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domingo, 7 de marzo de 2010

Hernández Arregui y la Ontología de la Cultura

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Por Maximiliano Molocznik
Historiador y docente

No es fácil intentar hacer una síntesis de una obra tan importante como la de Hernández Arregui. Así que vamos a tratar de abordar sólo los tópicos más importantes de su pensamiento. Como corresponde, vamos a tratar de remontarnos a los orígenes, a su primera socialización política, a su relación con algunos hombres clave de la Reforma Universitaria, su encuentro con Jauretche, su acercamiento a Forja y su formación académica.

Creo que esta primera etapa, más allá de mantener el orden cronológico del relato, se nos hará necesaria para dar cuenta de una vida tan intensa como la de Arregui. Va a servir, entonces, para que podamos, conociendo esos lineamientos, ir comprendiendo como se va construyendo su pensamiento.
Este es un pensamiento complejo y a la vez muy sólido, que se va desarrollando a lo largo de una vida intelectual muy intensa, y que va a cristalizar en los años 70 en producciones teóricas sumamente importantes para el ámbito académico, y que van a tener un repiqueteo muy fuerte en el ámbito de la militancia política.

Si uno tiene que pensar en la primera socialización política, descubre que Arregui era un hombre del radicalismo. Era un hombre que comenzó a hacer sus primeras armas en Villa María, Córdoba en el heterogéneo conglomerado que conducía aquel viejo caudillo, Amadeo Sabattini.

Un hombre que se diferenció claramente de la actitud que habían ido tomando algunos personajes emblemáticos del partido radical -acaudillados por Alvear- que a partir del año 1935, dejan de lado las banderas históricas de la intransigencia, levantan la abstención e incorporan al radicalismo como un agente más de la partidocracia fraudulenta de la Década Infame. Mientras el radicalismo, mayoritariamente, se encolumnaba detrás de la conducción de Alvear, Amadeo Sabattini de alguna manera se presentaba como una suerte de “isla democrática”, en la cual el radicalismo cordobés se asumía como continuador de las banderas nacionales y federales de Hipólito Yrigoyen.

Esto es muy importante señalarlo, porque Hernández Arregui recién va a renunciar al Radicalismo en 1945, y con mucho dolor, cuando se da cuenta de que el momento histórico del partido ha pasado, y su incorporación al peronismo, por razones que ahora vamos a ir explicando, se hace inevitable. Desde el punto de vista cultural, es importante marcar que Arregui toma contacto en su juventud con dos hombres provenientes del ámbito de la Reforma Universitaria, como Deodoro Roca –un hombre poco conocido, pero que ha desempeñado un rol importante, muy importante, en la historia de las ideas políticas en Argentina, porque fue el redactor del Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria-, y de Gregorio Berman, aquel viejo socialista que lo incorpora dentro del universo cultural de la Reforma.
Es decir, se nutre en un pensamiento básicamente historicista, culturalista, y antipositivista. Este corpus teórico le aporta también al joven Arregui una noción que va a acompañarlo durante toda su vida, que es la noción del antiimperialismo.

Este yo creo que fue uno de los grandes encuentros teóricos de su vida, porque le permitió visualizar la Reforma no sólo como un ariete contra los viejos profesores envejecidos y a favor de la renovación pedagógica, sino como un movimiento que se extiende por América Latina, que adquiere un carácter continental y que se desarrolla a partir de una concepción claramente antiimperialista.

La relación con Berman también es muy importante porque el impetuoso aspirante a filósofo se nutre de él, que le enseña los rudimentos del materialismo dialéctico e histórico. Es decir, son sus primeras aproximaciones al marxismo, pero desde la óptica de la Reforma Universitaria, un marxismo básicamente antidogmático, antideterminista, un marxismo que se propone tomar aquellas categorías de análisis centrales del pensamiento de Marx, pero tratar de aplicarlas a la realidad política latinoamericana. Creo que este primer encuentro cobra, yo diría, una importancia casi decisiva en el desarrollo teórico posterior. El joven Arregui manifiesta también, desde muy temprano, un talento literario notable. A tal punto que publica, en 1935, un texto, Siete notas extrañas, que es un relato de seres golpeados por la crisis económica en la década del 30.

Este es un libro muy valioso, que recibe críticas elogiosas de hombres importantes del mundo de las letras y la crítica literaria como Nicolás Olivari, Anderson Imbert y otros. Estoy convencido de que, de no haber mediado su compromiso ideológico con las luchas de nuestro pueblo por la liberación nacional y el socialismo, su carrera literaria hubiera seguido una línea ascendente y hoy lo tendríamos incorporado al panteón de los intelectuales del coloniaje, como decía él.

Sus preocupaciones en aquel momento giraban también en torno a la educación. El tiene un trabajo muy importante, uno de sus primeros trabajos, que se llama Hacia una reconstrucción educacional, un texto de 1942, donde básicamente polemiza con la idea de la educación como identidad patriótica solamente. Él dice que es mucho más, que es un factor de cambio social, que es un elemento ineludible en cualquier política de Estado.

Como vemos, sus inquietudes van oscilando entre un compromiso político, que lo tiene bastante ocupado, y un compromiso intelectual tanto con cuestiones teórico políticas, como literarias y educativas. Un espectro bastante amplio para un muchacho tan joven. Quizá la mayoría de nosotros, con la mitad de esto estaríamos ya bastante cansados… el hombre estaba entusiasmado y definiendo rumbos.

El otro momento importante de su primera formación ideológica tiene relación con su ingreso en la Universidad de Córdoba. Allí estudia filosofía y tiene la oportunidad de encontrarse con un destacado profesor, Rodolfo Mondolfo. Este hombre, que había venido a la Argentina escapando de la Italia de Mussolini, había desarrollado -siguiendo las huellas de su maestro Antonio Labriola- toda una línea de pensamiento marxista independiente, que hacía de la filosofía de la praxis un elemento clave. Esta postura, lo enfrentaba, lógicamente, a las versiones más dogmáticas provenientes del marxismo ortodoxo de factura soviética.

Este encuentro es trascendental porque no sólo compartirán el amor por la cultura griega, que Mondolfo venía expresando desde hacía varios años, sino que introduce a Arregui en el estudio de un concepto que para ese entonces -cerrazón dogmática stalinista mediante- era, por lo menos, poco atractivo en el universo teórico de las izquierdas -en plural-: la postura de que el marxismo es un humanismo.

Hernández Arregui se nutre del pensamiento mondolfiano a tal punto que, si ustedes leen alguna de sus obras atentamente, van a encontrar importantes coincidencias con esta reivindicación del marxismo humanista, de las prácticas desalienantes, de la idea de que la dialéctica de la historia es la dialéctica de la praxis humana, etc. La propia formación filosófica de Arregui va a contribuir lentamente, pero sin pausa, a ir acercándolo más y más hacia ese tipo de construcción teórica.

