Bienvenidos al Frente Negro

lunes, 28 de junio de 2010

Pueblo y Oligarquía - Capítulo Uno

.
 
 .
Por Rodolfo Puiggrós

La siguiente obra ha sido titulado también "Historia Crítica de los Partidos Políticos", aparecida poco despúes del golpe que derrocó a Perón en 1955. Puiggrós nos otorga una visión panorámica de los hechos decisivos, contradicciones e intereses que fueron empujando al Pueblo Argentino en su devenir histórico hasta nuestros días. En este año del bicentenario seguiremos acercando obras de estos pensadores nacionales para alumbrar el camino hacia la definitiva liberación nacional y social de nuestra Patria.

"De la Soberanía Política sin Organización Nacional"
Capítulo Uno

La España que conquistó el Nuevo Mundo no estaba en condiciones de crear una comunidad en desarrollo entre ella y sus colonias, ni entre sus colonias mismas. Para conservar sus dominios transoceánicos empleó desde el principio, a falta de intereses económicos profundos y sólidos, la violencia de su aparato burocrático militar, cuya invalidez se probó cuando al iniciarse el siglo pasado las colonias, aisladas entre sí, se esforzaron en establecer por separado distintas comunidades de intereses con los grandes centros de maduración de la revolución técnico industrial capitalista. Después de su nacimiento como partes del imperio español, las colonias no volvieron a encontrarse y coincidir hasta el estallido de su lucha por independizarse de la estancada metrópoli. Pero si de allí no pasó la coincidencia externa mientras fueron colonias y, ya naciones, prosiguieron actuando durante decenas de años como si poco o nada tuviesen de común, no puede decirse lo mismo de sus cambios internos, a pesar de las diferencias de desarrollo entre ellas, notables en muchos casos: una ley general proveniente de su propio origen las mantuvo a la zaga de la humanidad, a nivel de los países dependientes de las más avanzadas potencias capitalistas, y una ley general las une por primera vez y las impele a quebrar esta dependencia, a superar las deficiencias originarias y a ir más allá del sistema social al que están actualmente subordinadas.

La primera contradicción global (la contradicción en­tre la dependencia administrativa de las colonias con España y sus necesarias vinculaciones vitales con el mer­cado capitalista mundial en formación fuera de España) hizo crisis en violento antagonismo al comenzar el siglo XIX, cuando la península fue invadida por Napoleón, se eclipsó por un tiempo la monarquía borbónica y desaparecieron las razones histórico-jurídicas de sometimiento de las colonias al viejo imperio desquiciado.

Ese antagonismo se resolvió, en la Argentina, en dos etapas:

a) Con la destrucción del monopolio mercantil español (Mariano Moreno dio en la Representación de los Hacendados los fundamentos económico políticos de la muerte de un monopolio que ya no podía sostenerse ante la irrupción del comercio británico y el progreso alcanzado por las fuerzas productivas de la ganadería en las regiones adyacentes al Río de la Plata), a la par que con el desconocimiento de los derechos de España a gobernar al Nuevo Mundo (Juan José Castelli dio en el Cabildo del 22 de mayo de 1810 los fundamentos jurídicos del gobierno propio, al afirmar que, de acuerdo a la doctrina sustentada por los revolucionarios españoles de aquella época, la caducidad de la monarquía borbónica y la ocupación de la península por el ejército francés, promovían de hecho el traspaso de la soberanía de las colonias al pueblo, como origen de toda autoridad).

b) Con la guerra de la Independencia, empresa continental que decidió en los campos de batalla el destino de América hispana. Si la mayor gloria del General San Martín fue perfeccionar y llevar a la práctica el plan concebido por los patriotas de 1810 hasta culminar la lucha por la independencia política, las acciones locales de los caudillos, a la cabeza de los levantamientos espontáneos de las masas, hicieron fracasar los intentos de restauración monárquica y de retorno del poder español.

