológica de la oligarquía y del imperialismo, por el otro lado por no haber podido, sabido o querido racionalizar el carácter secundario de su contradicción con la clase obrera.

O sea que tenemos un movimiento con un proyecto de capitalismo autónomo y justicia social pero que no contiene a la burguesía en su seno, salvo excepciones y aquellas excepciones son más a título de intelectuales, que de representantes directos y típicos de la clase social. Me parece que esto ha generado en el peronismo una fuerte presión interna que es la explicación de las deformaciones burocráticas que ha soportado en diverso grado a lo largo de su historia, porque la espontaneidad del movimiento protagonizado por la clase obrera, tiende a cuestionar no sólo a las formas imperialistas de dominación, sino también y en diverso grado las formas internas, el imperialismo es también por supuesto un factor interno, ya que está instalado en el seno de la sociedad, es decir la propiedad de la tierra y la propia propiedad por lo menos de la gran burguesía nacional, en la medida que existe, de los medios de producción.

Es decir, ese protagonismo de la clase obrera en un país dependiente y semicolonial entraña el riesgo de un desborde espontáneo hacia propuestas socialistas que incesantemente y generando una especie de sistema de contención, creando formas a veces de desideologización política y doctrinaria, y a veces muy frecuentemente formas de contención burocrática.

Por supuesto que expresiones como las de Herminio Iglesias implican no reflejos típicos de estos fenómenos, sino más bien su crecimiento desmesurado y fuera de control, ya se transforman en otra cosa. El problema por lo tanto se ha desatado bajo la forma de una crisis interna en el movimiento nacional a partir de la muerte de Perón, pero de alguna manera la muerte de Perón más que crear las contradicciones, de ser origen de esa crisis, es más bien el momento que la crisis comienza a manifestarse, porque es indudable que el liderazgo de Perón lograba contener los elementos de esas contradicciones.

Nosotros nos encontramos que durante el período de la dictadura militar – oligárquica se llega a un grado creciente de unidad política en el pueblo argentino en su oposición contra la dictadura, nos encontramos también que la fuerza de esa oposición reside en lo negativo, en lo que se rechaza, pero no, en una idea clara, sobre qué es lo que se pretende del país. Derrotada la dictadura, el aspecto positivo de la cuestión pasa a primer plano, a través de un primera manifestación que es aparentemente, un vasto sector, numéricamente mayoritario por de pronto, parece adoptar un proyecto que nosotros y respetando por supuesto todas las opiniones y la decisión de nuestros compatriotas, en lo que en algún momento hemos llamado "democracia sin liberación nacional", acaso pensando que el país que salía de una orgía de sangre no estaba en condiciones de afrontar un desafío como el que soñaron la generación por ejemplo del 73 o la del Cordobazo.

Pero evidentemente la cuestión nacional subsiste, la solidez de la democracia francesa, o de la democracia norteamericana o de la democracia inglesa se fundan en la extirpación de las viejas formaciones precapitalistas, absolutistas, feudales, en las tormentas de la revolución de Cronwell, en las tormentas de la revolución del 89, en las tormentas de guerra civil americana que al precio de un millón de muertos, fue una verdadera revolución social, porque expropió lo que aquí no se pudo hacer el pueblo argentino con Mitre y su complejo oligárquico portuario, se hizo con el complejo sudista a través de la guerra contra la esclavitud, que no era una guerra por los derechos humanos según el propio Lincoln señalaba, sino que era una guerra con un neto contenido político económico social, fue la expropiación de una clase cuya propiedad consistía en la propiedad sobre los hombres, sobre los esclavos.

Las condiciones de una democracia estable en la Argentina no pueden ser generadas sino a partir del cuestionamiento de las bases económico sociales de la dependencia que no son solamente externas, sino que son también internas, porque una de las características de la sociedad dependiente es que las clases dominantes son clases dilapidadoras, entregadoras del patrimonio y no inversoras y reinversoras del excedente nacional.

En ese sentido lo que queda planteado como tarea inconclusa es naturalmente la recomposición del frente nacional para la liberación, es decir una vasta articulación que debe prtir de reformular al nivel de la crisis de la Argentina de 1985, que no es la Argentina de 1945, un programa de liberación. Si en el año 45 fue posible plantear ese programa a través de un reajuste de las condiciones existentes, es evidente que en la actualidad esa posibilidad queda desbordada por la hondura de la crisis.

El programa debe cuestionar las estructuras fundamentales de la propiedad dominante, terrateniente, bancaria, monopolista extranjera, etc. Esta no es en sí misma una perspectiva socialista, sino la posibilidad de confluencia de grandes sectores en torno de este programa, pero evidentemente su cumplimiento tampoco puede concebirse como un proyecto de capitalismo autónomo, tiene de algún modo que expandirse en dos direcciones, una dirección que es la lucha por la reunificación de América Latina, que sería el gran objetivo estratégico y otra dirección que es apuntar a la destrucción de esa forma de privilegio interno, que son la base estructural de la
dependencia y dominación imperialista.

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