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martes, 26 de enero de 2010

El Miedo a la Libertad (iii): Libertad y Democracia




“Nos sentimos orgullosos de no estar sujetos a ninguna autoridad externa, de ser libres de expresar nuestros pensamientos y emociones, y damos por supuesto que esta libertad garantiza —casi de manera automática— nuestra individualidad. El derecho de expresar nuestros pensamientos, sin embargo, tiene algún significado tan sólo si somos capaces de tener pensamientos propios; la libertad de la autoridad exterior constituirá una victoria duradera solamente si las condiciones psicológicas íntimas son tales que nos permitan establecer una verdadera individualidad propia. ¿Hemos alcanzado esta meta o nos estamos, por lo menos, aproximando a ella?”

E. Fromm; El miedo a la libertad; Paidós Contextos 2006 p. 248

De este modo comienza Fromm el último capítulo de su libro “El miedo a la libertad” en el que analiza la relación entre la libertad y la democracia. Aunque el la democracia parezca que los individuos podemos hacer lo que queramos siempre que no interfiramos en la convivencia Fromm se pregunta si realmente queremos lo que queremos, somos libres de hacer lo que queremos pero ¿somos también libres de querer lo que queremos? ¿Hasta que punto la sociedad democrática permite el pleno desarrollo de la voluntad del individuo, hasta que punto esta voluntad no está condicionada por la misma sociedad que parece tan liberada?

El proceso de represión de los sentimientos y pensamientos espontáneos empieza muy tempranamente, desde la iniciación del aprendizaje. Aunque Fromm no niega la necesidad puntual de reprimir la espontaneidad infantil para la socialización del niño, en muchas ocasiones se olvida que esa represión es un medio para la socialización pero no el fin mismo del proceso educativo. Un sentimiento normal del niño es el de aversión hacia el mundo externo y hacia otras personas pero desde las instancias educativas (padres, familiares, escuela...) se intenta que el niño quiera a todos los visitantes, familiares, cuidadores, etc. de este modo el niño sólo es maduro cuando es capaz de reprimir e incluso de eliminar sus sentimientos de aversión. De esta manera el niño aprende, igualmente, a ser simpático con todo el mundo y lo que la educación en la infancia no puede conseguir al final lo logrará la presión de la sociedad. El ser amistoso, simpático y feliz se transformarán en respuestas que el sujeto cuando haya terminado su proceso de socialización dará automáticamente como un interruptor que se enciende y se apaga. En ocasiones el individuo se dará cuenta del carácter externo de estos sentimientos pero en muchas ocasiones es seguro que perderá la capacidad de discernir sus sentimientos auténticos de sus pseudosentimientos. Los sentimientos son reprimidos y redirigidos hacia lo socialmente aceptable, esta represión explica la demanda sentimentaloide que satisfacen las películas o la música mal llamada romántica. La normalidad psicológica es mediocridad sentimental y la expresión de sentimientos auténticos una anomalía.

Un sentimiento que es especialmente reprimido en la democracia es el sentido de lo trágico, la certeza de la fragilidad del hombre y de su propia finitud. La muerte se ha transformado en un tema tabú y se esconde ya no sólo la muerte sino también su antesala: la vejez. De este modo se le arrebata al hombre aquello que daba mayor profundidad a su vida y a sus sentimientos de solidaridad con los otros hombres. Si la vida es algo que merece ser vivido a cada instante de manera plena es la seguridad de su finitud pero al quedar reprimida la muerte la vida nos muestra su perfil más romo y superficial. Sin embargo, como todos los sentimientos reprimidos la muerte vuelve a aparecer con una siniestra cara en nuestras pesadillas de felices hombres superficiales pero ahora ya, al haberse reprimido, carece de fertilidad y la muerte se nos muestra como terrible final de una vida inane e insustancial.

