Bienvenidos al Frente Negro

martes, 3 de mayo de 2011

Semblanza de John William Cooke, por Ernesto Goldar

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Presentamos este texto escaneado de un viejo libro de textos de Cooke compilado por Ernesto Goldar, autor de esta detallada semblanza. Importante sobretodo para quienes empecinados en combatir al peronismo, coinciden en sus posiciones presuntamente revolucionarias con el establishment conservador, que solo busca restaurar el predominio de sus intereses, no viéndose afectado por las "luchas" de los puristas ideológicos del trostkismo. Cooke decidió en su momento dar la lucha contra los oportunistas, burócratas y acomodados, desde el peronismo y siendo un revolucionario, lo que equivale a pararse al lado del pueblo y no enfrente de él, para alcanzar la liberación nacional y social, poniendo el cuerpo y no poniendo trabas.

La biografía para los biógrafos. Es cierto, la historia no es ajena de significados y los hechos valen tanto como el pensamiento cuando de un militante se trata. El revolucionario, demuestra su condición transformando, uniendo la teoría a la práctica y la acción a la lógica de sus escritos. Mas para una reconstrucción de la vida política de Cooke reconocemos en mejores condiciones de hacerla a los que convivieron la precisión nerviosa de sus propuestas y la compleja realidad que junto a él cambiaban creando. Dejamos por ahora los detalles reveladores y preferimos las grandes y rigurosas líneas de su pensamiento original y coherente. Trabajaremos sobre cuatro ideas que se reiteran en sus escritos, ejes ciertos que estructuran con seguridad más subtemas pero que, en conjunto, guardan relación entre sí como "clásicos" a los que Cooke empecinadamente vuelve.

Vamos a redondear los problemas que siguen -nada definitivos, es verdad- pero que pueden ayudar a la sistematización de un pensamiento rico de experiencia, crudamente incitativo y vigente:

l. La Correspondencia Perón-Cooke leída como no correspondencia, vale decir, una relación Perón versus Cooke.
2. Intransigencia, insurrección e idea del partido.
3. La crítica de la Razón Burocrática.
4. El peronismo entendido (y realizado) como "negatividad", y el socialismo.

Esta aproximación implica un rastreo -una ida-regreso "ad frontes"- intentando demostrar el curso impaciente del marxismo en la expresión práctico-teórica más lúcida del peronismo revolucionario, marxismo primero anticipado y después explicito en el pensamiento de John William Cooke. Por eso escribimos directamente pensamiento socialista, para evitar estériles escarceos semánticos.

Dos párrafos (inevitables) para ubicar a Cooke en la historia reciente. Nace en La Plata en 1920 y la proximidad de correligionarios de Hipólito Yrigoyen le dan el tono nacional y nostálgico a sus primeros discursos antiimperialistas en la Cámara de Diputados. Está del buen lado del parlamento cuando en 1946 ocupa un escaño peronista que le permite intervenciones medulares, oscilando entre fundamentaciones jurídicas y recurrencias a los ciclos paradigmáticos de la historia argentina. Abogado nacionalista en la década del cuarenta, profesor de Economía Política en la Facultad de Derecho, especializado en monopolios y deterioros en los términos del intercambio, vota en contra del Acta de Chapultepec y de la Carta de San Francisco en 1947. Es un peronista consecuente que se rebela contra la obsecuencia de los "verticales" de su bloque que de tan serviles prohijaban acuerdos ciegos con el imperialismo. En las elecciones de 1952 no integrará las listas. Para ese tiempo la crisis de la prosperidad económica comienza a enrarecer las soluciones sencillas y la dirección del Movimiento iniciado en 1945 se enfrenta con las urgencias históricas que el país obliga, debiendo optar entre seguir de una vez por todas hacia adelante o detener la marcha para conciliar v terminar finalmente claudicando. Cooke visualiza la debilidad ideológica del "gigante fósil" que es el peronismo sin dirección revolucionaria. Desde 1954 dirige el semanario De Frente criticando a los ineptos que bloquean la movilización organizada e insiste en cambios políticos y de estructura indispensables. Pero Eva Perón ha muerto, aumenta el costo de la vida, se exige oficialmente "mayor productividad" y los sindicatos siguen controlados por sumisos negociadores de plusvalía en un mercado interno decreciente. El imperialismo, ya totalmente recuperado, acerca de nuevo a su lado al aliado natural que había perdido ---esa burguesía nativa tan elogiada por los panegiristas de la "armonía de clases"- y junto a sus socios reverentes, la oligarquía, el gorilaje militar apátrida, los burgueses "progresistas" y la cómplice omisión de los burócratas corruptos del peronismo declinante, descarga el golpe fácil en setiembre de 1955. Allí, en esa triste noche de la desbandada, es donde Cooke aparece haciendo "pata ancha".

Había demostrado a Perón hasta el cansancio que se podía resistir. Pero el general elige el exilio y dona a Cooke, que ha sufrido prisión y vejaciones junto a mi]es de trabajadores, los anónimos oropeles de la acción clandestina, esos galardones que ahora queman en las manos de los defenestrados personajes de las buenas maneras pues contienen ese submundo de "caños", torturas, insomnio y ráfagas de ametralladora del cual ni siquiera conviene enterarse.

Cooke pelea, orgniza, crea, hace la historia silenciada, cae preso y escapa a caballo a través de la cordillera y de nuevo en Chile sigue organizando, planifica agitaciones y atentados desde la cárcel, extiende la red de "resistentes" armados, y critica, polemizando con los inservibles, escribiendo con tinta simpática desde el encierro y pasando directivas y memorándumes en clave. Cooke es el "duro", el clandestino,firme en los principios, optimista y flexible, no dogmático en las alternativas infinitas de la acción.

