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lunes, 12 de julio de 2010

Tierra Versus Mar

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Por El Emboscado *

Con el fin de la guerra fría, la caída del muro junto a la consiguiente reunificación alemana, la desintegración de la Unión Soviética (la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX) y el cambio de régimen político y económico en Rusia, se daría paso a la instauración de un orden mundial unipolar. Esto ya fue anunciado en su tiempo por G. Bush padre con la expresión New World Order, que se haría tan famosa en la época. Esto no quería ser otra cosa más que la expansión al resto del planeta del sistema económico, político, cultural, social y tecnológico que había imperado en el bloque occidental, lo que suponía, en definitiva, la aparición de un nuevo proceso que es el que hoy se conoce como globalización.


Dicho proceso, iniciado el 9 de noviembre de 1989, terminó de consolidarse el 11 de septiembre de 2001. A partir de entonces la globalización es ya un hecho, y ella ha supuesto la implantación a escala planetaria del sistema económico capitalista y del establecimiento de un mercado mundial. La fase posterior al 11-S ha supuesto una profundización de la globalización, en la que su máximo exportador han sido, y son, los Estados Unidos, difundiendo un modo y estilo de vida acorde con los dictados culturales de las multinacionales, a lo que habría que sumar un progresivo protagonismo de EE.UU. en el campo internacional por la existencia de un unipolarismo marcado por su hegemonía, y sus constantes intervenciones militares.

Es aquí, en este mundo posterior al fin de la guerra fría, con la existencia de una sola potencia de carácter mundial (hoy en declive), donde se encuentran otra vez presentes dos corrientes geopolíticas opuestas, cada una de ellas inspirada por principios enfrentados, compitiendo cada una con la otra por la colonización del planeta. Se trata del enfoque “terrestre” por un lado, y el enfoque “marítimo” por otro. A partir de estas perspectivas nos encontramos con visiones del mundo radicalmente diferentes y antitéticas entre sí. Son las que orientarán la política de los pueblos y naciones en un sentido u otro.

Las civilizaciones marítimas, como Fenicia o Cartago, se han caracterizado por un dominio de los mares y de las rutas marítimas, a lo que se le suma su carácter comercial y mercantil basado en sus intereses económicos y materiales. Representarían, de esta manera, un modelo de civilización marítima que ha estado presente en toda la historia, y que durante la era moderna tendría su máximo representante en Inglaterra como potencia insular y poder marítimo, exportando el liberalismo y el capitalismo al resto del mundo, siendo el principal heredero de dicho modelo los actuales EE.UU., modelo que se ha venido concretando en su política y estrategia exterior a través de las obras de diferentes autores como Mahan, Spykman o Brzezinski entre otros. En cualquier caso las civilizaciones marítimas se caracterizarían por mantener una primacía de la economía sobre la política, dando prioridad a las cuestiones económicas, comerciales y mercantiles, que son ya las que controlan la política (vinculada al orden de los fines, y a lo que tradicionalmente se ha denominado como causa pública).

A diferencia de las civilizaciones marítimas encarnadas por Fenicia, Cartago, Inglaterra o EE.UU., caracterizadas por su especial fastuosidad en el plano económico, pero también por su carácter, en lo social y cultural, fundamentalmente cosmopolita e individualista, nos encontramos con el modelo que encarnó Roma como potencia terrestre, y por tanto continental, fundada en un modelo socio-político guerrero-autoritario basado en el control administrativo y en una religiosidad civil, dándose una primacía de lo político sobre lo económico. Esta potencia desarrolló una colonización típicamente continental, aquella que tras una penetración terrestre asimila a los pueblos conquistados, los cuales pasan a ser integrados en la universalidad romana.

A diferencia del modelo de civilización marítima, las civilizaciones continentales constituirían una afirmación de unos valores basados en la jerarquía y en los principios comunitarios, con una primacía de lo social y colectivo frente a lo individual y económico. Esta visión del mundo se caracterizaría por el eurasianismo, tendiendo a la unidad continental de la Gran Isla Mundial, siendo máximos representantes de esta corriente geopolítica tanto Alemania como Rusia, oponiéndose sus intereses tanto económicos como geopolíticos e ideológicos a los encarnados por las potencias marítimas anglosajonas de EE.UU. e Inglaterra, máximos representantes del atlantismo.

Es así como dentro de la evolución histórica universal el atlantismo, como teoría y corriente geopolítica e ideológica, ha tomado plena autoconciencia de sí mismo, y resulta ser a día de hoy el máximo artífice de la globalización siendo su infraestructura ideológica, la cual orienta la estrategia y la política exterior de las potencias marítimas. Evidentemente esta corriente o doctrina geopolítica, da lugar a una visión del mundo muy variada y heterogénea pero esencialmente unitaria.

De tal modo podemos ver claramente las pretensiones de las potencias marítimas de evitar e impedir a toda costa la unidad del gran continente euroasiático, lo que supondría en definitiva el control de la Gran Isla Mundial y el fin de la hegemonía de las potencias marítimas. Fue así como Sir Halford McKinder teorizó la visión geopolítica de las potencias marítimas modernas, y que determinaría de manera decisiva sus actuaciones en el campo internacional impidiendo a toda costa un acercamiento entre Alemania, Rusia y Japón. Esto, a día de hoy, se plasma en un intento por distanciar a la UE de Rusia, y de obstaculizar en lo posible la política exterior francesa que tiene como objetivo alcanzar la unidad política de Europa.