La conducta de insinceridad – a veces no intencionada- de los padres hacia sus hijos desalienta también el pensamiento independiente en el niño. La obsesión por la información (datos) que tiene el sistema educativo en vez de por el conocimiento (estructuras significativas) es otro lastre importante para el desarrollo del pensamiento espontáneo del niño. Hijo de esta concepción meramente informativa de la educación es el relativismo que considera que todo pensamiento vale y que por lo tanto carece de sentido realizar el esfuerzo de construirse una interpretación del mundo propia y personal. El relativismo y el culto a la información consiguen que el niño carezca de una visión estructurada del mundo de lo que la televisión o Internet hoy en día son en gran parte responsables: tras la noticia del bombardeo y muerte de cientos de personas en Irak se anuncia un producto dietético o una marca de condones sin solución de continuidad. Meros datos desunidos irrumpen en nuestra cabeza dejándonos incapaces de valorarlos o jerarquizarlos: indiferencia y chatedad de miras son los rasgos del hombre democrático contemporáneo.

De esta manera el hombre moderno ha perdido la capacidad para mostrarse tal cual es y se ha convertido en un autómata que cree ser libre; esta pérdida del yo ha aumentado la necesidad de conformismo social con la que intentamos ahuyentar las dudas sobre nuestra propia identidad. Pero detrás de una aparente satisfacción y optimismo el hombre moderno oculta una profunda infelicidad y desesperación, hambriento de vida pero incapaz de saborearla acepta como sucedáneo cualquier cosa que pueda causar una excitación pasajera, sustituta de la verdadera alegría de vivir, como bebidas, deportes o identificación con personajes ficticios de la televisión.

Sólo gracias a la actividad espontánea podrá el hombre moderno sobreponerse a la desesperación y recuperar el sentido de vivir. Mediante la actividad espontánea el hombre evitará la soledad pero no tendrá que pagar el precio de perder su personalidad. El amor como relación libre y no como imposición o subordinación permite al hombre relacionarse con los otros en plenitud, manifestando su ser de manera propia y satisfaciendo, a la vez, su necesidad de relacionarse con otros hombres. El trabajo creador, como manifestación de la propia personalidad en el mundo objetivo funciona también como medio de autorealización; no se refiere Fromm al trabajo alienante y embrutecedor al que tantos estamos acostumbrados sino a ese trabajo-arte que toda la tradición intelectual marxista ha estado reivindicando desde sus inicios. Mediante el trabajo creador y el amor el hombre encuentra que la vida tiene su significado en sí misma, en el propio acto de vivirla. Pero no nos engañemos, las democracias burguesas han creado un mundo deshumanizado desensibilizado y en donde la anormalidad de la conformidad es la normalidad social que se propugna, defiende y persigue. Si el carácter fascista adoptaba mecanismos de evasión autoritarias el carácter democrático del hombre actual se evade de su libertad a través del mecanismo de la conformidad automática. ¿Es posible que la felicidad no sea, como lo es hoy, la meta de unos pocos privilegiados, soñadores o excéntricos? ¿Es posible la socialización de la felicidad, el fin de esta sociedad patológica?

Tan sólo si el hombre logra dominar la sociedad y subordinar el mecanismo económico a los propósitos de la felicidad humana, si llega a participar activamente en el proceso social, podrá superar aquello que hoy lo arrastra hacia la desesperación: su soledad y su sentimiento de impotencia. Actualmente el hombre no sufre tanto por la pobreza como por el hecho de haberse vuelto un engranaje dentro de una máquina inmensa, de haberse transformado en un autómata, de haber vaciado su vida y haberle hecho perder todo su sentido. La victoria sobre todas las formas de sistemas autoritarios será únicamente posible si la democracia no retrocede, asume la ofensiva y avanza para realizar su propio fin, tal como lo concibieron aquellos que lucharon por la libertad durante los últimos siglos. Triunfará sobre las fuerzas del nihilismo tan sólo si logra infundir en los hombres aquella fe que es la más fuerte de las que sea capaz el espíritu humano, la fe en la vida y en la verdad, la fe en la libertad, como realización activa y espontánea del yo individual.” ed. cit. pp 279-280

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