Arregui también es un académico. Esto lo digo porque quizá si uno se aproxima con demasiada rapidez a sus obras, lo que va a encontrar es una crítica muy fuerte que él hace al mundo intelectual.

Pareciera que él se posiciona en lo que nosotros conocemos comúnmente como el “antiintelectualismo”. Hay toda una concepción que plantea algo así como que el antiintelectualismo es “la voz del pueblo”, y esa voz es la que de alguna manera pone en jaque a aquellos que viven en la “torre de marfil”, etc.

Si bien Arregui realiza un ajuste de cuentas teórico muy, muy fuerte, con aquellos a los que él denomina los “intelectuales del coloniaje”, él también es un académico y casi toda su producción es académica.

A tal punto que si ustedes se toman el trabajo de revisar la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras, van a encontrar trabajos suyos sobre Schopenhauer, sobre Durkheim, sobre las raíces sociológicas del arte griego, sobre la influencia oriental en Grecia, etc. No reniega del mundo académico, sino que pretende darle una batalla, que es cultural pero que al mismo tiempo pretende ser contrahegemónica.

En los años 70 le hacen una entrevista, se la hace un periodista muy sagaz –en esa época los periodistas estaban bastante formados, leían, y entonces se hacía más interesante, ya que, por lo menos, habían leído los libros de aquellos a quienes entrevistaban-, y le pregunta si Imperialismo y cultura, que es el primer gran ariete contra la intelectualidad traidora, era un libro que se podía leer en una fábrica.

Arregui contesta con mucha sinceridad que no, que él está convencido de que no, que con el paso de los años llegó a despreciar Imperialismo y cultura, pero no porque le haya parecido malo el combate, sino porque el tema, ya en el devenir de su propio desarrollo teórico, le resultaba desagradable.

Reconoce que es un libro que está escrito en un estilo culterano, evidentemente, pero le aclara que su objetivo era “cocinarlos en su propia salsa”, es decir, utilizar todo el instrumental teórico del mundo académico para dar una batalla en el propio terreno al que se supone que los pensadores del campo nacional no podían acceder precisamente por sus limitaciones teóricas.

Marco esto porque muchas veces, algunos biógrafos apresurados o mal intencionados, han tomado la figura de Arregui sólo como un hombre que ha criticado al mundo intelectual, cuando él ha formado parte y ha realizado producciones que son profundamente académicas pero, como dijimos, con objetivos diametralmente opuestos.

Para avanzar un poco con los tópicos de su juventud, yo creo que es importante mencionar que el gran encuentro de su vida fue con Scalabrini Ortiz. Él lo admira profundamente, lo considera realmente un patriota, lee con mucha satisfacción Política Británica aunque marca, o no le marca, sino que se toma el trabajo de opinar que la reivindicación de Rosas que hace Scalabrini no es la que él desea o con la que él coincide.

Esto lo indico también porque a la larga, una vez que el pensamiento de Arregui vaya tomando cuerpo, se va a ir distanciando de la figura de Rosas y se va a ir ubicando más en un revisionismo histórico federal provinciano, mucho más apegado a la reivindicación de figuras como Felipe Varela, el Chacho Peñaloza, y no tanto la figura de Rosas. Este, siendo una figura histórico-política de envergadura también va a despertar, andando el tiempo, algunos debates muy interesantes entre Arregui, Jauretche, Cooke y otros intelectuales que compartían la senda general del revisionismo histórico, pero con algunos matices.

Desde muy temprano, también, escribe en revistas políticas; por ejemplo, para 1944, 1945, lo vemos en publicaciones como Nueva Generación y Debate, escribiendo artículos donde ya se expresa claramente como un hombre del campo antiimperialista. Inclusive en esa época también asume una postura muy crítica, con todo lo que había sido –mirando hacia el lado de la izquierda- la idea del Frente Popular.

Es decir, la idea de la unidad nacional contra el fascismo, esta táctica que se había ido perfilando -sobre todo a partir del viraje que va dando el Partido Comunista a partir del año 1935- con el abandono progresivo de la política, creo yo, bastante sectaria de “clase contra clase”, para después ir acercándose a la idea de unidad contra el fascismo, frente popular que pretendía recrear en la Argentina lo que venía pasando en la coyuntura europea.

Arregui es bastante crítico de estas posturas, a tal punto que en 1945 publica en el periódico Intransigencia, un artículo llamado “Las raíces democráticas en América”, en el que con una claridad bastante meridiana denosta tanto al nazifascismo tan en boga en aquel momento, como al falso democratismo, poniendo como bandera la unidad latinoamericana.

Con esta postura intenta abrir un camino intermedio entre las disputas de extranjerías, como él decía, ya que propone no fundar una política nacional a partir del alineamiento con rivalidades extranjeras. Este es un punto muy importante, porque él lo va a sostener a través de su trayectoria, e indudablemente va a desembocar en su valoración del fenómeno más importante de este período, que es el 17 de octubre de 1945, fenómeno que lo conmueve profundamente.

Recordemos que era un hombre que escribía muy bien, que tenía un talento literario que le hubiera permitido -como ya dijimos- ser parte del establishment cultural; creo que son muy pocos los que escriben tan bien como Arregui, tal vez Jauretche, el mismo Jorge Abelardo Ramos, con las críticas que le podamos hacer, toda gente que tiene un talento natural –que no tenemos la mayoría de nosotros-, con prosas muy afiladas, muy concretas y con una capacidad notable para la polémica escrita.

Me gustaría, entonces, comentarles brevemente cómo describe Hernández Arregui, en La Formación de la Conciencia Nacional, el 17 de octubre: “Aquellos desheredados de la tierra estaban allí, con la vieja Argentina, llenando la historia de un día famoso. Multitudes grises avanzan como un torrente de plomo derretido, lentas, graves, concentradas en su destino. Se volcaban por las calles que unían las barriadas proletarias con la ciudad. Desde todos los puntos y desde todos los suburbios, aquella multitud avanzaba pesada, incontenible e inmensa. Las chaquetas de trabajo, brillosas de grasa, los gestos duros y desafiantes frente a la traición de la oligarquía, de los partidos, de los magistrados, de los diarios. Por primera vez ese pueblo inaudible amasado en la tierra y el sufrimiento sin protestas, tomaba en sus manos encallecidas la historia y la convertía en la presencia cierta de una revolución que hacía temblar a su paso las avenidas apacibles de la ciudad y los corazones de aquellos que asistían, tras las celosías de los edificios cerrados, al crecimiento de la manifestación gigantesca y silenciosa como una gran amenaza. A caballo unos, en bicicleta o en camiones otros, a pie los más, aquella muchedumbre abigarrada reconociéndose en la decisión multitudinaria marchaba como un sonámbulo invulnerable y seguro en una sola dirección, fija la mirada colectiva como una gran pupila dilatada, en la imagen del hombre que había hablado el lenguaje del pueblo, y a quien ese pueblo le devolvía la dignidad recuperada con la voluntad de morir por su rescate. (…) Por eso es una fecha odiada por la oligarquía. Y una certeza. La certeza de que la conciencia nacional que ella como clase asfixió está eterna por siempre en el pueblo. En las masas se subvirtió la historia. En las masas, analfabetas, porque así la oligarquía lo había querido, como parte de su historia, como clase antinacional”.

