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viernes, 15 de enero de 2010

El Miedo a la Libertad (i): La Libertad como Problema Psicológico

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El miedo a la libertad (1941) es una de las obras más influyentes y reconocidas del filósofo judío Erich Fromm (1900-1980). Fromm perteneció a la escuela de Frankfurt pero su interpretación heterodoxa del marxismo lo alejó del círculo. Su pensamiento es muy deudor del psicoanálisis al que intenta reconciliar con el marxismo elaborando una síntesis original con la que analizaría y criticaría tanto al capitalismo como al socialismo de Estado. Este es el primero de una serie de artículos en donde expondré los puntos más relevantes y sugerentes de la obra ya citada "El miedo a la libertad".

El proyecto del libro es analizar las causas psicológicas del fascismo y del capitalismo. La pregunta de Fromm es cómo es posible la emergencia de movimientos totalitarios que han sido amparados por las clases medias que encumbraron en otro tiempo a la democracia y que reclamaron cada vez mayor independencia de la Iglesia o de los señores feudales. Aunque ataca con dureza el fascismo también la democracia es objeto de una profunda crítica ya que la estructura psicológica que permite y sostiene el sistema capitalista no es, según Fromm, una estructura de la personalidad sana y espontánea como veremos en artículos próximos.

Para analizar el trasfondo psicológico de la democracia y del fascismo Fromm comienza haciendo una puntualización. La personalidad no es fruto casual del azar, la personalidad es, en buena medida, una creación social. El carácter del hombre medieval y del hombre moderno son fruto en gran parte del contexto sociológico en el que se encuentran; hoy en día, por ejemplo, el tópico del carácter mediterráneo, anglosajón o africano tiene relación con esta idea de Fromm de la fuerte relación entre personalidad y contexto sociológico. No obstante, la personalidad no es sólo fruto del contexto social sino que ella misma posee un dinamismo propio que la hace evolucionar y hace también que las estructuras sociales se adapten a ella. La relación de la personalidad y la sociedad es una relación fuerte pero compleja que tiene que ver más con la retroalimentación que con la dependencia ya que de igual modo que el ser humano tiene necesidades fisiológicas imperativas también posee necesidades psicológicas que la sociedad debe satisfacer (necesidad de relaciones sociales, de desarrollo personal, de seguridad...) para que la personalidad tipo permanezca sin variaciones. Como diversos factores, sobre todo de índole económica, varían la estructura de las sociedades, a veces abruptamente, las sociedades en ocasiones no pueden satisfacer las necesidades psicológicas de sus personalidades tipos por lo que estas personalidades sufren una reestructuración que acarreará en definitiva una reconstrucción de las mismas estructuras sociales.

Para explicar las fuertes relaciones entre sociedad y personalidad Fromm presentará el proceso de individuación como un proceso de adquisición de libertad que es entorpecido o enriquecido por el contexto social. El niño pequeño, según nuestro autor, al desarrollarse va adquiriendo independencia de los vínculos primarios: es capaz de andar sin que lo lleven en brazos, puede comer sólo o salir a la calle sin que sus padres vigilen de él. Pero esta libertad tiene un carácter ambiguo ya que libera al niño para hacer cosas pero también libera al niño de unos vínculos que le otorgaban seguridad y confianza. El niño que empieza a andar sólo pronto descubre que puede caerse y que ya su madre no está ahí para sostenerlo en brazos. Ante estos elementos "negativos" de la libertad el hombre puede huir de su propia libertad es decir de su propia personalidad para reintegrarse en un grupo mayor en donde sentirse seguro, este mecanismo de huida lo llama Fromm sumisión pues su finalidad es abandonar la propia personalidad y obedecer normas externas al propio individuo que espera, gracias a este procedimiento, un cierto apaciguamiento de su sensación de soledad. Pero del mismo modo que el bebé no puede volver al vientre materno el hombre no puede retornar a sus vínculos primarios, la sumisión es un retorno a ninguna parte ya que por un lado la seguridad primigenia del infante tiene que ser comprada a un altísimo precio: la renuncia a la personalidad; y, por otro lado, estos vínculos recompuestos artificialmente no son los mismos que amparaban al niño pequeño. La sumisión, al final, sólo genera hostilidad, rebeldía y una angustia mayor de la que quería evitar.

