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jueves, 9 de diciembre de 2010

La Izquierda del Frente Nacional


 
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Por Osvaldo Calello

En octubre de 1945 el periódico Frente Obrero publicó bajo el título “¡Por qué apoyan los obreros a Perón!” un artículo en cuyo párrafo inicial afirmaba lo siguiente: “Los acontecimientos de los días 17 y 18 de este mes han dejado perplejos y confundidos a los stalinistas y, en general, a toda la pequeña burguesía que se hallaba bajo el influjo ideológico de la oligarquía y del imperialismo (...) ”. Sin embargo, “una justa interpretación de los sucesos indicados no puede hacerse sin considerar el momento que vive el mundo. La clase trabajadora de todos los países siente oscuramente que las condiciones han cambiado, que deben reorganizar sus cuadros y rectificar el rumbo seguido en los pasados años. Al proletariado argentino la política peronista en los sindicatos le ofreció un inesperado apoyo para librarse, en parte, del abrazo asfixiante de los partidos socialista y comunista, que querían utilizar las fuerzas de la clase obrera para remachar las cadenas de la explotación imperialista”. Más adelante el artículo sostuvo: “Aquellos que desconocen el sentido y la importancia de las tareas nacionales en nuestra Revolución, están incapacitados para comprender estos acontecimientos en general, están incapacitados para comprender nada”.

La posición de Frente Obrero en octubre de 1945, continuidad plena de la posición antiimperialista asumida frente a la guerra entre las burguesías democráticas y las burguesías fascistas, marcó el origen de una corriente de signo marxista conocida como izquierda nacional. La delimitación respecto de la izquierda colonial, aliada de la Sociedad Rural, la Unión Industrial, la Bolsa de Comercio, los viejos partidos tradicionales y la embajada norteamericana estableció un corte definitivo y a la vez constituyó un acto fundacional de una nueva perspectiva política. El peronismo fue definido como un movimiento nacional burgués, apoyado por los trabajadores para desarrollar las tareas nacionales en un país semicolonial, encaminado hacia la construcción de un capitalismo independiente, en oposición a la tradicional política de dependencia seguida por el bloque oligárquico integrado por los terratenientes de la pampa húmeda y la burguesía comercial y financiera, en sociedad con el capital extranjero. Ante la división de la Argentina semicolonial de mediados de la década del 40 en dos campos antagónicos, el deber de los revolucionarios socialistas era el de apoyar al movimiento nacional emergente, aun teniendo en cuenta los límites de su programa y sus contradicciones de clase, manteniendo una estricta independencia ideológica, política y organizativa, y señalando la necesidad de profundizar el enfrentamiento contra las viejas clases dominantes con medidas de corte socialista.

El posicionamiento de los revolucionarios marxistas en 1945 partía de reconocer que en un país atrasado y dependiente, integrante del vasto mundo de naciones coloniales y semicoloniales, las contradicciones de clase entre el proletariado y la burguesía está sobredeterminada por la presencia de una contradicción de carácter nacional entre los intereses del país y las formas de dominación y opresión impuestas por el capital extranjero. Este entrelazamiento decide, en definitiva, la suerte de los pueblos que luchan por su emancipación en la periferia capitalista. En efecto, las experiencias de los movimientos populares en estos lugares enseñan que las tareas nacionales, agrarias y democráticas no alcanzan su plenitud a menos que los trabajadores y los sectores más avanzados de la sociedad radicalicen el programa en sentido anticapitalista. Pero a la vez, la apertura de una transición de este tipo no es posible a menos que una corriente socialista revolucionaria enarbole las banderas nacional-democráticas junto a las grandes masas obreras y populares que aún recorren el camino del capitalismo.