Bajo la influencia de las revoluciones burguesas de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos, y en nombre de la soberanía popular en abstracto, se desencadenó la lucha por la independencia política hispanoamericana. Tuvo por móvil predominante organizar naciones independientes, en las condiciones del ascenso del capitalismo en escala mundial, para transformarlas en un sentido capitalista. Los patriotas no buscaron modelos en Inglaterra, los Estados Unidos y Francia por mero prurito de imitar o por un menguado sentimiento de inferioridad, sino porque esas naciones representaban entonces las tendencias generales y las etapas obligadas del desarrollo histórico de la humanidad, tendencias y etapas que no podían ser soslayadas ni combatidas sin mantener a nuestros países a la zaga del desarrollo histórico, sin eternizar su atraso, su miseria y su ignorancia.

La expansión del mercado mundial capitalista, a través del comercio y la navegación, destruía los añejos modos precapitalistas de producción e intercambio de la sociedad argentina, pero su reemplazo por otros, más avanzados, no dependía de la causa externa, sino que debía ser el resultado del desarrollo de las causas internas.

Inglaterra tuvo una doble influencia externa en los cambios económicos sociales de la primera mitad del siglo pasado en nuestro país: por una parte, sus mercaderías baratas, abundantes y de superior calidad desalojaron las antiguas producciones domésticas y artesanales, y, por la otra, su demanda de alimentos y materias primas estimuló las actividades ganaderas en la zona bonaerense. El comercio inglés fue resistido por las clases sociales representativas de los antiguos modos precapitalistas de pro­ducción y apoyado por los ganaderos y comerciantes que se enriquecían con él. Como causa externa actuó a través del sector social que se atribuía la soberanía política y la conducción intelectual del país. El resto de la sociedad era hostil a la causa externa (el capital inglés) y a su base interna (los ganaderos y comerciantes bonaerenses). He ahí la razón de las guerras civiles, del antagonismo entre las provincias y Buenos Aires, del conflicto entre unitarios federales, de la desorganización nacional.

Durante los veinte años posteriores a la Revolución de Mayo, la intelectualidad se esforzó inútilmente en encajar la causa externa, la causa del capitalismo progresista, en la causa interna, el autodesarrollo nacional. Rivadavia y los caudillos fueron los dos polos del antagonismo.

Rivadavia no consiguió con el empréstito inglés, con la ley de enfiteusis, con sus constituciones e instituciones y con sus grandes proyectos, conectar su política con la política de los caudillos provinciales que vivían y representaban el grado de desarrollo socioeconómico de aquel entonces. Fue derrotado por Juan Manuel de Rosas, expresión del autodesarrollo de la parte del país (la provincia de Buenos Aires) directamente conectada a los intereses económicos de Gran Bretaña: la ganadería en función del comercio exterior.

Rosas concibió la soberanía política en la preponderancia de los intereses de la única provincia (la de Buenos Aires) y de la única clase social (los terratenientes bonaerenses) que podían conectarse con los intereses expansionistas del taller del mundo y de la dueña de los mares. El resto de las provincias y el resto de las clases sociales fueron tratadas como menores de edad, en cuyo nombre el gobernador bonaerense ejercía la representación de todo el país ante las naciones extranjeras y, de hecho, el poder administrativo en el orden interno.

Rosas creó las condiciones internas de su propia negación, al promover el desarrollo de los intereses localistas de una sola provincia y de un solo puerto, en perjuicio de toda la nación y de la expansión del capital extranjero por el conjunto del país. La causa externa (el capital extranjero al iniciar su metamorfosis en imperialista) pretendía como presa una Argentina integrada y organizada. Los conflictos con Francia e Inglaterra (tras los cuales se dirimía también el conflicto entre los comerciantes ingleses adictos y asociados a Rosas y los comerciantes ingleses y franceses que exigían “libre comercio” y “libre navegabilidad de los ríos interiores”) fueron los prolegómenos de Caseros y de la organización nacional sobre bases de dependencia económica.