Uno, siguiendo atentamente esta descripción, que es muy poética, muy rica y muy hermosa, puede comprender qué es lo que llevó a este hombre a presentar su renuncia a la Unión Cívica Radical, a considerar que esa experiencia estaba terminada, y a sumarse inmediatamente a las huestes del movimiento nacional que se está forjando, y que va a culminar después con las elecciones de febrero de 1946, y con la asunción de Perón. Pero una cosa era sumarse al movimiento nacional aportando ideas desde el campo intelectual, y otra cosa era que ciertos sectores del movimiento lo recepcionarán como él esperaba. Y aquí hay una diferencia importante, porque la incorporación de Arregui al peronismo tiene dos elementos: por un lado su trabajo en la Universidad, que es muy importante e intenso en este período, y por el otro sus aportes como funcionario público y militante político.

En este último aspecto debemos mencionar como clave otro gran encuentro de su vida: su amistad con Arturo Jauretche. Él, Don Arturo, es quién lo impulsa a aceptar el cargo público que se le ofrece. Jauretche lo va a buscar a la casa y le dice: “En el gobierno de Mercante hay espacio para Forja”. Era tal el entusiasmo por la revolución justicialista en marcha que Arregui -siempre receloso de este tipo de adscripciones-, no duda y en 1947 es nombrado Director de Estadística y Censos del gobierno de Mercante. En esa época este gobierno estaba, de alguna manera, no diría orientado pero sí bastante influido por hombres del grupo de Forja. Los años del peronismo lo encuentran en esta doble tarea. No dura mucho tiempo en la función publica, se retira. Y en realidad se siente bastante marginado, bastante aislado, hasta diría acosado, en un punto, por lo que él llamaba la burocracia dentro del movimiento, que lo consideraba básicamente un “zurdo” y un “infiltrado”. Esa era la definición “técnica” con la cual estos sectores calificaban no sólo la producción teórica de Arregui sino su propia praxis política.

Esta situación lo conduce a una crisis personal bastante fuerte, porque por un lado siente que él está aportando en el ámbito adecuado, pero no tiene la recepción adecuada. Inclusive debe sufrir una investigación muy poco prolija –como estas cosas que hace la SIDE, que todo el mundo se da cuenta de que las hace la SIDE, porque a veces ni calidad tienen para hacerlas-, muy burda, que pretende presentarlo como una especie de agente del politburó soviético, cosas conspirativas… Él debe demostrar su inocencia, algo increíble, porque no estamos en la época de la dictadura, sino en 1953, 1954, y él debe demostrar que no es un “traidor” con documentación.

Si bien logra desarticular esta maniobra, la situación lo deprime mucho. Y él hace un retiro similar al que hace Jauretche, retiros que permiten visualizar que hay críticas para con el gobierno, que hay cosas que no se están haciendo bien, pero que también tienen la certeza de que si esas críticas se hacen públicas, lo que van a provocar no es precisamente una rectificación de los errores, sino darles pasto a los oligarcas y a aquellos que estaban esperando ansiosamente que el gobierno se venga a pique.

Así como Jauretche se va a cultivar sus flores, Arregui hace un retiro espiritual bastante importante, se dedica a la producción teórica. Por supuesto, sigue acompañando a Perón ponderando lo que está bien y criticando lo que está mal, pero no desde una alta exposición pública. Luego, viene el golpe gorila de 1955, con todo lo que ustedes ya saben, las secuelas de represión al movimiento popular, el intento de sublevación de Valle, los fusilamientos, la restauración del coloniaje económico, etc. Arregui acompaña algunos movimientos de la Resistencia Peronista y toma contacto con Cooke, con él establece una relación muy particular de la que vamos a hablar en un momento. Pero, básicamente, su mayor aporte en este período estará dado en 1957 cuando publica ese gran libro –que como dijo Perón en algún momento, ningún argentino debería dejar de leer-, Imperialismo y cultura.

En ese libro, escrito con pasión en tiempos de derrota –estamos en octubre del 57-, hay un reflujo de masas, la coyuntura es muy poco propicia para aquellos hombres e ideas del movimiento nacional. Estamos en un momento donde los “prohombres” del liberalismo argentino vuelven con sus planes económicos de ortodoxia, trayendo el “ajuste” que vino a instalarse en la Argentina durante varios años. En esa coyuntura él se propone enjuiciar a los intelectuales del coloniaje que, acompañando a la Revolución fusiladora, contribuyen a la destrucción del proyecto nacional. Desde el punto de vista teórico Imperialismo y cultura es un libro muy interesante, porque Arregui utiliza un marxismo básicamente antideterminista e historicista, como argamasa de su dispositivo teórico. Es decir que él se apoya fuertemente en aquella primera socialización, y eso lo enfrenta, por ejemplo, a otro tipo de construcciones teóricas del momento, como podría ser la teoría de los factores, esta teoría tan supuestamente materialista que escribía Ramos por aquellos años. Cabe destacar aquí que Ramos era el otro gran crítico del cipayismo cultural. Resalto esto porque la relación entre Arregui y Ramos fue bastante conflictiva, hay muchos encuentros y desencuentros. Podemos afirmar que si bien ellos comparten expresiones comunes, si bien hay coincidencias formales y manejan comunes recursos expresivos, hay una diferencia sustancial, y es que Arregui no acepta militar nunca en las organizaciones políticas de Ramos. Culturalmente, y diríamos hasta historiográficamente las trayectorias son convergentes, pero políticamente son absolutamente divergentes.