Sin embargo, a través de la relación espontánea con los otros hombres y con la naturaleza (amor y trabajo) el individuo sí puede desarrollarse independientemente y establecer nuevos lazos sociales sin renunciar a su propia personalidad. Esto sería relativamente fácil si el proceso natural del crecimiento del yo no se viera interrumpido por causas sociales de múltiple naturaleza; en esta situación el individuo en el proceso de autodesarrollo ve sus expectativas amputadas por condicionamientos extrapersonales y en esta situación es factible que caiga en algún mecanismo de evasión que le permita superar la frustración que le produce el conflicto insalvable entre su desarrollo y los límites sociales que se le imponen. En unas circunstancias en donde las condiciones económicas, sociales y políticas no ofrecen posibilidades a la autorrealización del individuo este se ve tentado a algún tipo de abandono de la libertad ya sea buscando la sumisión o una relación con los hombres y el mundo que le prometa darle certidumbre aún a precio de su propia libertad.

(...) Para terminar este post dejo un pequeño texto en donde Fromm analiza el relato bíblico del pecado original como búsqueda de la libertad y adquisición de independencia:


"Una imagen particularmente significativa de la relación fundamental entre el hombre y la libertad la ofrece el mito bíblico de la expulsión del hombre del Paraíso. El mito identifica el comienzo de la historia humana con un acto de elección, pero acentúa singularmente el carácter pecaminoso de ese primer acto libre y el sufrimiento que éste origina. Hombre y mujer viven en el Jardín edénico en completa armonía entre sí y con la naturaleza. Hay paz y no existe la necesidad de trabajar; tampoco la de elegir entre alternativas; no hay libertad, ni tampoco pensamiento. Le está prohibido al hombre comer del árbol del conocimiento del bien y del mal: pero obra contra la orden divina, rompe y supera el estado de armonía con la naturaleza de la que forma parte sin trascenderla. Desde el punto de vista de la Iglesia, que representa a la autoridad, este hecho constituye fundamentalmente un pecado. Pero desde el punto de vista del hombre se trata del comienzo de la libertad humana. Obrar contra las órdenes de Dios significa liberarse de la coerción, emerger de la existencia inconsciente de la vida prehumana para elevarse hacia el nivel humano. Obrar contra el mandamiento de la autoridad, cometer un pecado, es, en su aspecto positivo humano, el primer acto de libertad, es decir, el primer acto humano. Según el mito, el pecado, en su aspecto formal, está representado por un acto contrario al mandamiento divino, y en su aspecto material por haber comido del árbol del conocimiento. El acto de desobediencia, como acto de libertad, es el comienzo de la razón. El mito se refiere a otras consecuencias del primer acto de libertad. Se rompe la armonía entre el hombre y la naturaleza. Dios proclama la guerra entre el hombre y la mujer, entre la naturaleza y el hombre. Este se ha separado de la naturaleza, ha dado el primer paso hacia su humanización al transformarse en "individuo". Ha realizado el primer acto de libertad. El mito subraya el sufrimiento que de ello resulta. Al trascender la naturaleza, al enajenarse de ella y de otro ser humano, el hombre se halla desnudo y avergonzado. Está solo y libre y, sin embargo, medroso e impotente. La libertad recién conquistada aparece como una maldición; se ha libertado de los dulces lazos del Paraíso, pero no es libre para gobernarse a sí mismo, para realizar su individualidad."

E. Fromm; El miedo a la libertad; Paidos Contextos 2006 pp. 56-57

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