El desenlace victorioso de la guerra por la independencia política (1810-1823) no había resuelto en la Argentina, ni en el resto de Hispanoamérica, el problema de la organización nacional; por el contrario, lo complicó al sacar de quicio a los elementos que componían la sociedad colonial. La formación de Estados políticamente (o jurídicamente) independientes, como resultado del desmembramiento del imperio español, se verificó sin que las bases socioeconómicas internas estuviesen maduras para consolidar la unidad nacional efectiva de una o varias comunidades. La división social del trabajo, las comunicaciones, las acumulaciones de capital y la técnica eran a tal grado incipientes que no lograban unir a las diversas regiones argentinas en un todo sólido y armonioso. La separación económica y el aislamiento político entre países que tenían origen común, hablaban el mismo idioma, ocupaban territorios contiguos y poseían similar psicología, obedecían al carácter precapitalista dominante de las formas de producción e intercambio heredados del coloniaje. La falta de intereses económicos comunes explica la división de América española en diversas naciones y también las guerras civiles que precedieron a la organización separada de cada nación. A diferencia de Europa Occidental, donde las naciones se organizaron como Estados independientes al pasar del feudalismo al capitalismo; de Europa Oriental, donde en el mismo período y con el predominio todavía del feudalismo se crearon Estados multinacionales (los imperios ruso y austro-húngaro); y de los Estados Unidos, que nacieron a la vida independiente a la vez que se organizaban como nación en el proceso ascencional del capitalismo, la aparición de Estados políticamente independientes en Iberoamérica no coincidió con la organización nacional, ni contó con bases para el autodesarrollo capitalista.

Desde la independencia política hasta la organización nacional se extendió un agitado período de luchas civiles, dividiéndose los argentinos en unitarios y federales. Cada uno proponía la organización del país a su manera. Los unitarios representaban a la burguesía comercial de la ciudad de Buenos Aires, con su red de agentes y comerciantes minoristas del interior, y tenían el apoyo de los jefes de los ejércitos de línea que quedaron después de la guerra de la Independencia y se deshicieron después de la guerra con el Brasil, en lucha infructuosa contra las montoneras. Adherían a los federales los caudillos de provincia, dueños de vidas y haciendas, defensores de los intereses de los ganaderos, agricultores y artesanos, jefes naturales de las masas en la guerra de montoneras contra las pretensiones hegemónicas y monopolistas de los comerciantes de Buenos Aires y su puerto único.

Con excepción del Paraguay (que se introvirtió y aisló en un orgulloso intento de autodesarrollo absoluto) y de la Banda Oriental (cuya salida propia por su amplia costa al vasto océano la independizaba del puerto argentino), las provincias no podían subsistir abandonadas a sus propias fuerzas y necesitaban como del oxígeno del co­mercio que solamente podían realizar a través de Buenos Aires, pero a la vez la dictadura económica del puerto único las condenaba a la deformación y a la miseria, por más que se la sirvieran adornada de constituciones unita­rias, instrumentos de una minoría oligárquica que aspiraba a gobernar “por el pueblo, sin el pueblo y a pesar del pueblo”, según palabras de Esteban Echeverría (Dogma Socialista, Universidad de La Plata, 1940, pág. 94). Los caudillos, al frente de las masas, resistieron en las provincias los planes hegemónicos de la burguesía comercial porteña. Hasta hoy los ideólogos del liberalismo burgués no se lo perdonan.

Por su complicidad con los intervencionistas anglo-franceses, por su aristocrático desprecio de la “chusma”, por su desamor a lo nacional, los unitarios de 1850 se desprestigiaron. El sistema rosista, que en nombre del federalismo suplantó al inoperante gobierno unitario, violaba los pactos federales y defraudaba las aspiraciones federalistas de las provincias. El sistema rosista llegó a ser incompatible con la necesidad imperiosa de las provincias de participar en la distribución de las rentas aduaneras, de establecer entre sí vínculos económicos y de unirse solidariamente en una organización nacional.

Tomado de: Cruzada Sur

No hay comentarios: