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martes, 23 de febrero de 2010

El Papel de las Fuerzas Armadas

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Por John William Cooke 
(En El retorno, conferencia pronunciada en Córdoba, el 4 de diciembre de 1964)
(Imagen: encuentro entre Vandor y Onganía)

Ninguna especulación de ventajas políticas justifica el abandono de los principios: una política burguesa puede carecer de base moral, una política revolucionaria, nunca. Ignoro de qué se habla, qué promesas se entrecruzan en las entrevistas entre dirigentes peronistas y jerarcas militares; tampoco me interesa saberlo. Pero las ilusiones a que dan nacimiento jamás pueden compensar los perjuicios de exceder los límites, bastante amplios y flexibles, de los compromisos tácticos compatibles con una línea sin abdicaciones.


Pero ubicándonos en terreno de lo exclusivamente práctico en que acostumbran a moverse los burócratas. La Operación Retorno permite apreciar qué consiguieron para el Movimiento al precio de comprometer la dignidad de éste, tanto con algunas actitudes como con algunos silencios y omisiones.

La característica es que el tema de las Fuerzas Armadas se eluda o se toque en forma que no las irrite. Algunos porque quieren granjearse la buena voluntad de ese factor decisivo de nuestra vida política; otros, aunque no esperan ningún apoyo de ellas, temen que ejerzan el derecho no escrito del veto de que disponen; otros por temor a su fuerza. Nosotros no esquivamos este tema tan peligroso; y así no aceptamos que el estudiantado o el Peronismo sean entidades con atributos invariables, denunciamos la frase generalizada de atribuir a las Fuerzas Armadas determinados atributos que serían de su esencia, hagan lo que hagan o sean quienes sean sus integrantes.

Las Fuerzas Armadas, como toda institución están formadas y dirigidas por hombres, y según éstos procedan, así el juicio que corresponda, sin que los méritos de otrora cancelen los vicios de hoy, ni éstos disminuyan aquéllos. Nadie podrá convencerme de que el ejército de San Martín y de Dorrego es también el ejército de Conintes y las torturas y la represión, o que la gloria que nuestros antepasados conquistaron con la lanza cubra ahora el manejo de la picana o se empeñe por la actividad represiva de ahora.

Ya hemos expresado el concepto que nos merecen los partidos políticos tradicionales. Pero no vemos qué títulos tienen los militares para enjuiciarlos y adoptar aire de superioridad ante ellos, como no sea la sensación de considerarse parte de una casta cuyos cuadros superiores se comparten como si fuesen príncipes de la sangre. Desde 1955, el Ejército es un partido más, el partido continuo del régimen, el partido con la máxima capacidad de violencia en una fase histórica en que la institucionalidad democrática-representativa no funciona y todo es acción directa. Si la democracia funcionase, el peronismo sería gobierno, y cosa que no sucede -para beneficio de todos los partidos- porque el partido fuerte, las Fuerzas Armadas, se lo impiden mediante la acción directa.

Las Fuerzas Armadas ya no son un órgano del Estado; son una fuerza, un poder del Estado, que lo vertebran y dirigen, supliendo con su potencial armado la debilidad de los restantes partidos, anacrónicos en ideología y occidentalistas, que se reduce a la adoración de símbolos de otros símbolos, un juego de abstracciones y fantasmas para que no aparezcan los hombres de carne y hueso, ni se oiga su clamor. ¿Puede haber patria sin soberanía? Eso pueden creerlo quienes están bajo el influjo de las hechicerías frigeristas o de similares desarrollismos que proliferan en todas las corrientes burguesas.

El fetichismo técnico debía prender fácilmente en instituciones que actúan con el utiaje bélico y a las Fuerzas Armadas les sirve como coartada o como escape. Pero los problemas del desarrollo son parte del problema nacional, que se resuelve a nivel político y no a nivel técnico. Las desigualdades no son técnicas en ningún caso: la aparente neutralidad de la técnica envuelve decisiones políticas que el pueblo no puede adoptar porque está privado de la facultad de resolver su destino.