De esa Resistencia sólo queda esta palabra que escribimos con mayúscula, pues todo lo han borrado el horror y las requisas, menos un puñado de compañeros mutilados, otros tantos muertos que el olvido borrará y los nervios quebrados de los sobrevivientes de esos primeros "comandos" peronistas. 1956-1957: noches de cólera, consignas y sigilo. Pero también de traición: frente a los duros, además de las picanas de los servicios de inteligencia, están los "blandos" que han comenzado a conspirar contra Cooke, el intolerable dirigente de la línea insurreccional que parece no detenerse nunca. Estas acciones perjudican los enjuagues de los que siempre han pactado con los mandones de la Casa Rosada.

Éstos le chismosean a Perón, le cuentan cositas "imperdonables" de Cooke y de Alicia, su mujer, escarban en los errores. Y después del pacto con Frondizi, cuando la "integración" del peronismo perseguido al sistema, abre las miserables expectativas de los blandos, cuando estalla y se extiende una de las huelgas generales más virulentas que registra la historia obrera argentina -la del 17 al 21 de enero de 1959, en repudio a la desvergonzada entrega frigerista - los honorables correveidiles de la "causa popular" se adicionan al coro de los salvadores del Orden y denuncian a Cooke a la policía por supuesta asociación con las fuerzas "diabólicas" del "marxismo internacional". Perón lo separa inmediatamente de la dirección de la lucha. Lo reemplazará por Alberto Campos, un dirigente metalúrgico digno de la confianza de todos los temerosos. Cooke está despromovido, pero no se sorprende, pues ya había advertido a Perón· que entre la línea insurreccional Y los blandos no hay unidad posible. "Son dos tendencias con objetivos diferentes", dirá, y se permite arrimar esta aguda cita de Mao: "Estamos contra el dualismo en las direcciones estratégicas y por el golpe dado en una sola dirección". Cooke ha cometido el pecado de dirigir la insurrección armada, de volarle los puestos policiales a Aramburu, de pararle con "las 62" el país a Frondizi, de no dejarse comprar por los dólares petroleros.

En 1960 se va a Cuba. Participa en acciones militares cuando la invasión norteamericana y redescubre a la guerrilla como método, la misma política irrecuperable de la lucha armada qua había ejercido durante los años de la Resistencia y las guerrillas urbana y rural del Ejército Nacional de Liberación (E.L.N.) y el "Uturunco", a fines de 1959. Se encuentra con Ernesto Guevara, mejor dicho, se reencuentra consigo mismo, con la acción creadora que ha percibido y realizado como modelo cierto. Cuba lo ratifica, le prodiga seguridad al pensamiento dándole un marxismo liberado de los anaqueles, vivo, que inserta naturalmente en él peronismo que lo recibe ávido, consciente de su potencialidad transformadora, continuación (y no ruptura) con la naturaleza revolucionaria de la clase obrera. La muerte se lo lleva en 1968. Ha creado una tendencia dentro del peronismo que se define antiburocrática, socialista, profundamente nacional y hermana de todos los expoliados del mundo. Ha puesto al peronismo al día, de acuerdo con la realidad a modificar, y la tendencia revolucionaria crece apoyada en su pensamiento y en las formas de lucha de su vida, con efecto multiplicador irreversible.


Correspondencia Perón versus Cooke

La correspondencia Cooke-Perón se inicia el 12 de agosto de 1956 y finaliza casi diez años después, el 21 de febrero de 1966. Ha sido presentada en dos tomos -hay varias ediciones~ y la compilación es ya de por sí significativa.

La primera parte es Perón-Cooke o viceversa; la segunda es en cambio Cooke casi sin receptor, monologando dramáticamente. Dentro de ese epistolario militante caben todas las audacias del pensamiento político. Es fundamentalmente al principio un diálogo entre dos personalidades conscientes de hacer época, inteligentes, desmedidos hasta la mesura, con la prudente franqueza de quienes saben hacer política.

Desde el vamos se meten con todo: Cooke no baja de las cuarenta páginas en sus informes, planes y polémicas; Perón también -aunque recatado en el esfuerzo-. Hablan, planifican, controlan, critican y ponen en ejecución: se respetan.

Cooke siempre lo admirará como líder, y Perón, tan proclive a las paternalidades no se atreve a ponerse en consejero, aunque en el instante de mayor aspereza, cuando el coloquio se ha roto, lo llamará "Querido Bebe". Existe la racionalidad afectuosa de quienes en los primeros tiempos hacen iguales cosas y la demostración cordial -nunca diplomática- de los varios años posteriores en que estarán ideológicamente distanciados. La "correspondencia" comienza como un ancho sendero que después se bifurca, no en un laberinto borgiano sino en paralelas equidistantes, fijas, irreconciliables. Pues aun desde el principio nada es confuso; dicen todo lo que quieren decir (o lo omiten) para estar finalmente --diríase que con alivio- en absoluto desacuerdo.

Por esas cartas transcurren todos los temas del tembladeral político: problemas de estrategia y táctica, sociología de la revolución, electoralismo, golpismo, metodología, filosofía y teoría de la organización, el pártido, la burocracia, la insurrección y el socialismo.

Para dirigir esta misión ha encomendado a Cooke: "Por la presente autorizo al compañero doctor John William Cooke, actualmente preso (en Chile) por cumplir con su deber de peronista, para que asuma mi representación... En él reconozco al único Jefe que tiene mi mandato para presidir a la totalidad de las fuerzas peronistas organizadas en el país y en el extranjero, y sus decisiones tienen el mismo valor que las mías", fechado en Caracas, el 2 de noviembre de 1956.