Se trata, si se quiere, de una lucha cósmica entre visiones del mundo antagónicas representadas por la Tierra y el Mar respectivamente, una lucha que enfrenta continentes entre sí por la hegemonía planetaria, y consecuentemente por el triunfo de su particular concepción del mundo. Las fuerzas marítimas anteponen la economía, el igualitarismo y lo material como fundamento de su proyecto civilizacional, lo que significa la primacía del individualismo liberal junto al reino de la cantidad definido por el beneficio privado, el consumismo y las corrientes positivistas junto al dominio de la técnica en la esfera socio-política.

Las fuerzas continentales, dominadas por una visión euroasiática, basan su concepción del mundo en la primacía del territorio y de lo político dentro de su proyecto civilizacional, y que encarnan en cierta manera la idea imperial terrestre de Roma por construir una universitas de carácter continental en la Isla Mundial Euroasiática. Es el mismo proyecto que se opone radicalmente al atlantista, al de las fuerzas marítimas que centran su atención en el dominio oceánico y en la primacía de la economía, es por tanto, un proyecto que antepone la jerarquía y el idealismo como oposición al igualitarismo y al materialismo.

Unas fuerzas, las marítimas, persiguen por medio del igualitarismo la primacía económica y la expansión del mercado, lo que supone en última instancia la extensión y universalización de los valores y forma de vida occidentales que eclosionaron durante la Ilustración, de los cuales EE.UU. pasaría a ser el máximo exportador y promotor; un proyecto basado en el individualismo y que persigue la homogeneización universal de pueblos y culturas bajo la fórmula del mercado. Las fuerzas continentales, en sentido completamente opuesto, vendrían a ser la antítesis de la globalización, que significa en definitiva la primacía de la Tierra sobre el Mar, y con ello la hegemonía de un modelo universal fundado en oposición al materialismo y el igualitarismo.

La corriente antagónica al atlantismo, la euroasiática, afirma la diferencia y particularidad de cada pueblo y cultura dentro de un espacio territorial común: Eurasia. A esto se le suma su oposición al individualismo de signo liberal, aquel que implanta no sólo la atomización en el plano social, sino que constituye el desgarramiento ideológico y cultural de la sociedad, inmersa ya en un relativismo de valores en el que el igualitarismo actúa como catalizador. Frente a esto se opone la primacía de la comunidad, de los intereses de la sociedad sobre los individuales, y el establecimiento de una unidad cultural y espiritual fundada en un proyecto transformador en lo moral. A esto se suma la voluntad de contar con una independencia y autonomía en el plano material y económico a través de la autarquía de los grandes espacios continentales, quedando supeditada la economía a lo puramente político.

Esto, inevitablemente lleva a la confrontación geopolítica entre fuerzas opuestas en una conflagración que tiene por objeto la destrucción del opuesto. Las fuerzas atlánticas extienden su influencia a través del mercado y de la cultura que este inspira, y centra su atención en el hearthland euroasiático para impedir la unidad continental, aquella que le haría perder su hegemonía e impediría, en definitiva, la integración a escala planetaria de los diferentes pueblos y culturas dentro del mercado y del sistema capitalista mundial.

Se puede percibir claramente que la globalización ha dado un nuevo impulso a las doctrinas geopolíticas y a las respectivas visiones del mundo que encarnan, llevando al planeta a una situación en la que el destino de la humanidad depende de la victoria de una de ellas. Las fuerzas euroasiáticas (hoy como ayer representadas fundamentalmente por Rusia) tenderán a expulsar de la Isla Mundial la intromisión de las potencias marítimas que tratan de impedir la unión continental entre Asia y Europa, implantando para ello regímenes afines a la política de las talasocracias oceánicas, como es el caso de los países bálticos o del este de Europa.

Es así como en este contexto se produce un acercamiento entre Rusia y la UE que tiende cada vez hacia una mayor colaboración en cuestiones fundamentales de la agenda política internacional, lo que conlleva, pese a las reticencias existentes dentro de la propia UE y a las presiones angloamericanas, a una mayor concienciación del carácter continental que ha adquirido la política en este siglo XXI.

A esto se le suma el carácter profundamente refractario de los EE.UU. hacia el regionalismo como nueva corriente que tiende hacia la integración económica y política de diferentes países pertenecientes a un mismo continente o a una misma tradición histórica, étnica, cultural… Esto se debe en la mayor parte de los casos a que EE.UU. no controla dichos procesos de integración, salvo en el caso europeo, en el que ha logrado influir de forma decisiva llevando a cabo la integración previa en la OTAN de los que posteriormente serían nuevos socios del club europeo.

Vemos así que, la Tierra y el Mar son los representantes físicos de dos visiones del mundo opuestas, las cuales orientan la política exterior de pueblos y naciones en un sentido u otro, y son al mismo tiempo los inspiradores en cada caso de un determinado sistema de valores y de una ideología concreta. La globalización constituye el enfrentamiento entre la Tierra y el Mar, es la emergencia de una lucha ideológica mucho más profunda, en la que cada vez más, y con especial intensidad, van cobrando fuerza y forma la una frente a la otra. En un lado el expansionismo económico angloamericano, en el otro los fenómenos regionales de integración continental y las aspiraciones euroasiáticas cada vez mayores de UE y Rusia. La suerte está echada.

* http://emboscado.blog.com

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