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jueves, 15 de abril de 2010

Hay que cambiar el sistema de estructuras y no las estructuras del sistema

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Por John William Cooke

La discusión sobre si la Argentina es o no un país "subdesarrollado", si corresponde buscarle alguna otra denominación técnica que tenga en cuenta su situación peculiar, con una serie de características que son propias de economías avanzadas (alto porcentaje de urbanización, hábitos de consumo de alta calidad, proletariado numeroso, poderosa industria de transformación, etc.) es ociosa. Sirve para que distinguidos economistas que vienen a explicar lo bueno que es el capitalismo y que todo es cuestión de que pongamos un poco de orden, halaguen a sus auditorios y les hagan ver que no nos consideran en un mismo nivel con la escoria de los países atrasados de Asia, África y América Latina. Esas diferencias existen; pero no significa que podamos considerarnos desligados de la suerte de los restantes países de América Latina y de los otros dos continentes atrasados; que Afganistán sea mucho más subdesarrollado que Argentina no es un argumento para que nos consideremos parte del grupo de naciones selectas de la "civilización occidental". Plantear las cosas así en base a comparaciones técnicas significa aislarnos, hacernos perder de vista nuestro común destino americano y ocultar que la dependencia es el factor determinante de cualquier caracterización y no las especificidades que nos distancian de las naciones que ocupan los peldaños inferiores de la "evolución mundial".

Todos los programas de desarrollo burgueses parten de un presupuesto: el de que en los países subdesarrollados (o de desarrollo incompleto o como quieran llamar a la Argentina) se reproducen los procesos evolutivos que ya cumplieron los capitalismos adelantados. El subdesarrollo sería una infancia o una adolescencia desde la cual se pasará a la madurez; los capitales extranjeros, las inversiones en algunos sectores claves, etc., dan el impulso para iniciar el crecimiento, para entrar en una etapa cualitativamente diferente o para acelerarlo, si su ritmo no es adecuado. Ese presupuesto es falso.

El subdesarrollo no es un fenómeno particular de cada país, sino parte de un proceso de alcance mundial producido por la expansión del capitalismo. El desarrollo es un grado de progreso alcanzado por algunas potencias de Europa, por los Estados Unidos, por Japón, que no se cumplió en el circuito cerrado de sus respectivas economías sino que al llegar al punto en que el aparato productivo superaba la capacidad de absorción del mercado nacional, se buscaba mercados más allá de las fronteras; en el mundo atrasado se obtenían materias primas baratas, se vendían artículos manufacturados y se colocaban los capitales excedentes que no eran suficientemente rentables cuando por saturación de la plaza deprimían la tasa de interés. En una palabra: el desarrollo de Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, Estados Unidos, se realizó en función del subdesarrollo del mundo semi-colonial y colonial, cuya riqueza se llevaron por la colonización directa o por la succión de las relaciones entre economías desiguales. Ya hemos mencionado con relación a Inglaterra y la Argentina, los efectos de la dependencia sobre las formas de nuestro desarrollo. Además, lo que impulsó inicialmente al capitalismo en sus lugares de origen fue, en gran parte, la riqueza que se extrajeron de otros continentes mediante la conquista, que dio gran parte de la base económica para realizar las transformaciones subsiguientes (lo que se llama "acumulación primitiva").
Pues bien, así como nuestra debilidad y deformación fueron resultado de que nuestro desenvolvimiento capitalista se iniciara con retraso y bajo el signo de la dependencia y de la metrópoli británica, también ahora el imperialismo está incrustado en el mundo de nuestra crisis. A través de los términos desfavorables de intercambio, remisión de ganancias de los monopolios, pagos diversos, etc., nos descapitalizamos en beneficio del imperialismo. Esta es la gran ausencia que encontraremos en todos los "desarrollismos": ignoran el problema imperialista. O, cuando lo mencionan, como el frigerismo, lo conciben sólo en las formas antiguas de la relación agro importadora con Gran Bretaña y no en sus formas actuales de penetración norteamericana, que no se limita a despojamos en la intermediación sino que participa del proceso de la producción y condiciona toda nuestra economía.