Esto lo planteo porque hay mucha gente que quizás en una lectura superficial pueda pensar que cuando hablamos de izquierda nacional nos referimos a un todo homogéneo. No es así. Es cierto que Arregui reconoció muchas veces que las ideas de Ramos fueron la primera síntesis madura de lo que sería posteriormente un revisionismo histórico de izquierda. Arregui se agarró bastantes rabietas con Ramos. Por ejemplo, lo llegó a tildar de oportunista cuando, en 1962, Ramos lanza el Partido Socialista de la Izquierda Nacional. Ahí se produce un choque importante entre ambos, que después se va a ir extendiendo a medida que la evolución política de Ramos se oriente cada vez más hacia la derecha. Cuanto más se corría Ramos hacia la derecha, mayor era su distanciamiento de él. Pero, volvamos al punto anterior a esta pequeña digresión, ¿De qué trata Imperialismo y cultura? Es un libro en el que Arregui, en su primera parte, pone en juicio y critica la sociedad de consumo capitalista, y sus valores culturales. Toma como eje a figuras tan diversas como James Joyce, Kafka y hasta el propio Schopenhauer, el filósofo del pesimismo. El libro está construido, básicamente, sobre lo que nuestros historiadores académicos dirían que es un juego de oposiciones binarias. Mientras la cultura oficial nos ofrece a Borges, a Silvina Bullrich y a Victoria Ocampo, Arregui propone otra trilogía: Evaristo Carriego, Discépolo y Manzi. Un juego de oposiciones permanentes. Curiosamente, reivindica la figura de Manuel Gálvez. Esto puede parecer extraño, porque a priori uno se preguntaría ¿cuál es el punto de contacto entre un hombre del nacionalismo católico como Gálvez y un hombre que se declara marxista convicto y confeso?

El intercambio epistolar entre ambos es muy interesante, porque Gálvez, por supuesto, se enoja muchísimo cuando recibe el libro, pero después le reconoce no sólo el talento literario, sino la capacidad de crítica demoledora y lo invita a visitarlo a la casa. Arregui le dice que él va a ir y que Gálvez debería ponerse contento, porque él lo va a ir a visitar cuando ni sus propios amigos nacionalistas católicos lo van a visitar. Gálvez era también un individuo bastante peleador. Es interesante leer estas cartas, entre hombres de edades diferentes, de formaciones ideológicas diferentes, y que sin embargo logran entenderse, por lo menos en un punto: para Hernández Arregui Gálvez es el primer escritor nacional digno de recibir este nombre.

¿Qué figuras reivindica Arregui? Ya dijimos, a Evaristo Carriego, un poeta que había sido muy maltratado por la cultura oficial, porque decían que era bastante vulgar, que escribía muy mal. Y Arregui dice “sí, dicen que es vulgar, pero nadie como él ha retratado los suburbios. Es un fotógrafo del suburbio”.

Reivindica a Roberto Arlt, dice: “es un poco siniestro, su realismo no sólo es imaginativo, sino que en un punto es siniestro”, y lo ubica como un intelectual de la pequeña burguesía en crisis. Es esta una categorización que yo creo bastante correcta, porque la obra de Arlt refleja un poco las características de este pequeño burgués de la ciudad de Buenos Aires que ha visto sacudida su vida y sus posibilidades económicas por la crisis del 30.

Lo mismo hace con Sábato. Curiosamente tiene una mirada bastante piadosa con él. Analiza fundamentalmente el libro El túnel, y dice: “este hombre, Sábato, ¿qué va a hacer? Es el prototipo del pequeño burgués de la semicolonia que está siempre tironeado entre quedarse en su casa y salir a participar”. Es este un concepto sumamente rico, que describe ese tironeo permanente que sufren los que tienen que elegir entre vivir envueltos en las “túnicas de gasas del pensamiento” o salir a la palestra, al hervidero de la vida y de la historia. Es una mirada bastante condescendiente. Con los que no tiene ninguna condescendencia, y esto creo que yo que es lo que hace más interesante al libro, es con los hombres y las mujeres de la revista Sur. Una revista que todos Uds. conocen, a la que Arregui se encarga de enjuiciar con conceptos muy claros.

Dice por ejemplo que niega la militancia política, que practica una cultura de elite, que es una revista, una agrupación, un conglomerado que siente un profundo desdén por lo nacional, que está apartada de las masas, que pretende hacer una explicación espiritualista de los procesos materiales del país, etc. Es decir, una crítica, si quieren, de izquierda. Y ahí, por supuesto, la figura ideal para recibir munición gruesa no era otro que Jorge Luis Borges, un capitoste de este sector.

Con Borges se encuentra con algunas dificultades, porque no puede negar que escribe bien. Entonces elabora una definición que es bastante interesante: Borges escribe mala literatura con talento literario. Una definición bastante polémica. Y se pregunta ¿cómo un individuo como Borges puede ser un clásico si no le gusta el idioma español? ¿Cómo un individuo puede pretender ser un clásico de un idioma con el que está peleado? Y entra en una serie larga de reflexiones para terminar concluyendo que la literatura de Borges es vana, suntuosa y gongorista. Para él está absolutamente alejada de la realidad cotidiana. Y anda por ahí, durante unas cuantas páginas, castigándolo. Al igual que a los intelectuales de Ascua, a Erro, a José P. Barreiro, etc. Pero lo medular es cuando llega a Victoria Ocampo. Esta mujer era una de las personas más importantes dentro de la cultura oficial, y tenía un papel relevante en la difusión de las actividades de “visitantes ilustres” que venían a explicarnos lo que nosotros “no entendíamos”.

Por ejemplo, el conde Keyserling, a quien habían echado de todas las universidades de Europa, venía acá. Venía Waldo Frank, llega a venir en sus últimos momentos Ortega y Gasset en el año 39. En una oportunidad le preguntan a Arregui qué piensa él de las conferencias de Ortega y Gasset, responde que él no puede entender cómo Ortega, que no entiende lo que pasa en España, quiere venir a explicarnos a nosotros lo que pasa en la Argentina.

Como vemos, entonces, este libro cumple la función de un ariete. Vale la pena volver a estas polémicas, muy interesantes para leer, muy ilustrativas, sobre todo la polémica con Sur y la crítica a Borges. Recuerda también que Victoria Ocampo había estado detenida unos días durante el peronismo y Arregui dice: “no sé de qué se queja tanto esta mujer. Peor la están pasando los obreros con la Libertadora. Esta mujer se quejaba defendiendo sólo sus rentas”.

El libro tiene, como vemos, un ánimo fuertemente polémico que es muy interesante seguir. Pero quizás no es el aporte más importante, por lo menos desde mi punto de vista. Yo creo que el aporte más importante es que Arregui ya intenta, de alguna manera, definir el campo de acción de lo que va a ser una izquierda nacional. Y contra todo lo que por ahí se viene discutiendo, creo que es el primero que utiliza el término izquierda nacional. Repito: él no desconoce el trabajo de Ramos, por el contrario, le reconoce un aporte importante en la construcción de ese revisionismo histórico de izquierda, acepta que sus ideas son una síntesis.