Entre junio de 1946 y septiembre de 1955 los dos primeros gobiernos de Perón señalaron la progresividad, contradicciones y límites del programa de revolución nacional que señaló durante una década el rumbo del movimiento popular. El proyecto de instaurar un capitalismo independiente se derrumbó finalmente en medio de la conspiración de la oligarquía, los partidos tradicionales y la Iglesia, ante la negativa del jefe nacional a dar batalla, profundizando el programa original hasta remover de raíz el poder material de los terratenientes, especialmente del núcleo invernador, afirmado en el control de la renta diferencial de las tierras de la pampa húmeda. El respeto por los derechos de propiedad de una fracción de clase esencialmente parasitaria pero a la vez capitalista, estableció el límite de un movimiento que giraba en torno a la contradicción de origen entre su programa burgués nacional y su base obrera. Consciente de la inestabilidad de esta combinación, y de los riesgos de una radicalización para una jefatura de corte bonapartista, mientras conservó el gobierno Perón nunca admitió la formación de un ala izquierda en su movimiento. Esta cruda verdad la comprobaron entre otros los dirigentes obreros del Partido Laborista en 1946, y tres décadas más tarde quienes creían que el peronismo era el camino al socialismo.

Septiembre de 1955 marcó los límites del peronismo como movimiento nacional. Marzo de 1976 señaló el agotamiento definitivo del programa nacional burgués. El proyecto de la dictadura terrorista instaurada treinta años atrás significó el cierre definitivo del ciclo de industrialización basado en la sustitución de importaciones iniciado por los gobiernos conservadores a mediados de los años 30. Durante cuatro décadas los intereses de las capas medias y bajas del empresariado local habían mantenido grados variables de coincidencia con los trabajadores, sobre la base de la expansión del mercado interno y la negociación del salario como factor de consumo. El programa de Martínez de Hoz significó, al mismo tiempo, el colapso de la burguesía nacional que había sobrevivido políticamente a través de parte de las direcciones peronistas y del frigerismo tras la caída del 55. Por entonces ya estaba próxima una reconversión de alcance mundial en los patrones de acumulación que habría de enterrar la antigua relación capital-trabajo de la época keynesiana, instaurar niveles más profundos de explotación tanto en el centro como en la periferia, y producir un nueva división internacional del trabajo, derivando hacia las zonas del planeta de salarios más bajos y peores condiciones laborales ciertos segmentos del proceso productivo. La apertura comercial y financiera, el desguace de la estructura de empresa pública y la liquidación de los mecanismos reguladores de carácter estatal, junto con la concentración, centralización y extranjerización del capital, y la degradación de las condiciones laborales, proceso que se desarrolló a fondo en los países atrasados y dependientes, desmanteló el viejo frente de clases articulado a mediados de la década del 40, e impuso nuevas condiciones para los realineamientos de contenido popular-nacional. En Argentina este impacto se experimentó de lleno en los años 90. Pero antes de eso a partir de diciembre de 1983 (y por supuesto de ahí en adelante), la grotesca caricatura democrática de sucesivos gobiernos radicales y peronistas, subordinados a los dictados del gran capital, local y extranjero, explicaron (y explican) a través de la contundencia de los hechos, que las burguesías nativas sólo pueden asegurar un futuro de degradación y sometimiento nacional.

A más de medio siglo de distancia del 45 las condiciones que permitieron afrontar el desafío de construir un capitalismo de signo nacional, han variado sustancialmente. El proletariado y la burguesía nacional ya no son fuerzas emergentes; por el contrario luego de tres décadas de liquidación de segmentos enteros del aparato productivo han perdido peso en la estructura social. El aparato estatal de los años 40 profundamente imbricado en el proceso de acumulación a través de las empresas públicas ya no existe. Una suerte parecida corrió el ala nacionalista del Ejército, componente gravitante del primer peronismo. En cambio, la concentración del capital de las últimas décadas ha fortalecido a la burguesía de los grandes negocios, altamente trasnacionalizada, protagonista privilegiada de la especulación financiera del ciclo neoliberal; mientras que esa misma concentración, combinada con una marcada desnacionalización, ha colocado a las corporaciones imperialistas al comando de la economía.

