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martes, 6 de julio de 2010

Pueblo y Oligarquía - Capítulo Tres

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"La Historia crítica de los partidos políticos argentinos aspira a proporcionar al lector las premisas de un programa nacional de cambios sociales, dictado por las contradicciones del proceso concreto, programa que tiene que inspirarse (para no caer en la mezquindad de lo inmediato) en la ambición del hombre que conquista los espacios, arranca a la naturaleza sus íntimos secretos y descubre las leyes objetivas rectoras de la comunidad en que vive."

Por Rodolfo Puiggrós

"De la Independencia Económica sin Justicia Social"
Capítulo Tres


Al desaparecer España como su causa externa, el desarrollo social argentino tendió a dar vida a una nación soberana, independiente y democrática dentro de los marcos del sistema capitalista, tendencia que de hecho la subordinaba a la nación rectora, Inglaterra, convertida en nueva causa externa. Tal contradicción entre la independencia nacional y la dependencia de Inglaterra aparece en el pensamiento político de los hombres más representativos (Belgrano y Moreno en la primera etapa; Echeverría, Alberdi, Sarmiento y otros posteriormente) y se expresa también en la acción de los principales jefes militares de la guerra de la Independencia.

El capitalismo se inició en la Argentina estrechamente condicionado por una causa externa: el capitalismo inglés.

No es casual que mientras en Inglaterra los veinte años transcurridos entre 1846 y 1866 hayan sido los de máxima aceleración de las acumulaciones capitalistas internas y de máximas tendencias expansivas del capital hacia el exterior, en la Argentina se produjeran durante el mismo período la descomposición del sistema rosista, la batalla de Caseros, la Constitución de 1853 y los comienzos de la organización nacional. En momentos en que los obreros ingleses se morían de hambre y frío con mujeres e hijos, según denunciaba Gladstone en la Cámara de los Comunes, millones de libras esterlinas, fruto del trabajo inglés, se invertían en empréstitos, ferrocarriles y obras públicas en Rusia, España, Italia, Asia y América. Que los obreros ingleses sufrieran privaciones para que los burgueses ingleses pudieran exportar capitales carecía de importancia a los ojos de quienes aspiraban a organizar a la Argentina como nación capitalista moderna. Era menester idealizar a Inglaterra y ocultar cuidadosamente sus miserias domésticas con el objeto de idealizar también el porvenir que se le ofrecía a la Argentina.

El derrumbe del sistema rosista demostró que el tipo pastoril y comercial del capitalismo naciente en la Argentina no podía avanzar más allá de ciertos límites. El desarrollo de las fuerzas productivas se tornó incompatible con la estructura sociopolítica existente.

El gran impulso que introdujo de lleno a la Argentina en el orden capitalista provino de la colonización capitalista, esto es de la introducción de brazos y capitales en vasta escala, de la apropiación del suelo por una clase de terratenientes y de la aparición de la clase de los capitalistas nacionales y de su opuesta, la clase de los asalariados o proletarios.

La colonización capitalista comenzó después de 1860. El capital extranjero (el inglés y, en menor escala, el francés y el alemán) irrumpió en el país a tal ritmo que antes de terminar el siglo puso en movimiento poderosas fuerzas productivas (ganadería, agricultura e industria liviana), provocó notables desviaciones del autodesarrollo nacional y marcó las dos líneas del futuro argentino:

a) la línea que lo aprisiona dentro de la esfera de dependencia de causas externas (el imperialismo) por intermedio de causas internas (las clases que viven del imperialismo y representan modos de producción cada día más parasitarios); y

b) la línea que lo conduce al autodesarrollo de causas internas (las clases sociales que se afirman y progresan con la expansión del capitalismo nacional: la burguesía y el proletariado) en oposición a los monopolios extranjeros y sin excluir la influencia de causas externas (inversiones del capital extranjero, intercambio comercial, etc.), condicionadas a aquel autodesarrollo.

Durante la primera mitad del siglo pasado, mientras el capitalismo seguía en su etapa inicial de libre concurrencia, los comerciantes e industriales ingleses importaron por Buenos Aires millones de libras esterlinas en tejidos y ferreterías, cuya competencia arruinó a las provincias argentinas y quitó fuentes de recursos a los artesanos y a las unidades familiares productoras. Después de 1860, al entrar el capitalismo en su etapa imperialista, la penetración inglesa cambió de aspecto: sociedades anónimas, convertidas pronto en trusts y monopolios con muchas ramificaciones, esto es el capital financiero en marcha, construyeron en la Argentina ferrocarriles, fábricas y talleres, fundaron centros industriales y comerciales e implantaron la técnica más avanzada de la época, promoviendo el fortalecimiento de los elementos antitéticos que habrían de enfrentar y vencer a la opresión imperialista: la clase de los proletarios, la conciencia de los intereses nacionales, el movimiento de liberación. La causa externa modificó las bases internas, pero las fuerzas sociales que desencadenó se volvieron contra ella y determinaron, a un nivel superior, el surgimiento de un proceso objetivo de autodeterminación económica y política nacional.

Los empresarios ingleses extendieron su red ferroviaria por el mundo entero y atraparon con ella a la Argentina, adueñándose del primer, ferrocarril construido anteriormente por un grupo de comerciantes de Buenos Aires. Los ferrocarriles eran prolongaciones terrestres de la flota mercante inglesa, la cual actuaba como apéndice de la gran industria mecanizada, cuyos productos distribuía por el mundo, a la vez que como medio de transporte a las Islas Británicas de materias primas y alimentos de los cinco continentes.