¿Qué sucede con nuestro autor en el período posterior? Este período, entre 1958 y 1961, está relacionado con la experiencia del desarrollismo. La idea de la apertura democrática del 58 produjo también una serie de debates entre aquellos que creían que era conveniente seguir el estado de espíritu de las masas, que en aquel momento apuntaba a una participación en el comicio, y aquellos sectores que planteaban que la política era continuar con la línea de la resistencia que se venia dando desde el 55. Arregui, en aquel momento, no asume –creo yo- un compromiso importante ni con Frondizi ni con Frigerio; desde el punto de vista intelectual se llama a resguardo, y se dedica, aparte de los compromisos tradicionales que tiene con ciclos de conferencias, a trabajar en un libro que él aspiraba a que fuera mucho más importante que Imperialismo y cultura. Este libro apuntaba a buscar una explicación más general de cómo se había ido formando la conciencia nacional en el país. Un trabajo que le llevará casi tres años, y verá la luz en 1960, nos referimos a La formación de la conciencia nacional.

Es este un libro insoslayable por varias razones. En primer lugar porque tiene, como todos los escritos de Arregui, una importante carga polémica. En la primera parte arremete con todas las fuerzas contra el cipayismo de los hombres del Partido Socialista y del Partido Comunista. Hasta hace una clasificación de tipo cuasi sociológica, dice que son “criaturas dilectas”, “engendradas por la colonización pedagógica”, una especie de monstruo que se ha ido creando al calor de esa colonización. y del pensamiento de un país semicolonial.

Toma la figura de Lisandro de la Torre para caracterizar a este grupo, y arremete contra el Partido Comunista, indudablemente, porque no puede menos que sorprenderlo cómo ese marxismo ortodoxo, que no tenía ningún tipo de preocupación por la situación nacional, inundaba el campo cultural y político con lo que se llamaba la Vulgata soviética. En ese registro, basado en un discurso fuertemente economicista, pareciera que la revolución tenía una receta que había que seguirse ineluctablemente porque cualquier otro “desvío” importaba casi una herejía.

Arregui pulveriza los argumentos de ese marxismo dogmático etapista y de capilla que prescribía todos y cada uno de los pasos, que iban, por supuesto desde la revolución democrático burguesa, el programa agrario antiimperialista, la alianza con la burguesía nacional, y suponemos, dentro de 800 años, cuando estén dadas las condiciones subjetivas, podría venir la revolución.

Arregui no puede menos que sorprenderse, porque él es un hombre que desde su propia formación es un antidogmático. Toda su vida va a batallar por recuperar las categorías de análisis del marxismo pero para aplicarlas en la realidad nacional.

Cuando él habla de ser social y de conciencia social, son categorías de Marx, pero él las transforma en ser nacional y conciencia nacional. Él hace lo que hoy podríamos llamar una operación teórica que lo transforma en un creador, no en un copista. Por eso creo que merecerá en un futuro más reconocimiento que el que le podamos hacer hoy en esta breve exposición. La idea de no aceptar el calco ni la copia, sino la creación, ya lo debe posicionar en un lugar de importancia dentro de las ideas y de la cultura argentina.

La formación de la Conciencia Nacional también arremete contra el otro nacionalismo, el nacionalismo reaccionario, el nacionalismo de derecha. Él dice: este sector no sólo está equivocado por ser demasiado hispanista, sino que su propia filiación ultracatólica lo hace antipopular y antiizquierdista, lo cual ya es malo en sí. Pero lo más malo es que lo hace funcional al imperialismo. Eso es lo más terrible. Y opone a ese nacionalismo reaccionario una reivindicación de este materialismo dialéctico y este marxismo humanista.

El aporte de Forja es otro de los elementos importantes dentro de esta construcción teórica. Tiene muchísimo respeto por Jauretche, que es -como dijimos- quien lo llama para trabajar en el gobierno de Mercante. Él valora muchísimo las actitudes, los compromisos y la constancia en la lucha de hombres como Scalabrini Ortiz. Pero le marca a Forja cierta cortedad de miras, cierta falta de preocupación por el movimiento obrero. Un tema que a él lo va a preocupar siempre.

De hecho al final de su carrera el termina fuertemente vinculado al movimiento obrero, al punto tal que su último libro, Peronismo y socialismo, es un libro que él escribe para la clase obrera. “Con este libro sí voy a despojarme de todo mi andamiaje de intelectual, y escribir para la clase obrera”, declararía orgulloso.

Quizá por una cuestión de época o de coyuntura, el grupo de Forja no había logrado enfocar con claridad el problema del movimiento obrero. Y también, él, para 1960, está convencido de que la Iglesia debe tener un papel importante en el frente de liberación nacional, igual que el Ejército. Si bien estos dos elementos habían sido constitutivos de la alianza policlasista entre 1945 y 1955, para 1960 no se veía con tanta claridad que ambas instituciones realmente tuvieran una vocación de formar parte del frente de liberación.

Más adelante va a criticar muy duro a algunos sectores de la iglesia, no así a la idea de que el ejército forme parte del frente nacional. Este es un elemento que quizás él no ve con claridad en ese momento. Cooke se lo dice, por eso se produce luego un distanciamiento entre ellos. Esto hay que marcarlo porque si no, no se terminan de entender los acercamientos y las diferencias entre estos dos notables pensadores.

Cooke ya está convencido para 1956/57 que el ejército es brazo armado del imperialismo. Arregui no. Arregui todavía hasta los años 70, se reúne con Licastro, con Fernández Valoni, y él mismo se ocupa de tratar de radicalizar oficiales del ejército, no abandona esta idea, si bien tiene conciencia teórica, porque si ustedes miran, por ejemplo, la segunda edición de La formación de la Conciencia Nacional, que es de 1970, él mismo reconoce que la idea del ejército como integrador del frente de liberación nacional, es bastante compleja, lo cual es bastante lógico, porque venimos pasando el Onganiato, venimos pasando Levingston.

Por supuesto toda esta tarea intelectual no pasa desapercibida, y va a la cárcel. Luego del golpe contra Frondizi es detenido el 18 de abril de 1962 y enviado a la cárcel de Caseros. No es sólo un intelectual que se dedica a la producción teórica, sino que le pone el cuerpo a la militancia política.

Les voy a comentar, brevemente, una carta que Arregui publica en el diario Democracia el 7 de mayo de 1962, que es un poco una carta sintomática, no sólo de su propio pesar personal como militante, sino del clima de ideas de la época. Él dice: “Siento asco, como argentino, por esta ola de macartismo libertador con que se intenta silenciar y vejar al pensamiento nacional. Siento vergüenza ante estas acusaciones de fascismo o comunismo con que se engloba, ayer como hoy, a los abanderados de la liberación nacional. De fascistas fueron atacados patriotas, como Raúl Scalabrini Ortiz. Hoy lo llamarían comunista. He ahí el destino de los que luchan partiendo de nuestra propia realidad nacional, y no de rivalidades extranjeras, por una nación soberana y una patria libre. En lo que a mí respecta, de los libros se me ha arrojado a la lucha. No es mi persona la que ha sido humillada. Bien sé que el odio es contra las ideas nacionales que defiendo. Ideas ya separadas de mí y por lo tanto libres, pues están incorporadas, al margen de mi voluntad, al proceso ideológico de la liberación nacional. Y a las ideas, señor, no se las encarcela”.

