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jueves, 1 de julio de 2010

Pueblo y Oligarquía - Capítulo Dos

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"Solamente cuando el marxismo y el nacionalismo coinciden (cuando el primero hace de la causa interna la base de los cambios sociales y el segundo comprende que la causa mundial de la liberación nacional de los pueblos y de la emancipación social del proletariado es la condición de nuestro propio desarrollo nacional), la victoria es inevitable."

Por Rodolfo Puiggrós 

"De la Organización Nacional sin Independencia Económica"
Capítulo Dos


Por fuertes que fueran las resistencias de todo tipo a quebrar los moldes sociales y el género de vida impuestos por la colonización hispánica, nada podía detener la tendencia de los ganaderos, comerciantes e intelectuales liberales bonaerenses a buscar en las relaciones con los ingleses la conquista de un nivel más elevado de existencia material y cultural.

En nuestro país, la trabazón del capitalismo inglés con las fuerzas sociales internas no se efectuó de golpe, ni por el uso de la fuerza. Recordemos que los argentinos rechazamos, en el curso de la primera mitad del siglo pasado, dos agresiones inglesas, una francesa y una anglofrancesa. Para que la causa externa pudiera actuar por intermedio de la causa interna era menester que una y otra llegaran a un punto de coincidencia. Ni el capitalismo inglés era el mismo en 1860 que en 1810, ni la sociedad argentina se había conservado inmóvil durante ese tiempo. A la evolución del primero hacia nuevos métodos de penetración económico financiera (sociedades anónimas, ferrocarriles, bancos, concentración del comercio exterior) acompañó la evolución de la segunda hacia un tipo de organización nacional que posibilitaba las inversiones inglesas.

Sin el derrumbe del sistema rosista, un año antes, hubiera sido imposible proyectar y llevar a la práctica un ordenamiento jurídico que abriera las puertas del país al trabajo y al capital extranjeros. La batalla de Caseros no fue más que el hecho culminante y circunstancial de un proceso impulsado por la presión del expansionista capitalismo europeo, por la necesidad de ampliar el mercado exterior sentida por las fuerzas productivas litorales y por la lucha de una intelectualidad progresista, ubicada por encima de unitarios y federales que comprendió que sin contar con los caudillos y las masas como auténtica realidad social no avanzaría el país.

Con la caída de Rosas quedaron restablecidos de hecho los pactos federales entre las provincias. En Caseros triunfó el federalismo, no el unitarismo. La Constitución de 1853 reconoció en su preámbulo que aquellos viejos pactos eran su antecedente natural; a nadie se le hubiera ocurrido la torpeza de invocar las desdichadas constituciones que los unitarios tradujeron del inglés. Pero en Buenos Aires no tardaron en levantar cabeza tradicionales intereses localistas que no aceptaban la menor renuncia a las pretensiones hegemónicas de la oligarquía mercantil del puerto único. Los unitarios (enemigos a ultranza de Rosas) volvieron del exilio dispuestos a defender el monopolio oligárquico del puerto, de las rentas y del gobierno, ni más ni menos como lo había hecho durante un cuarto de siglo el gobernante depuesto, en su condición de terrateniente ganadero. Esos políticos minoritarios, que llegaban con el estigma de su desprecio a las masas nativas y con la imborrable tara de su alianza con los intervencionistas anglofranceses, de inmediato trataron de evitar la consolidación de los pactos federales sellados entre las provincias en largos años de lucha, pactos cuya vigencia anulaba los privilegios de Buenos Aires. Lograron expulsar de la capital al general Urquiza, jefe de las fuerzas federales que vencieron a Rosas, y provocar la división de la Argentina en dos Estados (Buenos Aires y la Confederación) para que las provincias no participaran en el manejo de las rentas, de la moneda y de las relaciones exteriores.

A la vez que legalizaba una realidad tan genuina de la historia, de las costumbres y de las aspiraciones de la sociedad argentina, como lo era el federalismo -en realidad que no pudo ser destruida ni por los gobiernos unitarios ni por el sistema rosista-, la Constitución de 1853 ofrecía un programa de inmediata realización al asegurar las premisas jurídicas y políticas del desarrollo capitalista del país, de su incorporación al mercado mundial y de su elevación al grado de progreso conquistado por el régimen de la burguesía. Alberdi comprendió que su lema gobernar es poblar necesitaba el contrapeso del federalismo de los caudillos para no caer en un imposible europeísmo a ultranza, o sea en las torpes imitaciones y exclusiones practicadas por los unitarios. Defendió esa idea con energía e inteligencia extraordinarias en sus polémicas con Sarmiento y Mitre.

Dos concepciones político sociales se disputaban, en consecuencia, la orientación futura del país. Una de ellas proponía el exterminio sin contemplaciones de los caudi­llos. Quería una Argentina totalmente nueva, una Ar­gentina anglosajona. Sus sostenes se avergonzaban de su origen español, mestizo o mulato. Se adelantaban a quienes, más tarde, oficiarían de abogados mercenarios, políticos mercenarios y técnicos mercenarios de Inglaterra o Estados Unidos. La otra concepción partía del reconocimiento de la realidad social argentina, como base de cualquier cambio progresista mediante la introducción de inmigrantes y el aporte del capital extranjero.