Cuando al terminar el siglo los ingleses instalaron sus frigoríficos (apropiándose del primer establecimiento de esta naturaleza, también de origen argentino), se cerró el proceso que colocaba a nuestro país dentro de la órbita imperial. A los frigoríficos precedió el mestizaje del ganado criollo y el refinamiento de las razas bovinas, ovinas y porcinas, iniciado con ejemplares de una larga selección y productores de la carne que exigía el consumidor inglés.

La relación entre la causa externa representada por el imperialismo inglés y las bases internas se afirmó con el enriquecimiento de un grupo de familias latifundistas, poseedoras de estancias en el litoral argentino, que se hicieron económica y políticamente poderosas gracias al ferrocarril inglés, al frigorífico inglés y al industrial inglés, copartícipes con ellas de la explotación del trabajo nacional. Tal grupo de familias formó la oligarquía argentina del presente siglo. En los extensos alfalfares bonaerenses los grandes invernadores se dedicaron a engordar novillos que compraban a los criadores de ganado en campos más alejados y vendían a las empresas anglo-yanquis industrializadoras.

Las bases internas sufrieron una aguda deformación y se acentuó el desequilibrio entre las regiones y los sectores sociales, mientras dominaba el cuadro político la combinación de intereses entre el imperialismo inglés y la oligarquía vacuna. La burguesía importadora, dependiente de la industria inglesa, defendía la continuidad de tal estado de cosas y hallaba eco en el persistente librecambismo de La Prensa y La Nación, y en la propaganda de políticos conservadores, radicales y socialistas. Una cáfila de abogados y funcionarios mercenarios (introducidos en las esferas oficiales, desde la Casa Rosada hasta la Suprema Corte de Justicia) siempre tenía a mano argumentos legales para justificar el acogotamiento de la Argentina por el imperialismo inglés.

El ferrocarril y la mecanización estimularon el rápido progreso de dos industrias regionales: la azucarera en Tucumán y la vitivinícola en Mendoza y San Juan.

No tardaron en formarse oligarquías regionales que monopolizaron la producción y el comercio de azúcar y del vino, asociadas al capital imperialista a través de inversiones financieras y préstamos bancarios. Tales oligarquías subvencionaban a los partidos locales y, junto con la oligarquía vacuna, dependían de la banca y de las empresas británicas. El federalismo (latente en las tradiciones, en las costumbres y en los particularismos socioeconómicos provinciales) no era más que letra muerta de la Constitución de 1853; los presidentes y los partidos oficiales impusieron de hecho el unitarismo. Los ideólogos y políticos liberales solamente concebían una Argentina agropecuaria, subordinada a los monopolios extranjeros en materia de transportes, comercio exterior, empréstitos, bancos, energía y gran industria.

La segunda política surgió como reacción de las causas internas, en busca de caminos independientes, frente a la influencia deformadora del imperialismo. Al construir ferrocarriles, instalar frigoríficos, introducir máquinas, trasplantar la técnica europea y financiar empresas, el capital extranjero tenía que movilizar fuerzas productivas nacionales, es decir poner en marcha una contradic­ción irreductible que con el tiempo se haría antagónica y crearía condiciones objetivas revolucionarias. El aspecto fundamental de tal contradicción se dio en la medida que el capital extranjero para obtener superganancias de la explotación del trabajo nacional arrancó de la vida pastoril o de la pequeña producción artesanal y casera a los hijos del país para metamorfosearlos en proletarios, o empleó directamente la fuerza de trabajo del obrero inmigrante.

Pues la gran corriente inmigratoria que afluyó al país a fines del siglo pasado y comienzos del presente no vio cumplirse en todos los casos la ambición de bienestar y riqueza que la animó a dejar el Viejo Mundo. Unos inmigrantes colonizaron la zona agrícola, radicándose como arrendatarios o pequeños y medianos propietarios, de los cuales no faltaron los que escalaron posiciones hasta integrar las filas de la oligarquía terrateniente. Otros inmigrantes se quedaron en las principales ciudades, como obreros o artesanos, pero solamente una minoría se aburguesó al dedicarse al comercio o participar en la creación de la industria nacional.

No está de más insistir en la existencia de una contradicción entre el capital nacional y el capital extranjero. Entre el capital nacional y el capital extranjero siempre hubo relaciones mutuas de acción y reacción, coincidencia y oposición, cuyas alternativas se reflejan en la política. Por ignorarlas o negarlas, los izquierdistas y seudo-marxistas son incapaces de orientarse en el maremágnum de los acontecimientos y manifiestan una consecuencia ya crónica en viejos errores.

Dentro de los marcos del sistema capitalista en su etapa imperialista de descomposición, tanto la conquista de la independencia económica cuanto el autodesarrollo de las naciones dependientes y coloniales son absolutamente imposibles. El análisis de las contradicciones del proceso social argentino lo demuestra. Completaremos la independencia económica nacional y desencadenaremos un autodesarrollo sin frenos ni deformaciones al avanzar más allá del capitalismo, con la clase obrera en el poder; pero la línea que conduce a esa meta no es la de una política exclusivamente obrera u obrerista, aunque la clase obrera sea la dirigente. Es una línea que compromete a todos los sectores sociales (clase obrera, pequeña burguesía, burguesía nacional) para los cuales emancipar al país del imperialismo se convierte en cuestión de vida o muerte. Es una línea que combina la lucha antimperialista concreta (o sea la construcción de una economía nacional independiente) con la lucha por el socialismo. No es un postulado teórico ni un recurso político, sino que obedece a las ineludibles causas objetivas internas del desarrollo histórico argentino.

Tomado de: Cruzada Sur

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