Allí podemos ver cristalizado, no solamente las vicisitudes por las que tiene atravesar con su propio lomo un intelectual del campo nacional en el año 62, sino también el clima de ideas imperante.

Por la Liberación Nacional y el Socialismo

Vamos a analizar ahora el período cronológico de la vida de Arregui, que va desde 1963 hasta su muerte, en el año 1974. De este período otro libro clave -junto con La formación de la conciencia nacional, que es un poco el gran aporte a estas discusiones que comentábamos-, lo publica en 1963 y se llama Qué es el ser nacional. Al igual que en los textos anteriores, luego de embestir contra la “intelligentzia traidora que ha abandonado al pueblo”, produce aquí un salto de gran calidad, un verdadero salto epistemológico, porque logra alejarse de las definiciones del ser nacional que venían siendo difundidas por la ensayística de la intelectualidad nacionalista tradicional, más bien de los años 30, que definía al ser nacional como una especie de ente metafísico, que estaba por allí colgado en alguna galaxia.

Arregui logra “bajar” esa conceptualización de ser nacional al definirlo como la lucha anticolonialista de las masas. Le da un claro sentido histórico-temporal. Esto me parece muy importante marcarlo. Amén de hacer un estudio muy detallado y prolijo sobre la historia del nacionalismo económico, sus potencialidades y sus posibilidades de concreción, el gran aporte de este libro tiene que ver con algo que ya les he comentado, y es la utilización creadora de las herramientas teóricas del materialismo histórico pero aplicadas a la realidad nacional.

A nosotros, lectores actuales, no nos sorprende el uso de ciertas categorías, porque él era un doctor en filosofía. Entonces, que él hablara de ser, de conciencia, no debería llamar la atención, porque así como nosotros, los historiadores, hablamos de coyuntura, de estructura, de tiempo, de espacio, para un filósofo el uso de estas categorías formaba parte de su vocabulario cotidiano. Lo que no resultaba cotidiano era que él tomara, como hace, la teoría de la formación económico-social capitalista, es decir, esta relación tan particular entre ser social y conciencia social, que es aquella idea que Marx planteara en el famoso Prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política de 1859, transformándola en una especie de teoría cultural circunscripta al Estado-nación. Es decir, él, de ser social y conciencia social, pasa a hablar ser nacional y conciencia nacional. Yo creo que esto es muy valioso porque es un intento teórico sumamente creativo, y da origen a algo que por ahí nuestros filósofos académicos gustarían definir como una especie de “ontología cultural nacionalista”. Es decir una explicación, utilizando herramientas teóricas de un pensamiento que era básicamente europeo, aplicados a un contexto nacional. Este libro es, entonces, muy importante. Y es el primer libro, creo yo, que logra romper el cerco que el mundo académico le había tendido a Arregui. Digo intenta romper, porque el gran jaque va a venir casi diez años después, con las Cátedras Nacionales, en las cuales ya los libros de Arregui son bibliografía obligatoria en la Universidad.

Pero volvamos ahora a 1963. Este texto comienza a circular, y paralelamente al reconocimiento que se le otorga por su producción teórica, él comienza, imbuido en la coyuntura, -para esta época es que se produce el frustrado intento de retorno del general Perón en el 64, el operativo retorno, el fracaso de la experiencia de Illia- a reflexionar sobre lo que se preanunciaba como un retorno de los sectores más duros, esto cristalizará con el arribo de la llamada Revolución Argentina. Arregui comienza a darse cuenta que, más allá de la producción y el pensamiento teórico, el clima político se va enrareciendo cada vez más, y no visualiza una salida electoral de corto plazo. Mucho menos después del fracaso del gobierno radical en el 66.

Esta coyuntura lo lleva a fundar un grupo, el grupo Cóndor, que se reúne en 1964. Participan con él Ricardo Carpani, Ortega Peña, Eduardo Luis Duhalde y otros, que –como su emblema lo indica- eligen el cóndor como antítesis del águila imperial, aquella expresión de conquista y usurpación. Lo interesante del grupo Cóndor es que ellos sacan un programa, muy audaz por el momento en que fue escrito, en el que postulan la adopción del marxismo, pero la versión no mecanicista, este marxismo abierto y creador para las investigaciones históricas; lo utilizan sólo como instrumento teórico y como guía de acción política de las masas no como factor de identidad política.

Con este planteo ya empieza a dar el Grupo Cóndor, estructurado en torno a la figura de Hernández Arregui, un debate que va a ser muy intenso en los años siguientes, cuando nos adentremos en la década del 70, sobre si se podía congeniar la identidad política del peronismo con el aporte teórico del marxismo. Es decir, la gran pregunta que va a desvelar a Rodolfo Puiggrós, y que va a generar una serie de debates muy importantes en torno a cuál es el camino de la revolución. Primero, ¿se puede o no se puede congeniar la identidad política con el instrumento teórico? Y segundo, cuál es el camino: ¿de lo nacional a lo internacional, o de lo internacional devendrá lo nacional? Estas dos preguntas irán cortando la década del 70 con mucha fuerza. Y si uno lee atentamente el programa del grupo Cóndor ya puede ir prefigurando, en el año 64, algunas respuestas.

Otro punto importante del planteo del grupo es que se define taxativamente en el plano historiográfico. Es el primer documento donde ellos asumen expresamente formar parte de un revisionismo histórico provinciano. Se cristalizan aquellas percepciones críticas de la figura de Rosas que antes mencionábamos y se opta por una reivindicación de los caudillos del interior; más adelante la corriente va a ser definida como revisionismo histórico socialista, federal y provinciano. Ellos ya toman postura clara en el debate historiográfico del momento.

En el documento podemos ver también que el grupo no cree en el papel progresivo de los grandes capitales. Comienzan a aparecer las primeras críticas a la Iglesia, más allá de que Arregui reivindica que hay algunos sectores que se están moviendo en la línea correcta. Sin embargo, la evaluación es dura, él dice: “la Iglesia parece que está dispuesta a transar con el dogma en cualquiera de sus acepciones, pero no con las rentas”, una definición muy taxativa para el momento.