La Constitución de 1853 dejó sin resolver la cuestión de la capital de la República. Fue evidente que los representantes de las provincias no se atrevieron a designar una capital distinta de Buenos Aires ni se decidieron a entregar de nuevo a Buenos Aires los destinos de todo el país. Durante los ocho años siguientes, las dos partes de la Argentina (Buenos Aires y la Confederación) no pelearon en los campos de batalla para mantenerse separadas, sino para imponer cada una distinta fórmula de unidad nacional. Pero causas geográficas, históricas y sociales seguían haciendo de la ex capital del virreinato la llave económica y política del país, y el gobierno confederal de Paraná­Rosario fue finalmente vencido más que por la suerte variable de las armas (Cepeda y Pavón), por la asfixia económica y la anarquía política.

Al desaparecer el gobierno confederal, los dirigentes bonaerenses aceptaron y juraron la Constitución de 1853, previa reforma del pacto federal con el objeto de preservar todavía los privilegios del puerto único.

La organización político-constitucional del país (1862 a 1880) coincidió con el creciente interés de Inglaterra y Francia por las comarcas platenses, interés estimulado por:

a) las garantías que la Constitución de 1853 y el gobierno nacional daban a las inversiones del capital extranjero; y

b) los primeros pasos del capitalismo hacia su etapa imperialista con el desarrollo del capital financiero y de los monopolios.

La causa externa comenzaba a tener bases internas para actuar sobre el conjunto de la sociedad argentina, pero para introducirse plenamente debía no sólo vencer la resistencia de las formas socioeconómicas precapitalistas, sino también paralizar o desviar las tendencias hacia el autodesarrollo capitalista que se concretaban en ferrocarriles, manufacturas y otras empresas de origen argentino. En consecuencia, la penetración del capital extranjero presionaba en dos sentidos: a través del exterminio (en ocasiones físico) de los caudillos que no se dejaban someter o corromper, y llevando a la quiebra o adquiriendo las empresas criollas competitivas de aquella penetración.

Dentro de la estrategia en el Plata del imperialismo naciente, elaborada en Londres con fría premeditación, no podía escapar la necesidad de extirpar el foco de autonomismo, enclavado entre Argentina y Brasil, incitante permanente a la rebeldía de los caudillos contra los poderes centrales, que había crecido en el Paraguay desde los tiempos coloniales. La guerra de la Triple Alianza (1865-1868) fue una de las primeras manifestaciones en el área mundial de la política agresiva del imperialismo capitalista, que puso a prueba el sometimiento de tres gobiernos al obligarlos a aniquilar a un cuarto rebelde John Bull abatió la Patria de los López por manos ajenas.

Sería equivocado suponer que la estructura socioeco­nómica de la Argentina se adaptó pasivamente a la penetración del capital imperialista extranjero. Desde hace muchos años, el infantilismo izquierdista difunde la idea de que nuestro país perdió entonces su personalidad y se transformó en colonia o factoría de Gran Bretaña, y lo mismo opinan los rosistas sobre la Argentina posterior a Caseros. Un planteamiento tan mecánico hace desaparecer la permanente contradicción entre la causa interna y la causa externa, entre el autodesarrollo nacional y la penetración imperialista. Oculta que siempre la causa externa debió actuar por intermedio de la causa interna, y que al acentuarse la penetración y la deformación de la estructura socioeconómica por la acción del imperialismo, también se acentúa la respuesta nacionalista, las tendencias al autodesarrollo. Oculta que la opresión imperialista provoca, como antítesis, la lucha por la liberación nacional. La epopeya de la Reconquista y la Defensa de Buenos Aires de 1806-1807 se repite en el país en nuevas condiciones y a más alto nivel.

El imperialismo creó en la Argentina sus sepultureros y se niega a si mismo cuanto más se afirma. Insistimos en señalar tal contradicción objetiva para no incurrir en el error de la izquierda seudomarxista y de la derecha seudonacionalista que desconocen la existencia real fuera de cualquier secta, de una conciencia social de los intereses nacionales y de la necesidad de luchar por emanciparlos del imperialismo. Pues si para los seudo-marxistas lo nacional (la causa interna) no es más que el reflejo de lo internacional (la causa externa) y esperan que los cambios dentro del país sean las consecuencias de los cambios en el mundo, los seudonacionalistas asimilan lo nacional a lo reaccionario y así se divorcian del desarrollo social argentino hasta entrar en un callejón sin salida y claudicar ante el imperialismo, como en el caso ya clásico de Chiang Kai-Shek en China.

Solamente cuando el marxismo y el nacionalismo coinciden (cuando el primero hace de la causa interna la base de los cambios sociales y el segundo comprende que la causa mundial de la liberación nacional de los pueblos y de la emancipación social del proletariado es la condición de nuestro propio desarrollo nacional), la victoria es inevitable.

Tomado de: Cruzada Sur

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