Se escriben desde el exilio y la cárcel. Lo hacen de prisa, "a la disparada" confiesa Cooke, que siempre será directo, abrumador, inteligente, muy escritor, ansioso por informar, minucioso porque nada quede en la máquina de escribir que tabletea toda la noche junto a la jarra de café y el cigarrillo detenido en la boca. El texto revela dos caracteres (y no intentamos hacer psicología). Perón del primer tomo es un eterno optimista, calmo y entusiasta a la vez, un "realista" que saca conclusiones generales, universaliza la situación y traza la estrategia. Parece estar muy seguro con los "completamente de acuerdo" y "yo pienso como usted" que reitera como una modalidad de actuar a remolque de los hechos, sin asombrarse, señalando siempre identidades sin cerrar ninguna posibilidad. Están organizando la insurrección popular en la Argentina; Perón repite los esquemas de Conducción política: unidad de acción y unidad de concepción. Para él la estrategia es un vasto común denominador: habla del "honor de los generales" - esos mismos que lo echaron-, es evidente que ha dado varias "directivas" distintas -¿a Cooke y a cuántos otros?-, no se sabe si en las elecciones, proscriptivas, para constituyentes de 1957 propicia el voto en blanco, la abstención, o si le cierra del todo la puerta al frondizismo. A Perón parece gustarle el lado rosado de la vida. Habla de armas, sabotaje, y de "quilombificar" al país. Pero de pronto se descuelga con la idea de una huelga obrera general donde "sería menester hacer parar a todos los patrones" (sic), fechada en Caracas el 17 de mayo del 57, o buscando apoyo geopolítico y negando totalmente lo que afirma en el libro que está escribiendo en esos días, Los vendepatrias, al tratar de conseguir el sosten de las inversiones norteamericanas ("creo que si no conseguimos su apoyo, por lo menos conseguiremos que no apoyen a la dictadura", (Caracas, 5 de junio de 1957) para calificar a los Estados Unidos como "gobierno amigo", (Caracas, 11 de junio 1957).

Perón no es severo, con los "neoperonistas", ni con los oportunistas que "usan su nombre". Utiliza a todos: esto se ha repetido mil veces. Deja que el tiempo corra a su favor, esto también se ha dicho. Es un evolucionista ("la dictadura se está autodestruyendo", describe), anda sin apuro, es ambiguo, él ya ,ha dictado cátedra sobre determinismo histórico en su libro La comunidad organizada, de 1951: parece empecinarse en una indefinición constante. Evidencia en esos días sus rasgos mejores, pero es un militante equívoco, afecto a las generalizaciones contradictorias, a la idealización de la armonía, a la idea de la conducción como un conjunto tan indiferenciado que resulta imposible conducir. (Fanon observaría en este rasgo el "marasmo" típico del nacionalista burgués).

El expectativismo no es un defecto en Perón. Se trata de una concepción de la organización, de una idea (imposible) de la insurrección, de una visión del mundo. Y aquí choca con Cooke. Choca frontalmente desde las primeras cartas.

Cooke siempre domina (conoce) el terreno, es concreto, particulariza, reclama precisión táctica, une estrategia y táctica en la política insurreccional, observa el detalle y el conjunto, señala la necesidad de la ofensiva, no cree en la "buena fe" de los equivocados, denuncia el desviacionismo de los traidores, contrasta, pega, es optimista, si, pero indicando carencias ("no tenemos organización "), busca homogeneidad, diferencia. No cree en el determinismo histórico; hay que "crear las condiciones", repite, montar una organización revolucionaria, centralizada y única. Perón lo decepciona: "Si diez grupos trabajan me entiendo con los diez", contesta. Entonces comienza a cambiar de tono las epístolas. Cooke se planta: ¿Perón quiere la insurrección o no la quiere? Y lo aprieta: el general contesta penosamente, no sabe adónde va ni lo que se debe hacer, la carta del 17 de mayo de 1957 (Caracas) es patética. Ni que si, ni que no, antes al contrario. Cooke parece estar avanzando serio y lo cerca.

Desde este momento Cooke informa y Perón responde "muy atinado" y agrega algunas generalidades. La correspondencia se hace tensa y los protagonistas prevén el desenlace. Lo dirá Cooke en una de las piezas más talentosas de la acción revolucionaria en la Argentina: es la carta del 28 de agosto de 1957. Es un extenso y completísimo Informe general y plan de acción. Si Perón lo aprueba es posible tomar el poder. Si se continúa con el manoseo de las indefiniciones, las ambiguiedades y la armonía con los mediocres, la oportunidad se retrasará indefinidamente. Cooke ha planificado, vivido la etapa insurreccional y está en condiciones de observar: " 1) la situación del Movimiento; 2) el reajuste y la reorganización del Movimiento". Actualmente es inorgánico y vulnerable. La estructura debe ser eficiente en cualquier circunstancia. Son condiciones indispensables soldar "la unidad del Movimiento, darle una dirección insospechada de desviacionismo, adecuar sus estructuras a la lucha, encuadrar a todo el Movimiento dentro de ella y crear una disciplina para el trabajo interno y para la conducta externa"; 3) el aspecto estrictamente operativo supone "principios generales" y "dispositivos". Los primeros implican una exigencia general: actuar. Debe estudiarse cómo impulsar la acción, de qué modo organizarla, la correlación de las fuerzas que la acción desarrollará y el estado en que se encuentran estas fuerzas y todo lo específico de la insurrección y de la política insurreccional. La "interconexión" operativa es esencial. Concretamente, sobre los "dispositivos" de la lucha, Cooke propone ocho estructuras que actuarían sobre diversos campos a la vez, centralizada y descentralizadamente: Comando de Exilados, Comandos Clandestinos; Organizaciones Gremiales, Organizaciones políticas semilegales, Organizaciones paralelas, Publicaciones periodísticas, Alianza Libertadora Nacionalista y una División (Central) de Operaciones; 4) los objetivos del plan no pueden ser otros que la Insurrección General. Para ello deben sensibilizarse las organizaciones captando las condiciones objetivas y subjetivas ("el nivel revolucionario popular"), el deteriorado frente del adversario ("descomposición de nuestros enemigos"), y el Momento de la Insurrección, que deberá preparar una continua actividad de provocación y sabotaje sin descuidar tareas de infiltración en las filas militares del gobierno de ocupación.