Nosotros no somos antimilitaristas: somos pro-nacionales, patrióticos y juzgamos al Ejército por el papel que juega. A diferencia de los antimilitaristas sistemáticos que trasladaron valoraciones que no correspondían a nuestra circunstancia histórica, reconocemos el papel progresista que pueden tener las Fuerzas Armadas en un país subdesarrollado y apreciamos la obra de los jefes como Mosconi, Baldrich, Savio en defensa de los intereses nacionales, como así también reconocemos que el Ejército, en 1945, fue un factor de avanzada que se proponía tareas y planteaba problemas que hacían a nuestra independencia económica y política. Ese concepto cambia cuándo, a partir de 1955, la posición del Ejército también cambia, y pasa a convertirse en el eje de la política reaccionaria. Una modificación de ese comportamiento haría variar, de más está decirlo, nuestro juicio. Aunque hay razones objetivas que nos llevan a suponer, sin que pueda imputársenos un pesimismo catastrófico, que esa hipótesis ya no es posible.

Algunos sectores antiliberales de derecha cultivan amorosamente el mito de las Fuerzas Armadas como depositarias de valores que, por perversas maquinaciones de los políticos, no gravitan actualmente en forma decisiva, pero terminarán por prevalecer pese a todo. Es que el Ejército, última institución jerarquizada en una sociedad cuyas jerarquías están en crisis es la garantía final del statu quo, tanto bajo su forma liberal como bajo formas paternalistas o fosilizantes.

El Ejército los satisface adoptando la defensa de lo "nacional" entendido como lo opuesto a revolucionario. El pueblo, por consiguiente, está reducido a ser víctima resignada o a ser "subversivo" en cuanto se rebela contra la servidumbre imperialista. Es decir, en cuanto, mediante su acción intenta que la Argentina se realice como Nación, para lo cual debe luchar contra el Ejército, que ya no defiende la soberanía del país sino que defiende la frontera "interna" del imperialismo, de acuerdo a la teoría adoptada de la "guerra subversiva". Entonces, el enemigo ya no es el invasor potencial: somos nosotros. Los oficiales aprenden en los ejércitos de las potencias coloniales, las técnicas para enfrentar a los movimientos de liberación nacional, para aplicarlas al pueblo argentino cuando intente liberarse.

Al adscribirse a la teoría de la "guerra subversiva" el Ejército constituye, no sólo el puntal del régimen imperan te internamente, sino el instrumento de la dominación imperialista en nuestra propia tierra. Y no le hemos de juzgar, por más fuerza que tenga, por las represalias que pueda descargar sobre nosotros, por lo que dice ser y valer, sino por lo que es en realidad.

Esa fuerza material es la que le da prestigio ante quienes se sienten defendidos por ella, lo que inspira el prudente respeto de muchos que no desean sufrirla en carne propia desde que se constituyó en guardián de la "frontera interna", el militar renunció a lo que antes le confería una aureola de prestigio; era el encargado en caso de que la patria fuese agredida, de morir defendiéndola. Ya han perdido ese prejuicio favorable, desde que no han de morir por nosotros sino por la oligarquía y el imperialismo combatiendo contra el pueblo argentino.

Desde que el Ejército es el árbitro de la situación política, muchos burócratas, que siempre están inventándose atajos hacia el poder, porque son incapaces de proponerse la dura abnegada vía de la revolución, sueñan con el golpismo salvador y fulminante. Negocian, halagan, tratan de presen-tarse como intermediarios que aseguren la adaptación del Peronismo a los esquemas mentales de la oficialidad, explican que hay sectores proclives al entendimiento con nosotros. Hasta ahora, jamás el Movimiento ha tenido pruebas de que existe esa coalición de corazones tiernos, aunque a esa posibilidad se han sacrificado deberes inexcusables en una dirección de masas.

El máximo de "comprensión" que se nos demostró es regalarnos el uso de los derechos que en teoría tienen los ciudadanos argentinos, a condición de convertirnos en neo-peronistas, vale decir, en planta híbrida que vegeta junto a la flora anémica del partidismo burgués.

Desde que la Operación Retorno cobró verosimilitud, hasta que se concretó en el viaje reciente, ese papel del Ejército que no se quería reconocer y que se evitaba por todos los medios que el pueblo comprendiese, se presentó sin velos ni disimulos: declaraciones de las tres armas, planes asesinos, golpes reparadores, a todo estaban dispuestas a recurrir las Fuerzas Armadas, sin que se trascendiese una sola disidencia. Más vale que el pueblo se haya visto ante la necesidad de aceptar con realismo que en el camino de sus objetivos se interpondrá siempre el poder militar, y que debe formular su estrategia tomando ese dato de la realidad.

Ha quedado demostrado, para quienes no desean auto-engañarse que la diferencia entre un militar colorado y un militar azul consiste en que el colorado es un cipayo y un verdugo las veinticuatro horas del día y todos los días, mientras que el azul es un cipayo y un verdugo solamente cuando hace falta.

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