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sábado, 10 de julio de 2010

El Conflicto como Impulsor del Cambio

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Por El Emboscado *
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Al principio era la acción”.
Goethe
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La vida, el hombre, las cosas, el mundo y las situaciones albergan contradicciones, fruto todas ellas de la existencia de tensiones contrapuestas en su interior, lo que da lugar de forma inevitable a la aparición del conflicto en sus más variadas formas. Es este, en la práctica, el que impulsa el cambio, el movimiento histórico, empujando hacia delante los acontecimientos, movilizando al mundo y dotando al ser humano de su conciencia histórica.



El conflicto como resultado de la contradicción ejerce el cambio, la transformación, es la superación de las contradicciones en una nueva situación por la que existen otras contradicciones y así el conflicto se perpetúa a sí mismo. Los opuestos se unen y se excluyen mutuamente, generando el cambio, el movimiento, la variación.

Entendiendo el conflicto como principio organizador del mundo, cabría pensar además que se trata de un elemento natural, es decir, que preexiste al propio ser humano. Genera a su vez una relación de fuerzas implacable en la que cada una busca su primacía sobre las demás, e intenta reducirlas a la unidad. Juntamente con esto es una prueba de que la desigualdad, o mejor aún, la diferencia y diversidad, son el fundamento mismo de la existencia y la vida, ya que sin ellas no habría contradicción, y por tanto se daría una ausencia de movimiento, todo sería eterna armonía de aquello que es eternamente igual a sí mismo. La igualdad, en un sentido ontológico, implica la ausencia de forma, pues supone la completa homogeneización de todo cuanto pueda existir, reduciéndolo a una mera dimensión cuantitativa e indiferenciada.

Si el reino de la igualdad se materializara, el sueño ilustrado del fin de la historia sería una realidad, pues el movimiento histórico cesaría al desaparecer las contradicciones, y existiría una completa armonía de todo, pero este sueño tendría su definitiva conclusión en la nada, pues con el fin de la historia desaparecería el ser humano y seguramente todo el universo.

Clausewitz dijo en su momento, durante el siglo XIX, que la guerra es la continuación de la política por otros medios, y en el siglo XX Foucault invirtió esa máxima al afirmar que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Independientemente del prisma que utilicemos para entender la guerra, ya sea como un estado natural al modo de cómo lo concebía Foucault, o como una forma de realizar determinados objetivos políticos, no podemos negar que esta es sin lugar a dudas una de las formas más habituales que adopta el conflicto, aunque no la única.

La guerra es propiciadora e impulsora del cambio. La historia en conjunto es una concatenación de acontecimientos más o menos violentos entre los que se dan períodos de cierta paz. Recordar que Clausewitz llegó a afirmar que la paz es el período que se da entre dos guerras.

Pero quizá lo significativo, lo realmente interesante, resida en la importancia que la guerra, como forma violenta de conflicto, ha tenido en los últimos siglos, especialmente durante el s. XX y el XXI, su contribución ha sido la de acelerar el cambio e introducir nuevas dinámicas.

Es indiscutible que tanto la primera como la segunda Guerra Mundial supusieron un impulso para los avances tecno-científicos, los cuales propiciarían un desarrollo general de los factores productivos con un incremento tanto de la producción como de la eficiencia gracias a las nuevas invenciones. Pero tal vez, más interesante aún que esto, sea la lógica y el sentido que la tecnología adquiere en tiempos de guerra, aquel por el que se busca maximizar las pérdidas enemigas y generar la mayor destrucción posible sobre las fuerzas contrarias.

De este modo sale a la luz el carácter más profundo de la técnica, aquel que la identifica como un instrumento de poder, en el que a diferencia de una situación de paz en la que su funcionamiento está orientado hacia una mayor seguridad, para incrementar la producción, y al mismo tiempo garantizar el funcionamiento del aparato socio-económico, pasa a funcionar como un elemento de aniquilación en el que las lógicas internas se invierten y la técnica persigue la sistematización de la destrucción, así como su progresivo perfeccionamiento hasta extremos inimaginables.

En este sentido la ciencia ha logrado suprimir las barreras del espacio-tiempo, ha hecho del dromos un factor esencial que ha significado la aceleración de los acontecimientos, que estos se precipiten cada vez con mayor rapidez.

Pese a todos los avances que ha logrado la ciencia, la precisión de los nuevos inventos de destrucción concebidos para la guerra, no hace que el número de víctimas civiles haya disminuido, sino que muy al contrario, ha tendido a incrementarse, lo cual deje entredicho el sentido mismo de estas invenciones y sus correspondientes aplicaciones.

La guerra como expresión violenta del conflicto seguramente nunca llegue a desaparecer, por ello quizá lo fundamental para permanecer en paz sea admitir como siempre presente la eventualidad de la guerra. Pero al mismo tiempo sería conveniente que el hombre desechase de manera definitiva la dicotomía moralista de guerras justas e injustas, la cual parte de la negación del carácter polemológico de la realidad, al considerar como anormal cualquier forma de conflicto, y muy especialmente la guerra. Al mismo tiempo esta forma de entender la realidad en este sentido es necesario llevar a cabo una legitimación de la guerra cuando esta conviene, de ahí que aparezcan las guerras justas e injustas, momento en el que se emprende en nombre de un absoluto y la división es ya entre buenos y malos, a partir de entonces al enemigo no basta con derrotarlo, sino que hay que eliminarlo.

Indudablemente esta forma de entender la guerra en la que se niega el carácter conflictivo de la realidad, cuyo primer antecedente se encuentra en el cristianismo y en S. Agustín, ha contribuido a hacer de la distinción moral entre guerras justas e injustas se intenta legitimar y justificar ciertas actuaciones que encubren unos intereses muy oscuros.

Con esta dimensión moral que ha adquirido la guerra, y que en los últimos tiempos se ha agudizado con creces, se ha contribuido en sobremanera a que existan cada vez un mayor número de guerras, en la que cada uno se hace a sí mismo representante de un absoluto, ya sea el bien, la justicia, y en no pocas ocasiones también de la democracia, los derechos humanos o la libertad.

Curiosamente con esta forma de entender la realidad y más concretamente la guerra, se ha llegado a una situación opuesta a la que se aspiraba arribar en un principio, que era la de poner fin a la propia guerra haciéndole la guerra. Y con ello la crueldad, la violencia y la muerte se han incrementado al haber aumentado en estos últimos tiempos el número de guerras, contribuyendo al mismo tiempo a que la guerra constituya a día de hoy uno de los más importantes impulsores del cambio, posibilitando a su manera a una aceleración progresiva de los acontecimientos, pero ya con un sentido descendente, aquel que pertenece a la fase de decadencia de un gran ciclo.

* http://emboscado.blog.com

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