Por toda respuesta, Perón le asegura que se parece a Napoleón. (Caracas, 1 de setiembre de 1957). El 18 de junio de 1958 le envía desde Ciudad Trujillo una carta crítica y lo despromueve: "Según las cartas que recibo hay un poco de mar de fondo contra usted y Alicia, que no alcanzo a comprender por qué sucede, pero debo tener la franqueza de decírselo, evitando toda reserva mental inaceptable entre nosotros. Creo que ustedes deben abandonar toda acción directa de ejecución y reducirse a la conducción estratégica si no quieren verse envueltos dentro de poco en un galimatías irresoluble". La correspondencia se desinfla, transcurren meses, incluso años, entre una carta y otra. Cooke insistirá, obsesivamente por mantenerlo informado, por arrancarlo de España, criticando los delegados que él ha puesto a la cabeza del Movimiento, analizando el fracaso del "operativo retorno" en 1965. El tono es duro: "Reincido la relación epistolar -unilateral- que venía manteniendo con Ud." (15 de junio de 1962). Perón no contesta; pasan meses, Cooke sigue escribiendo y el general no contesta. "Ud. eligió las direcciones que actúan en la Argentina. Si eligió ciegos, sus razones habrá tenido, que no puedo adivinar; pero, por favor, déles un bastón blanco a cada uno para que no se los lleve por delante el tráfico de la Historia, porque seremos todos los que quedaremos con los huesos rotos". Ha pedido cosas imposibles a la ideología de Perón: "Defina al movimiento como lo que es, como lo único que puede ser: un movimiento de liberación nacional, de extrema izquierda en cuanto se propone sustituir el régimen capitalista por otras formas sociales,· de acuerdo a las características propias de nuestro país" (Marzo 3 de 1962).

Fidel Castro lo invita por medio de Cooke a visitar Cuba: "Fidel lo invita a que se vaya a vivir a Cuba, donde Ud. será acogido como corresponde a la jerarquía de líder del pueblo argentino". Es inútil, Perón no contesta. Cooke finalmente se cansa. Escribió durante diez años y se confiesa derrotado por la tozudez del caudillo que se niega a escuchar: "Mis argumentos -le dice desde La Habana en enero de 1966-, desgraciadamente, no tienen efecto: Ud. procede en forma muy diferente a la que yo preconizo, y a veces en forma totalmente antitética. Ud. es invulnerable a mis razones".

 
Intransigencia, insurrección y partido

¿Que es lo que diferencia a Cooke? ¿Qué hace original a su pensamiento político? ¿Qué ingrediente básico lo define continuamente como alternativa? Parecería redundante, pero, lo que diferencia a Cooke es su criterio de diferenciación. Cooke considera ya para 1956 agotada la participación de los viejos figurones que siguen sembrando la confusión y el desconcierto. La meditada planificación de la línea insurreccional entraña el desplazamiento natural de los inútiles y de los tránsfugas proclives a todas las maniobras "recuperadoras" del sistema: La "integración" frondizista, el electoralismo, la ilusión golpista y las variantes "participacionistas" de los mariscales blindados posteriores a 1966. Cooke es la Intransigencia, en el movimiento nacional de masas, la prédica práctica para no "alvearizarse", el alerta para que la clase obrera no afloje y se entregue desdentada. "Producido el zarpazo setembrino -dirá para setiembre de 1957- el peronismo sin vacilaciones proclamó la Intransigencia Absoluta como única actitud éticamente admisible. Fue una respuesta a los planes de vasallaje, una negativa a complicarse en la entrega, un desafío a la perversión transitoriamente victoriosa". Pero no todos los peronistas siguen esa línea: ahí están los "blandos", los neoperonistas, los pactistas de turno maniobrando el triste comercio de los votos y las canonjías. Cooke los denuncia, y marca la diferencia. Lo distinto no es una actitud teórica, un gesto meditado en las bibliotecas. Lo original de la línea dura es la práctica, el modelo de la insurrección o, para ser mis precisos, la política insurreccional de masas.

Cooke, dos años antes de la aplicación cubana de la guerrilla ya visualiza (y ejecuta) a la insurrección como método. No venimos aquí a condecorar anticipaciones, porque a la ejemplar proyección histórica del Comandante Guevara sólo le cabe ]a admiración creciente. Por otra parte, la gesta guevariana continúa la tradición de San Martín y de todos los revolucionarios no declaracionistas de América hispánica. Lo que intentamos atribuir a Cooke es la resolución idéntica del teorema histórico de América latina, la misma vocación para percibir la realidad como objeto modificable y acto consciente al que el sujeto insurreccional puede forzar. Cooke, en discordancia con el inmovilismo burocrático que frena al peronismo, y también con el mecanicismo que corroe a los satélites del comunismo moscovita, concibe la liberación como una empresa humana consciente donde la negativa intransigente a la absorción por el sistema importa la construcción contestataria de la iniciativa insurreccional que sólo puede consolidarse en el asalto al poder. Crear las condiciones necesarias para tomar el poder significa ratificar la consigna del Che: "El deber de todo revolucionario es hacer la revolución". La liberación no viene de regalo. Y si Cooke propone en 1957 que solamente "una política insurreccional de masas aplicada a las nuevas condiciones cambiará rápidamente el cuadro actual objetivo", es porque sabe que el factor subjetivo introducido en el proceso histórico se transforma en objetividad. Luego, no hay que esperar que las condiciones maduren, hay que crearlas.