Vuelven a plantear esa idea que tanto lo acompañaba, la recreación del frente nacional, demostrando que la burguesía industrial ligada al mercado interno es el enemigo a vencer. Si bien aceptan que es un elemento a incorporar en el frente nacional, que es un aliado que no se puede desdeñar, hay que tratar de que no conduzcan el frente. Porque ahí estaba la gran discusión. Alianza con la burguesía nacional, ¿para qué? ¿Para ser furgón de cola de un proyecto burgués dependiente, o una alianza táctica que permitiera dar un salto adelante en el proceso de lucha? Él lo dice con total claridad: la burguesía industrial ligada al mercado interno es un aliado que debe ser incorporado al frente en tanto y en cuanto no se le entregue la conducción del mismo. Con lo cual se puede entrever que sigue teniendo una fuerte postura clasista: el movimiento obrero es el que debe conducir el frente.

Y aquí viene un poco a cuento la relación con Cooke. Tiene que ver con un momento particular de la trayectoria de Arregui. Si bien Cooke tiene muchísimo respeto por Arregui, al punto que es él quien lleva los libros de Arregui a Cuba, el que lo invita a viajar, el que intenta contactarlo con Casa de las Américas, etc., Cooke no acepta participar en el grupo Cóndor porque lo considera una especie de grupo de polemistas universitarios sin acción de masas. Y allí podemos encontrar otra diferencia importante entre ellos, porque mientras para Arregui la esfera ideológica es la determinante, es decir, la esfera ideológica y la organicidad, para Cooke la ideología es una herramienta de militancia. Es una diferencia clave entre ambos.

Y también hay una diferencia de lectura política. Para Cooke, el hecho de adoptar el marxismo, aunque más no sea como instrumento teórico, “estampillaba” al grupo y lo “etiquetaba” en un momento en el que era muy fuerte la ambigüedad ideológica del movimiento peronista. Es importante que esto lo ubiquen en el contexto histórico. Hoy, pareciera que uno no puede comprender cuál podía ser la prevención de Cooke sobre el “etiquetamiento”. Pero es un momento de mucha ambigüedad. Hay instrucciones que parecen favorecer a algunos sectores del movimiento por parte de Perón, una cosa es el PJ y sus estructuras tradicionales y otra cosa son los sectores del movimiento que están luchando por el retorno del General. Una cosa es Jauretche y otra cosa son Leloir y Matera. Una cosa son los popes de la estructura partidaria, y otra los hombres que están luchando con los delegados de fábrica, poniendo el lomo y aguantando la represión. Y para todos hay instrucciones… Hasta el punto que Cooke en una discusión le dice al propio Perón: “Bueno, queremos la línea, queremos la línea definitiva”.

Y eso provoca que también se amplíe el distanciamiento con Arregui, porque Arregui sigue manteniendo su organicidad, él dice que la lucha siempre hay que darla en el seno del movimiento. Es decir, el gran objetivo de los hombres del campo nacional no es alejarse del movimiento, sino depurarlo de estos sectores retrógrados que están retrasando el reloj de la historia. Esta polémica, que es muy rica, y que sería muy extenso detallar, hace que ambas trayectorias de alguna manera se alejen, no desde el afecto, pero sí desde la posibilidad de una militancia compartida.

Después del Cordobazo, y de todo el proceso que conocemos como el auge de masas a partir del 68, 69, cuando el Onganiato comienza su etapa de decadencia, Arregui vuelve a la carga con otro texto muy importante, de 1969, Nacionalismo y liberación. Nacionalismo y liberación es el intento orgánico. Aquello que se presuponía como un debate en años anteriores, en este texto se presenta como una posibilidad real. ¿Cuál es el objetivo? El objetivo es intentar ensamblar el nacionalismo y el marxismo.

Y es un texto también que amerita ser leído, porque surge a partir de las conferencias que va dando por el interior del país, y más allá de hacer un estudio histórico del siglo XIX y del origen de la nación retomando tópicos que ya venía desarrollando en libros anteriores, como la crítica a este nacionalismo reaccionario y antipopular del que hablábamos antes, él plantea con claridad –y creo que en este libro es donde mejor se ve- que la lucha hay que darla desde adentro del movimiento. Que no están dadas las condiciones para plantear una lucha afuera del peronismo.

Estas conferencias que dicta lo vinculan con más fuerza a sectores importantes del movimiento obrero que le piden que no sólo siga con esas charlas, sino que construya un texto que sea de fácil lectura, que sea asequible, no sin el aparato erudito, pero sí sin la complejidad del vocabulario férreamente academicista.

Arregui se pone a trabajar en eso y publica, en 1971, Peronismo y socialismo. Es otro libro clave, porque ya podemos ver en él una clara posición socialista. Está escrito con un estilo muy llano, a pedido de los sindicatos. Es un libro para la clase obrera, básicamente. Y allí es donde él da la discusión acerca de lo que les mencionaba hace un momento, que es lo que se dio en llamar el debate sobre la “teoría de las causas internas”: de lo nacional a lo internacional, o de lo internacional a lo nacional. Y Arregui, indudablemente, se posiciona en la línea de Puiggrós, entre tantos otros, en la idea de que hay que ir de lo nacional a lo internacional.

Claro, hoy pareciera que esta polémica resulta inaprensible, pero ubiquémonos en 1971, cuando la perspectiva de este debate tenía no sólo eco en el mundo académico, sino que después lo va a tener en el seno de las organizaciones armadas. Recuerden para esto la famosa polémica del lingüista Carlos Olmedo con el PRT, en la cual Olmedo les termina diciendo “cuidado, porque las armas pesan pero no piensan”.

Esta polémica acerca de los caminos para la revolución nosotros la tomamos aquí desde Arregui, pero es una polémica que inunda a todo el movimiento cultural, el movimiento político, al sindicalismo clasista, y por supuesto, a las organizaciones armadas que a partir de 1971 son un actor nada desdeñable del proceso político.

El año 1972 es un año clave en la coyuntura política. Es el año en que se lanza el “luche y vuelve”, año en el que se produce la matanza de Trelew, año en el cual la propia actitud del gobierno de Lanusse va generando las condiciones para el retorno de Perón. Y esa coyuntura encuentra a nuestro protagonista en una posición muy activa, pues ya comienza a vincularse con sectores más juveniles de la Universidad. Van a verlo para pedirle consejo los muchachos que están o van a militar después en la Juventud Peronista. Sus textos comienzan de a poco a romper el cerco que le tiende el pensamiento liberal, mayoritariamente atrincherado en la Universidad.

Arregui, desde ya, se define claramente a favor del retorno de Perón, y eso le ocasiona un terrible atentado que sufre el 19 de octubre de 1972, cuando su departamento es atacado con 2 kilos de gelinita, hecho en el que es herida gravemente su esposa. En esta época de “pensamiento débil” muchas veces uno está acostumbrado a escuchar gente que dice estar de vuelta en algunas cosas, y otros -más peligrosos- que dicen estar de vuelta sin haber ido nunca, y está el que no dice nada y es quien realmente hizo lo que hizo y fue protagonista de la historia.