La ganancia imperialista se realiza ya sea instalando filiales de los consorcios en el país, u obteniendo concesiones o facilidades para invertir en rubros de alto porcentaje de ganancia (petróleo, petroquímica, química, acero), ya sea asociándose con capitales nacionales. Como el imperialismo norteamericano es integral (político, estratégico, económico) lo vemos en todos los aspectos de la vida nacional, no sólo como influencia cultural sino corno presencia directa. En caso de una economía "sana" donde jueguen sin restricción las formas de la libre competencia, (aspiración que pasa por alto las formas monopolísticas del capitalismo moderno) las empresas que sobrevivirán serán las más eficientes, las que producen a más bajo costo, porque son extranjeras o están asociadas con el capital extranjero y desplazarán a las que carecen de instalaciones tan altamente tecnificadas. Son las que ahora extraen super-ganancias del "desarrollo combinado", es decir, de coexistir con empresas de muy inferior capacidad técnica con precios basados en costos de producción muy superiores a los del gran consorcio. Este es también el que puede proporcionar una situación más cómoda a sus obreros, de manera que se acentúan las diferencias dentro de la misma clase obrera.

Esta desaparición de las empresas atrasadas es una política que en los países capitalistas avanzados tiende a liquidar el "malthusianismo" industrial, que constituye una rémora mantenida por un empresariado parapetado detrás de barreras defensivas y en retraso con respecto a los adelantos de la técnica moderna, como fue característica clásica de la economía francesa. Ese propósito, que forma parte de la política del nuevo régimen argentino, traslada mecánicamente los problemas del "malthusianismo" a nuestra economía prescindiendo de nuestra situación dependiente y de las formas del atraso. Una liquidación sin reemplazo, tal como la que se produjo cuando la importación extranjera, a partir de mediados del siglo XIX, que liquidó la producción artesanal del interior argentino, aumentará los desniveles internos y completará nuestra sujeción al dominio imperialista. Cuando en los países adelantados se liquidaron las formas feudales y artesanales, fueron reemplazadas por las formas de producción capitalista: en la Argentina no hubo trabajo para los desplazados del interior porque no había una industria que los absorbiera: "nuestras" industrias estaban en Inglaterra. Ahora, en última instancia se piensa en algo similar; se saneará la producción, pero no mediante un desarrollo armónico, sino eliminando, sin reemplazo, las unidades productivas inferiores. Una política de saneamiento sólo se concibe bajo una concepción diametralmente opuesta; no bajo la libre empresa y la ley de la jungla, sino dentro de una planificación donde el Estado dirija un proceso de modernización que contemple los intereses generales. Es decir, que el Estado tendría que comenzar por ser otro, y no estar en manos de la burguesía.

Antes, la explotación imperialista se encontraba en la balanza de comercio (términos de intercambio) pero principalmente en el balance de pagos como salida de dividendos, amortizaciones, pagos de fletes y seguros, etc. La balanza comercial daba superávit pero la de pagos daba déficit. Ahora, una proporción importante se realiza por otros medios: pago de patentes, ayuda técnica, diferencias obtenidas por la venta de maquinarias, materias primas y demás elementos que deben comprarse en la metrópoli para abastecer las industrias que funcionan aquí, en condiciones que permiten fijar arbitrariamente los precios, reinvertir ganan-cias para multiplicar la succión o transferir ganancias o pérdidas, según convenga, dentro de un circuito completo que cubra las etapas de la producción. No es necesario que una industria sea exclusivamente norteamericana: basta con que dependa de las compras en Estados Unidos de maquinaria, materias primas básicas y patentes. Es decir, que ese cáncer está ahora dentro de las estructuras capitalistas argentinas, y son esas estructuras las que hay que cambiar. De lo contrario, se aumentan los sacrificios para favorecer a la gran industria y a los terratenientes --que no son dos sectores separados tajantemente- y al imperialismo.

La diferencia entre países desarrollados y subdesarrollados, en lugar de disminuir como vaticinaron los economistas burgueses, ha ido en aumento. Los ricos son cada vez más ricos, no sólo en forma absoluta sino en relación con los pobres. Las relaciones de intercambio siguen siendo desfavorables para los exportadores de materias primas, subdesarrolladas, y por cada dólar que invierte el capitalismo, retira tres.
Es fácil demostrar que el crecimiento necesario para que el Tercer Mundo alcance, dentro de muchísimos años, niveles de vida mínimamente decorosos, sin que haya 1.500 millones de personas que pasen hambre como actualmente, requiere inversiones que están fuera de toda posibilidad.