Una política insurreccional suscita en el pueblo la conciencia de la necesidad del cambio y, al mismo tiempo, la posibilidad del cambio. Erradica paulatinamente el terror popular al Estado oligárquico mientras vulnera con agitación y hechos el poder del enemigo hasta expresarse como alternativa de poder. Cooke no se expide totalmente por la guerrilla, por el "foquismo", o la elección del ámbito espacial de la lucha en la ciudad o en el campo. Eso sí, reafirma una política insurreccional de agitación, propaganda y hechos que abarque desde la huelga general revolucionaria hasta la organización de los intelectuales estructurando un frente amplio pero diferenciado, global y pensado como guerra del pueblo y con el firme carácter de organización político-militar. No es una vanguardia purista de elegidos ni un grupo de aventureros sino una política insurreccional dimensionada en la lucha de clases, reciprocidad dialéctica de la vanguardia y las masas, guerra popular prolongada y lucha armada como continuación de la política.

Para noviembre de 1960 es categórico: "Cualquier tentativa de realizar una lucha de liberación nacional dentro de los carriles de la pseudo legalidad liberal-burguesa es un contrasentido. Como lo es creer que las fuerzas revolucionarias pueden alinearse en forma estática, sin salir del terreno teórico. O, lo que sería un disparate, hacer alianzas electorales y mangonear votitos para pegar algunos gritos en el parlamento, gritos que nadie escuchará y que, en todo caso, nada remediarán", y siete años más tarde, en la primera Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (O.L.A.S.) agrega: "América está demasiado llena de varones prudentes y administradores prolijos del buen sentido...Está llena de personas sensatas, respetuosas de la respetabilidad, de racionalizadores de la inacción, de payasos solemnes. Y que están muertos como las ideas que exponen con la seguridad magistral de los que jamás ven nada". La crítica va dirigida al oportunismo staliniano, a los burócratas del nacionalismo burgués y a los barítonos de la izquierda verbal. Porque Cooke, presidente de la delegación argentina, evalúa en esta conferencia diez años de experiencia revolucionaria: "La estrategia general sólo puede ser planteada en base a la lucha armada con miras a la confrontación cada vez más generalizada. En cuanto al caso particular de nuestro país, las organizaciones presentes comparten la opinión de que (esta salida) no es excepción, sino todo lo contrario...".

Pero Cooke no es un tremendista que quiere asustar a los incrédulos. El ha tomado varias veces las armas y conoce el riesgo y la incertidumbre de la muerte y del error. "Los revolucionarios no queremos la muerte sino la revolución", confirma. Una revolución para la vida, diría Camus, pero "la vida interesa si somos realmente la parte que afín no entró en la zona de fuego porque no le llegó el momento, y no una vida que la guerra respeta como la de los inválidos, los bufones y tantos otros que están a la retaguardia". Sin embargo la historia hay que empujarla. La revolución es un acto permanente donde no caben el espontaneísmo ni el aventurerismo voluntarista por más heroico que sea. La revolución es también la dura lucha silenciosa, el instante preparatorio, el apronte anónimo que aparentemente se opone al milagro de las soluciones estruendosas. En Córdoba, Cooke pronuncia una conferencia el 4 de diciembre de 1964 y allí puntualiza: "El reformismo burocrático y el tremendismo revolucionario, no son los términos del dilema peronista. Es una falsa disyuntiva", y acusa al impacientismo honesto de los exagerados: "Una línea pseudorevolucionaria busca sólo apoteosis totales, por encima de cualesquiera que sean las condiciones que se den en un momento dado: tampoco concibe la revolución como proceso, la concibe como suceso fulminante, sin que medien los sacrificios y las tareas revolucionarias que no lucen, la acción de miles de militantes".

Cooke, además, tiene una clara idea de la necesidad de un partido revolucionario. El partido será obrero, independiente y diferenciado del reformismo pactista, donde aflore toda la potencialidad revolucionaria del peronismo. Su petición final debe ser alterar el "sacramento de la propiedad privada" proponiéndose en esta coyuntura hegemonizar el frente nacional antiimperialista. En Cooke el partido no es un imperativo categórico. De igual modo que en el pensamiento de Guevara no aparece un relevamiento explícito de la relación entre partido, vanguardia y masas. No aparece simplemente porque no se trata de una especulación teórica, del sempiterno a priori para regodeo de indecisos. Para Cooke el partido es la política insurreccional; de ahí surgirá porque ya está germinando, haciéndose, construyéndose en los embates y reflujos de la acción cotidiana. No nos corresponde determinar si la idea cookiana del partido se acerca a Lenin, a Rosa Luxemburgo o a Gramsci. (Tal vez se emparente más con los dos últimos). Pero lo que si rechaza es la organización meditada como "docena de revolucionarios profesionales" que salvarán a la República. Nos referimos concretamente a la idea leninista, mejor dicho, a la concepción del ¿qué hacer? dogmáticamente aceptada. De este modo Cooke se acerca a Guevara, a Fanon, a la organización como múltiple expresión de la lucha original del pueblo y producto de la conciencia colectiva real de las masas ascendiendo a tropiezos los escalones de la conciencia posible, sin dogmatismos ni puntos de partida, organización popular revolucionaria que surge y se extiende no alienada a los muestreos de catálogos de los encuestadores de una pretendida dinámica de la historia.