Como resultado de estas transformaciones una aguda polarización de clase ha quebrado todos los equilibrios de la sociedad argentina, y puesto a los trabajadores y al conjunto de las clases nacionales frente a una situación enteramente nueva. Las consignas y reivindicaciones nacional-democráticas ya no pueden estabilizarse en los límites del orden capitalista. Se trata de una comprobación de orden general. La presente experiencia de la revolución venezolana prueba que las tareas agrarias, democráticas, antiimperialistas sólo pueden afianzarse a partir de medidas de corte radical, destinadas a afectar el sistema de propiedad de las antiguas clases dominantes y el capital extranjero. En esa misma dirección apunta la reciente nacionalización de la explotación de hidrocarburos dispuesta por el gobierno boliviano y sus anuncios de reforma agraria. Las enseñanzas de la Revolución Cubana son ilustrativas al respecto. En Cuba la revolución, inicialmente democrática contra la corrupción y el despotismo del régimen semicolonial de Fulgencio Batista, se transformó sobre la marcha en una revolución agraria, y en el curso de una continuada radicalización adoptó un programa de orientación socialista. Fidel Castro y sus compañeros de Sierra Maestra comprobaron al calor del enfrentamiento con la dictadura, que los objetivos iniciales sólo podían ser alcanzados enraizando el programa democrático en el campesinado, lo que necesariamente significaba afectar los intereses vitales de los grandes terratenientes y adoptar medidas antiimperialistas contra sus socios, las corporaciones norteamericanas, verdadero poder en la isla. De forma tal, a medida que el programa revolucionario ganaba en profundidad social, la resistencia de los círculos del privilegio local y extranjero se acrecentaba, obligando a adoptar un curso de transición que entrelazaba las realizaciones de contenido nacional-democrático con avances de tipo anticapitalista.

En Argentina, particularmente, la suerte de este proceso depende en buena medida de la iniciativa que sean capaces de desplegar los trabajadores y el conjunto de las clases explotadas. En definitiva fueron los obreros los portadores de los programas más avanzados que conoció el país industrial que perduró hasta el último cuarto del siglo pasado. En 1957, en época de la Resistencia Peronista contra la dictadura de Aramburu-Rojas, el Plenario Nacional de Delegaciones Regionales realizado conjuntamente con las 62 Organizaciones en la localidad de La Falda aprobó un programa entre cuyos puntos centrales se planteaba el control del comercio exterior, la liquidación de los monopolios vinculados a la exportación e importación, la nacionalización de las fuentes de energía y de los frigoríficos extranjeros, el control estatal del crédito, la expropiación del latifundio y el control obrero de la producción y la distribución de la riqueza, además de reclamar el reestablecimiento del principio de la soberanía popular. Cinco años más tarde en presencia de otra dictadura oligárquica, un plenario de las 62 Organizaciones celebrado en Huerta Grande avanzó sobre estos puntos ampliando el área de nacionalizaciones hasta áreas estratégicas como la siderúrgica, y sostuvo la estatización del sistema financiero. Finalmente el 1° de mayo de 1968, la CGT de los Argentinos, enfrentó a la autocracia de Onganía con un programa de alcance similar a los anteriores. En esa misma dirección se orientaron los planteos de los sindicatos automotrices por empresa en Córdoba (Sitrac y Sitram), a comienzos de la década del 70. Es cierto que los programas de la CGT y las 62 respondían a la decisión de Perón de golpear por “izquierda” a las sucesivas dictaduras oligárquicas que se habían turnado en el poder tras la derrota de septiembre de 1955, pero no es menos cierto que coincidentemente expresaban el nivel de combatividad y de avance político a que se elevan los trabajadores en los momentos en que la tensión de la lucha de clases se intensifica.

Una corriente revolucionaria que aspire a desempeñar un papel significativo en la futuras batallas que habrá de emprender el pueblo argentino, debe tener muy en cuenta el contenido de estas experiencias. En definitiva el entrelazamiento de las banderas nacionales y las banderas socialistas, de las reivindicaciones nacional-democráticas y las reivindicaciones de clase, constituye la piedra angular de un Frente Antiimperialista encaminado a reestablecer la continuidad de las luchas obreras y populares del 17 de octubre y el cordobazo, y a proyectarlas en un sentido latinoamericano y revolucionario.

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