Para mantener los niveles presentes, es decir, para compensar el crecimiento demográfico, harían falta sumas que tampoco parece existir la menor chance de lograrlas; al contrario, los montos de "ayudas" e inversiones de los países desarrollados en las regiones atrasadas tienden a decrecer. No se ha cumplido ninguno de los cálculos que formularon los teóricos desarrollistas. Rostow, que escribió hace pocos años un libro que todos los economistas burgueses repetían que era mucho más importante para el mundo actual que el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, planteaba científicamente las etapas de la evolución económica, analizaba las condiciones del "despegue" hacia el desarrollo, etc. Uno de los cargos contra los estudiantes universitarios -muy recordado estos días por quienes justifican la intervención- es que armaron un escándalo y le impidieron dar una conferencia cuando estuvo en nuestro país; hicieron muy bien, porque el señor Rostow es uno de los colaboradores de la política imperialista de Johnson, y fue tratado como el enemigo del país y de América Latina que es. Pero lo que nadie se acordó de mencionar es que ningún país del mundo ha "despegado" ni está en vías de hacerlo.

En cuanto al modelo que siempre mencionaban los frigeristas para demostrar sus tesis, era la India que no se desarrolló y perdió terreno. No por eso han revisado sus posiciones, simplemente se han olvidado de mencionar a la India.

De cualquier manera, el caso Argentino no presenta las características que hemos mencionado para el Tercer Mundo en su conjunto, así que debe ser evaluado a partir de nuestra situación particular. Once años de desarrollismos no han servido para desarrollamos, ni tampoco ahora lo conseguiremos. Seguiremos sin ser un caso desesperado ni mucho menos, pero también sin alcanzar ese grado de evolución económica que nos anuncian. Y aquí no es cuestión de que nos apliquen el estilo de los empresarios, gobernantes y economistas del régimen, y nos hablen de fe en el país, confianza en nosotros mismos y demás generalidades. Ya hemos aclarado que en el país creemos, en el pueblo creemos; es en ellos que no creemos ni los computamos como factor de progreso sino todo lo contrario. Para atenernos al desarrollismo concretamente, aparte de las críticas que cada política nos merece, negamos en conjunto el desarrollismo en todas sus variantes.

El desarrollismo se apoya en una serie de falacias: la de que toda inversión equivale a desarrollo, la de que toda industria es factor de crecimiento autónomo; la de que las ganancias empresarias se transforman en inversiones; la de que el capital extranjero cumple la función de la "acumulación primitiva" con que contaron las potencias adelantadas.

Las "burguesías nacionales" ya no son contradictorias con el imperialismo (lo son, por cierto, algunos sectores de la burguesía, pero ya hemos dicho que carecen de peso y de vocación para encabezar e imponer una política nacional). Tratan de lograr un aumento de ganancias o de ponerse a salvo asociándose con el imperialismo. De paso, necesitan estar al amparo de su poder bélico por temor a las insurgencias subversivas. Son parte del "occidentalismo cristiano" en lo político y estratégico y son parte del dominio económico del capital monopolista del imperio.

El problema sigue siendo insoluble para la economía burguesa de nuestro país. Tiene que encontrar sostén, plataforma económica a su industria, pues el que tiene ahora, la producción del agro, es insuficiente y la capitalización nacional a través de las ganancias industriales también es imposible. Además, el círculo tiende a estrecharse, y nada más ridículo que ver a nuestros patriotas burgueses de Latinoamérica ir a reclamar mejores precios por nuestros productos de exportación. Primero, porque si niegan la existencia del imperialismo y adoran el fantoche de la libre competencia, no tienen por qué pretender que se les pague más de lo que determina el mercado. Luego, porque cuanto más "occidentales y cristianos" son, más ligados y protegidos por el poderío norteamericano se siente, más gastos tiene ese gran gendarme de la contrarrevolución para mantener su dispositivo militar y de espionaje en todo el mundo, financiar sus guerras contra los pueblos que quieren liberarse como el de Vietnam o Venezuela, Guatemala, etc.: como Estados Unidos tiene un serio problema en su balanza de pagos a raíz de todos sus gastos exteriores, que sólo en parte compensa con el saldo favorable de su balanza de comercio, a mayor unidad del "mundo libre", más necesidad tiene su líder de mantener los precios más bajos para los productos que adquiere en nuestros países.

La "Revolución Argentina" (denominación asumida por el golpe de estado de Onganía) es, por consiguiente, una imposibilidad de la política burguesa, porque elimina del planteo al imperialismo que es factor clave y porque no son aptos los procedimientos que están a su alcance para desarrollar la economía armónicamente y de manera auto-sostenida. Y esto permite comprender mejor en qué consiste el "nuevo régimen" y cuál es la relación que tiene con el Movimiento peronista.

(De Peronismo y Revolución, Editorial Papiro, Buenos Aires; 1971, pp. 90-96.)

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