La Razón Burocrática

"Lo burocrático -subraya Cooke en Peronismo y Revolución, su libro más importante- es un estilo en el ejercicio de las funciones o de la influencia. Presupone, por lo pronto, operar con los mismos valores que el adversario, es decir con una visión reformista, superficial, antitética de la revolucionaria". Este esquematismo mental subroga la acción por la inercia cómplice, emblematiza el oportunismo centrista y separa la teoría (cuando la tiene) de la práctica que permitiría realizada. El modo de ser burocrático es el colmo de lo pragmático, y prefiere mullirse en la entelequia de no preguntar jamás, frente al hecho concreto y decisivo ¿quién tiene el poder de decisión, la burguesía o los trabajadores?. Cooke desarrolla la crítica a la Razón Burocrática como modelo irracional de una pretendida "razón", deteniéndose particularmente en los autodenominados "dirigentes sindicales", representantes obreros de mentalidad colonial y burguesa. El burócrata ejecuta su acostumbrada ineficacia incontaminándola de política revolucionaria. Esta sería la "proyección hacia el futuro que debe buscarse en cada táctica, en cada hecho, en cada episodio, para que no se agote por sí mismo". El burócrata es un simple cuantificador de tácticas a las que suma sin transformar en calidad estratégica. El imperio de las ideas dominantes, la ideológica groseramente impuesta por el colonialismo en las condiciones de dependencia y la cosmovisión burguesa liberal en la sociedad argentina de clases le han bajado una línea de pensar, de discernir y actuar, que los hace hipersensibles a las acusaciones de "subversivos", y que le introyecta una versión paternalista sobre la masa de afiliados de su gremio a la que jamás moviliza, pues desdeña a las bases y se arroga autosuficiencia de dirección impoluta. El burócrata es una contradicción de cuenta regresiva. El impulso creciente de la lucha de masas desbrozará por instantes su propia confusión, pero tan sólo se convierte en un reformista que prefiere un orden social distinto al que vive, pues lo sabe injusto pero no lo concientiza, vale decir, no lo concibe como orden perecedero y sustituible: piensa utilizar al Orden para acceder al nuevo orden, odia al desorden y respeta a la ley, y se engancha encandilado en los andariveles de la ficción de la legalidad colonial o en la ilusión del "golpismo". Está postrado, no puede hacer política porque no dispone de una política independiente, "El burócrata --escribe Cooke- quiere que caiga el régimen, pero también quiere durar; espera que la transición se cumpla sin que él abandone el cargo o posición. Se ve como el representante o, a veces, como el benefactor de la masa, pero no como parte de ella; su política es una sucesión de tácticas que él considera que sumadas aritméticamente y extendidas en lo temporal configuran una estrategia".

Además el burócrata no percibe que él es parte del régimen que se pretende transformar. El burocratismo es con causa de un material contradictorio: su especificidad como fenómeno es el antagonismo que el peronismo representa como movimiento nacional y proletario hacia el socialismo, y los valladares, torpezas y traiciones que impiden que esa representación se ejerza en los requerimientos organizativos indispensables. El burocratismo es el desnivel que debe barrerse para poner la política a la altura de la política revolucionaria. Esta rémora nociva que cae de arriba-abajo introduciéndose en los intersticios de la conciencia nacional provoca el descenso en el ascenso histórico de la conciencia real hacia la conciencia posible (antiimperialista y socialista) predicando el quietismo y la oscuridad. El "espíritu" burocrático es el estereotipo alienado en la desalienación, el sistema colonial enquistado en el proceso revolucionario. Luego, para avanzar, hay que quitarlo del medio.

Cooke escribe a fines de 1966 con documentos, cifras y datos oficiales sobre la mesa. El golpe militar de junio de 1966 ha extendido y reforzado la infección mental sobre la repetición de las circunstancias históricas. Se cree que 1966 es igual a 1945, que Onganía es igual a Perón, que de nuevo las fuerzas armadas y los sindicatos conducirán al país mediante la "paz" y al anticomunismo hacia el "futuro de grandeza" tantas veces proclamado, "exorcizando los últimos vestigios del liberalismo apátrida que anida subterráneamente carcomiendo las esencias de nuestro destino", etc. etc., y el resto de las ambiciones metafísicas que abundan. Los burócratas son crédulos por antonomasia. Se entusiasman con los entorchados del generalato, se pasean sumisos por los pasillos alfombrados de los ministerios. Se sienten reconocidos; se los reconoce por abyectos, pero ellos lo ignoran.

Piensan que para provocar hechos (1966 es igual a 1945) hay que prosternarse ante los hechos, hacer buena letra, rendirse ante el desbarajuste de la inorganicidad. Cooke ha instado mil veces a montar una organización pero, para disponer de ella, para "colocarse en las mejores condiciones posibles, hay que tener una política". Y los burócratas son apolíticos, predicadores de la mansedumbre, filósofos de la bruma, "ideólogos de la alienación". No atinarán a desprenderse de las hipótesis sin correlato y de las remanidas artimañas de comité: "No se trata de acertar a una tómbola, sino de orientar una praxis multitudinaria", reclama Cooke. Pero el burócrata no relaciona, no concibe al hombre como protagonista de la historia, no advierte detrás de lo aparente la intimidad esencial de los fenómenos. Marcha a remolque, desracionaliza los acontecimientos, la óptica burguesa de la que es prisionero le impide develar la verdad histórica.