Yo creo que este atentado, que no le cuesta la vida por un milagro, marca no sólo el compromiso ideológico de Arregui con la lucha del momento, sino también el nivel de comprensión que tienen los sectores de la derecha acerca de su importancia como hombre clave en el terreno de las ideas. Son dos kilos de gelinita claramente direccionados.

El atentado lo pone bastante mal, pero no impide que el 17 de noviembre de 1972 él vuelva en el charter con Perón estableciéndose una relación bastante compleja entre ambos, por eso no me quiero meter en ese tema tan espinoso que excedería los marcos de esta exposición. Pero rescato lo que decía al inicio: que Perón en algún momento dice con claridad que ningún argentino debería dejar de leer los libros de Hernández Arregui.

El año 73, con sus características conocidas, da paso a un rebrote de las acciones, de la violencia, cae Cámpora, aquellos primeros entusiasmos de la primavera camporista se van apagando. Y el 74, un año trágico de la historia argentina, no sólo por la muerte de Jauretche, por los asesinatos de Rodolfo Ortega Peña y de Silvio Frondizi, por la muerte de Perón, no solo por las grandes desapariciones en el campo de las ideas, sino también por el clima político que se vive, encuentra a Arregui, como a tantos otros intelectuales del campo nacional, amenazado y perseguido de muerte por la Triple A, organización parapolicial de nefasta trayectoria en la historia argentina.

Algunos amigos le dicen que se tiene que ir. El no acepta exiliarse, se produce una contradicción muy fuerte entre el exilio y la presencia. Y se va a refugiar a Mar del Plata donde muere de un infarto en ese fatídico año, el 22 de septiembre de 1974.

Uno podría pensar que con la muerte del actor se termina la obra, y no es así. Si estamos intentando de alguna manera hacer una recuperación de legado es porque aún tiene vigencia. Todo rescate presupone un balance, y todo balance implica una crítica, a menos que nosotros creamos que la historia es una suerte de juego: demonización de un lado y santificación del otro.

La hagiografía no es una buena consejera, por lo menos los historiadores no la prescribimos. Ni la hagiografía ni la demonización. Hoy estamos aquí para intentar hacer este balance. Y aparte, flaco favor le haríamos a una obra tan importante como la de Arregui si nos colocáramos en ambos polos, demonizar o santificar.

¿Se lo puede criticar? Claro que sí. Indudablemente. Pero recordemos siempre, que con los resultados del lunes siempre es más fácil. Treinta y cinco años después de su muerte y habiendo cambiado la coyuntura uno puede encontrar algunas críticas para formular en la obra de Arregui.

Por ejemplo, esta postura que él mantiene, este culturalismo historicista, tiene una impronta bastante tradicionalista y antimoderna, porque es un hombre que rechaza la inmigración; tiene algunos párrafos muy duros para el tango, lo considera antinacional, curiosamente, al ser el tango un producto de la ciudad puerto, y al ser la ciudad puerto fuente de todos los males; indudablemente ahí hay una posición que es bastante reduccionista, y muy criticable.

Tiene también una especie de “horror a lo extranjero”, esto habla de un núcleo teórico bastante arcaizante. Si uno hace una lectura bastante profunda, se puede, quizás, entrar con una crítica por este lado.
Arregui tiene también un punto de vista que para algunos no será criticable y para otros sí, que es una especie de desprecio por todo lo que tenga que ver con la vanguardia estética. Se acordarán Uds., por ejemplo, de La hora de los hornos, película de Solanas y Getino, que son deudores intelectuales de Arregui –esto lo dicen ellos mismos-, “el intelectual es un vendido, el intelectual es un traidor”, allí hay toda una serie de análisis muy duros con respecto al papel del intelectual. Sin embargo, creo que la valoración supera a la crítica. Si me pidieran a mí que enuncie algunos aspectos por los cuales hoy, treinta y cinco años después de su muerte, conviene leer a Hernández Arregui, se me ocurrirían por lo menos cinco.

El primero de ellos es que Arregui fue un hombre que intentó siempre descifrar el nudo de nuestra cultura desde las masas populares, y no desde las elites ilustradas.

El segundo, es que fue un intelectual cuyos textos pusieron en jaque el predominio liberal en la Universidad. Él hizo algo que muchos no hacen por miedo o por comodidad, que es pensar la historia desde los vencidos. Algo que se predica más de lo que se hace.

El tercer elemento para rescatarlo tiene que ver con la ética: fue un hombre que tuvo coherencia entre lo que dijo y lo que hizo. Algo que hoy a nosotros nos parece absolutamente extraño, y no debería serlo. Es porque estamos acostumbrados a ver otro tipo de intelectuales. Fue un hombre que aunó teoría y práctica, y que fue coherente entre lo que escribió y lo que hizo, por eso merece este reconocimiento.

Sin embargo, cuando me ha tocado adentrarme en su obra, he encontrado algunas cosas más que no solamente me invitan a leerlo y releerlo, sino a recomendar que lo lean. Es que Arregui está convencido de que un intelectual tiene obligaciones. Que la inteligencia tiene deberes. Y que el deber de la inteligencia es ser revolucionaria. Serlo en aquel momento y serlo en el presente. Sus textos invitan a una práctica de la cultura, que yo creo que muchos intelectuales del sistema han perdido, que es la idea de que la cultura debe socializarse. Hay gente que acumula cultura como otros acumulan dinero en los bancos. Y la cultura que no se socializa, envilece como el dinero. Ese es el cuarto aspecto por el cual lo recomiendo.

Y el quinto, y último, aspecto que realmente me gustaría destacar es que fue un hombre cuya dignidad personal ha sido, a lo largo de su larga trayectoria, la base de su accionar. Algo de lo que muy pocos se pueden jactar a lo largo de una trayectoria dilatada.

La conjugación de estos elementos, el compromiso inteligente, con una inteligencia creadora y revolucionaria; una práctica socializante de la cultura, en tanto apertura sistémica; y la dignidad personal como una especie de imperativo categórico, hacen que nosotros debamos volver a él como a un verdadero referente.

Indudablemente, con las críticas y las reformulaciones que haya que hacer, pero sin olvidarnos nunca de que nos encontramos frente a un anunciador de los tiempos nuevos que indefectiblemente deberán llegar para la Argentina.

1 comentario:

Florencia Hernández Arregui dijo...

Lo que más destaco es el hecho de que no se retrate a Hernández Arregui como a uno de esos pensadores antiguos y sin vigencia, sino que por el contrario, se lo reivindique en la actualidad. Creo que es necesario percatarnos de que la lucha sigue siendo la misma, hoy más que nunca.