El burocratismo enquistado en e] movimiento nacional, encantado por la expectativa, empaquetado en las leyes generales del sistema, se pierde en la improvisación, espera, posterga cualquier ofensiva. Porque superar el oportunismo ("tener una política") significa superar la espontaneidad, ser capaz de mover al movimiento, -"traducir al número en fuerza"-. Es a partir de las insurrecciones populares de 1969 cuando el burocratismo siente tambalear los sillones. Las ilusiones han muerto, 1966 no es 1945, y las masas, la conciencia colectiva de las masas, han desarrollado por encima y debajo de la casta burocrática, a su propia dinámica. Y no cuestionan a un patrón aislado sino a toda la clase capitalista, y a la dictadura militar. La Razón Burocrática ha engendrado su propia crisis: el desarrollo de las condiciones subjetivas y la crisis objetiva de la Argentina capitalista dependiente han cuestionado (incluso) al soporte superestructural de la medianía capituladora. Las masas en las calles han cuestionado a la Razón Burocrática. Y el régimen militar ha perdido todo apoyo, y los burocráticos se han quedado sin la protección de los "arcángeles blindados" que prometieron salvar a la patria del desasosiego.

¿Acaso se diferencian los militares de los burócratas? De ningún modo: los une la misma forma de razonar y sentir. Los une la no-unidad: jamás totalizan, perciben a la realidad fragmentada, separan los hechos del todo, afirman su propia superioridad en las creencias puramente subjetivas desvinculadas de la objetividad. No penetran la realidad: militares y burócratas tienen mucho en común pero sobre todo, la ideología, el idealismo abstracto que suponen producto de condiciones ahistóricas, como una suerte de indeterminación neblinosa. Los militares son, correa de transmisión del Pentágono, los burócratas sindicales, a su vez, son consecuencia de la penetración monopolista. Pero ellos se precian más allá de las derivaciones, reconocen su calidad de integrantes de estratos provenientes de espacios morales o divinos a los que obedecen como imperativos. Por eso se han unido: los conjura una misma visión irracional del mundo solventado por la sinrazón racional de lo irracional del sistema. Son escoláticos de las jerarquías, adoran los mismos mitos espiritualistas; el autoritarismo, la fe y la "patria", pensada como policía o bien cultivada como oscura alquimia preservadora de hiperbólicos valores semánticos ("Lealtad", "Nación", "Fuerzas Armadas", "Armonía", etc.) y otras simbologías inmateriales que evaporan la desapacible realidad de un país postrado por los monopolios imperialistas, la oligarquía terrateniente y burguesía "asociada".

Militares y burócratas van prendidos de la mano. Idéntica axiología neutra los comulga. En ambos, la ideología colonial-burguesa dominante ha perpetrado su Razón y las maneras de su "racionalidad: inmovilismo, ahistoricidad, tecnocracia, "apoliticismo" (cuando se trata de sacar al país adelante y politicismo para hundido), "errores garrafal es e interpretaciones panalógicas, que responden a "formas mistificadas en que la realidad social se proyecta en la conciencia de las clases dominantes y de allí irradia a otras clases y sectores por medio dé los mecanismos culturales de la educación y de la propaganda", apunta certeramente Cooke.

Por último, el analogismo anacrónico que hace homologar a los burócratas sindicales: "1966 es igual a 1945": ¿no está basado en una ponencia antiliberal, en la actitud "realista" de no desaprovechar el instante de esa "revolución salvadora" que seria purista no recibir, pues se trata de una dádiva? ¿Por qué rechazada, entonces? La pregunta parece tener sentido, pues confirma al "realismo", a la política pragmática de la Razón Burocrática a la que la revolución es una fatalidad ajena a la historia. Realismo es hacer nada; realismo es quedarse en paz porque las cosas buenas vendrán por sí solas. Con este esquema de inacción perpetua, ¿para qué preocuparse? Luego todo lo que sea empujar el curso del tiempo es utopía: el socialismo está plenamente injustificado, la lucha de clases es una aventura irresponsable, pues el burócrata, escribe Cooke, "afirma que el peronismo no debe ser 'clasista', porque confunde la composición policlasista del Movimiento con su ideología, considerando que existen ideologías policlasistas o neutras. No puede entender que, en un frente de lucha, con el policlasismo estamos todos de acuerdo, pero que la ideología sólo puede ser o la revolucionaria del proletariado o la burguesa".

El burócrata, la Razón Burocrática, separa (une mal). Al burócrata le está vedado razonar que la lucha del frente nacional es policlasista pero que la ideología de la revolución nacional es socialista, pues la libertad nacional no se detiene hasta la libertad del hombre. Separar socialismo y nación es cerrar los ojos al proceso objetivo, a las contradicciones inevitables y a la negación de las contradicciones. El burócrata sigue sin ver; pero de la práctica de las bases populares está naciendo la teoría que niega la irracionalidad atolondrada y nociva de la Razón irracional de la mentalidad colonial burocrática.

El peronismo pensado y (realizado) como negatividad, y el socialismo.

La propuesta cookiana redefine al peronismo negativamente. Hablamos de "negatividad" como proceso de opuestos unificados, verdad probable que sólo la afirmación de su otredad completa. El rastreo del fenómeno peronista a través de las apariencias mistificadoras es la conciencia de su identidad contradictoria, e implica un ajuste que lo conciba dinámicamente, operando como sujeto y a la vez objeto de su contingencia. La lógica dialéctica del pensamiento cookiano deriva de la tensión del experimento que analiza y es a su vez la concepción de la praxis como imperativo absoluto, idea comprensiva de un método que totaliza el todo concreto que transforma.

El peronismo es un proceso objetivo-subjetivo que se preserva a sí mismo a través de diferentes modos de negaciones y de "negaciones de negaciones". Simultáneamente, las negaciones constituyen la afirmación de su porvenir nacional revolucionario: El peronismo es "negado" por la burocracia. El peronismo "niega" al sistema. , El peronismo "se niega" a sí mismo.

Sobre el peronismo negado ya hablamos recién. Se trata de los "recuperados" que han bajado la guardia por traición declarada y por la bruma ideológica que los trastorna. Es el mundillo de los tránsfugas violados por los espadones "salvadores de la patria" y por los ocasionales "integracionistas": "El peronismo tiene los enemigos que se merece; lo que no se merece, en cambio, son sus amigos", escribe Cooke. El régimen ha ensayado (y ensaya) alternativa y conjuntamente las variables represivas. En un momento apela como en 1956 y 1972 a la dilución física de los combatientes; en otro, empleará "astucias zalameras" con dirigentes corruptibles intentando desorientar a las masas, dejando semioculto para las oportunidades propicias el despotismo esencial que desdibuja el velo de la ficticia jurídica burguesa. La oligarquía diluye o recupera, mata o envilece; son dos formas operativas: "El acero y el abrazo asfixiante de la amistad fingida, dice Cooke, son igualmente expresiones del empavorecimiento del régimen..." La mentalidad burocrática es proclive a ese "cariño taimado", y se entrega a la complicidad venal que niega al peronismo como sujeto y lo transforma en objeto instrumentado para la contrarrevolución y el engaño. El equívoco ideológico es el primer signo de esta corruptela, y en esto Cooke es categórico: "Los antisemitas y pro-occidentales que se meten en nuestros actos para lanzar consignas de la edad de piedra (y) los dirigentes que suelen repetirlas a su modo, constituyen una negación del peronismo ".

El peronismo "niega" al sistema, es incompatible con las estructuras del régimen. Esta imposibilidad de concordancia proviene del carácter potencialmente revolucionario que el movimiento recrea, de la objetividad que posee como reflejo de los sectores desposeídos luchando por la justicia social en el contorno declinante del capitalismo dependiente. Las "direcciones" pactarán, los burócratas van a capitular, pero el movimiento no puede dejar de ser "la expresión de la crisis general del sistema burgués argentino, pues representa a las clases sociales cuyas reivindicaciones no pueden lograrse en el marco del institucionalismo actual". Detrás de las genuflexiones de los "dirigentes" está la presencia real de las masas a las que no conforman el refomismo ni las renegociaciones de la dependencia con los amos de la vieja república. Los desbordarán. La contradicción; la persistente negación relativa irrumpe entre la dirección y las bases: "El peronismo, jaquea al régimen -subraya Cooke- pero no tiene fuerza para suplantarlo". Niega y se niega a la vez; la conciencia real del pueblo niega al sistema ("es incompatible") pero la conciencia posible ("el paso de la rebeldía a la revolución") no adviene, y la posibilidad se niega, y de nuevo se cae en el marasmo y la improvisación, en el espontaneísmo y la arbitrariedad.

Entonces el peronismo detenta el poder de negarse para sobrevivir, de negarse para encabezar la revolución. Esta teoría es sin duda la más valiente del discurso cookiano. Sin sectarismo, contemplando dialécticamente la suerte revolucionaria del país, incorporando del marxismo la filosofía y del peronismo la experiencia y la conciencia histórica del pueblo, Cooke elabora la tesis de la "superación" del peronismo. Para Cooke la "antinomia peronismo-antiperonismo es la forma concreta en que se da la lucha de clases en este período de nuestro devenir". Pero la afirmación debemos apreciarla como Cooke enseña, dinámicamente. Si el peronismo conquista para si una conducción revolucionaria, en esta etapa no puede proponerse otra alternativa que la realización de una comunidad no clasista. Si no puede lograrlo, las masas comenzarán a demostrar en forma cada vez más distintiva las contradicciones entre los intereses vitales del proletariado y una ideología nacional-burguesa conciliadora que pretende "armonizar" ilusiones irreconciliables. No se trata, como suponen los impacientes de la izquierda verbal, de un abandono del peronismo, sino de su negación progresiva. "El peronismo -escribe Cooke- podrá desaparecer cuando deje de expresar reivindicaciones nacionales y populares y otro movimiento lo revele con ventaja; o cuando él mismo evolucione hacia algún tipo nuevo de nucleamiento que lo supere dialécticamente, es decir, sin negarlo sino integrándolo en una nueva síntesis". Esta negación superadora importa la puesta al día de metodologías y consignas.

"Yo creo -aseguraba Cooke en junio de 1962- que el peronismo, que será el conductor de la liberación argentina, será socialista". Un peronismo socialista, entonces, que se adjudique el honor de ser negado por los traidores, que niegue al régimen por incompatibilidad objetiva con la barbarie burguesa y que se niegue a sí mismo elevándose cada vez más alto para alterar al sistema, conduciendo al frente nacional antiimperialista con la hegemonía de los hombres que trabajan.

El pensamiento de John William Cooke enciende y encenderá mayores esperanzas de victoria. Los vaivenes y reflujos pasarán como mutilaciones inevitables. La revolución argentina está madura cuando encuentra en Cooke al militante y al teórico que ratifica su propia praxis guiando el camino y acompañando la marcha. La experiencia, de Cooke resume la experiencia irreversible del pueblo, cada vez más libre de mistificaciones reformistas, cada vez más consciente y confiado en su propio accionar fortalecido.


(1) Utilizamos todos los escritos de que disponemos sobre Cooke. Principalmente lo publicado: la Correspondencia con Perón; sus libros "Peronismo y Revolución", "Apuntes para la militancia". "Peronismo e integración", "La lucha por la liberación nacional" y decenas de artículos aparecidos en diarios y revistas, así como cartas, conferencias e informes fotocopiados.

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