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sábado, 6 de agosto de 2011

Izquierda abstracta, derecha concreta...

zquierda.
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Por Juan Esteban Godoy

En las siguientes líneas abordaremos la crítica de Juan José Hernández Arregui a la izquierda antinacional y su relación con la construcción de un relato histórico colonizado por los mitos y creencias de la oligarquía argentina, como parte de una intelligentzia profundamente penetrada por la superestructura cultural de un país semi-colonial.

Hernández Arregui considera que los diferentes partidos de izquierda (siempre que nos refiramos a la izquierda, estaremos hablando de las corrientes de izquierda abstracta, antinacional, especialmente el Partido Socialista Argentino, y el Partido Comunista; no obstante, hacia el final haremos algunas consideraciones de Hernández Arregui en relación a las diferencias entre éstas y la izquierda nacional) se hallan asociados a la oligarquía liberal y a la pequeña burguesía urbana migrante en sus orígenes, pues son consecuencia de la inmigración. De todas formas, “no fueron los socialistas los que educaron la conciencia de clase del proletariado argentino. Fue la oligarquía. Es decir, la miseria y la explotación. La oligarquía ha cumplido una gran misión educadora de las masas” y “ha infundido a toda la cultura (en el aspecto pedagógico) sus propios valores, desde 1853 en adelante”, impregnando los cuerpos con su ideal de vida, a la vez que generando una capa de intelectuales que eduquen a su servicio, y conveniencia.

Esa capa de intelectuales, la intelligentzia (entre los que se hallan hombres de la izquierda, pues Hernández Arregui sostiene que “muchos de ellos se declaran simpatizantes del socialismo y el comunismo y no pocos se consideran marxistas. En realidad son liberales impuros que platican de socialismo puro”), no cree en lo nacional, y en cuanto se halla “divorciada del pueblo cumplirá siempre una función antinacional al contribuir con su anemia cultural a la falta de fe en el país”. Se produce así una deformación de la historia, a la vez que la negación del pueblo. Actúan como intelectuales coloniales, y construyen una imagen ficticia del país, negando a éste como tal.

Esta intelligentzia, perteneciente a estratos medios en su mayoría, “por su posición dependiente del aparato cultural, son el coro griego de la alienación cultural de las clases altas colonizadas”, pues son sobre todo estos sectores de la sociedad los que consumen lo que irradian los centros de poder, desde los medios de comunicación y demás órganos de difusión, como las universidades. De ahí que Jauretche sostuviera la ventaja de los sectores populares, pues no tienen que desaprender lo que aprendieron mal como aquellos. Hernández Arregui dirá que el pueblo permanece fiel a sus tradiciones y se halla más ligado a un pensamiento nacional.

La izquierda basa su acción en esquemas importados, vinculados a Europa, y no a nuestro país. No fundamenta su construcción en el colectivo, sino en las “luces de la civilización”. Es fruto de esta extranjerización mental que se fue alejando de las masas. Así, por ejemplo, en el 30 como en el 55, se ubicaron objetivamente del lado de la reacción, fueron aliados y cómplices de la oligarquía, y “atragantados de literatura extranjera son revolucionarios fantasmas”.

Este error de las izquierdas argentinas las aleja del marxismo que dicen sostener y aplicar, dado que, según Hernández Arregui, la utilidad del método “consiste en apropiarse de él sin dejarse dominar por su esquemática superposición a realidades históricas distintas entre sí, por traslados teóricos mecanografiados de un país a otro”. Esto último es lo que han olvidado las izquierdas al adoptar acríticamente modelos realizados en otros tiempos y para otras realidades. El marxismo no puede constituirse en dogma, sino que tiene que renovarse constantemente, adaptarse a las circunstancias históricas y ajustarse a la realidad en la cual se desarrolla. Nuestro país debe mirarse en el espejo latinoamericano, no en el europeo que siempre le entregará una imagen distorsionada. La construcción debe darse desde el pueblo, desde su ámbito geográfico y espiritual.

Estas izquierdas creen en la superioridad europea, impuesta desde las iconografías, símbolos, mitos, etcétera, de la escuela primaria y en la vida universitaria, cayendo así “en la servidumbre cultural, que es nimbo de la dependencia económica y política sobre la cual la oligarquía construyó la imagen convencional de la Argentina”. La colonización cultural es parte y a la vez fundamento de la dominación económico-política a la que es sometida la semicolonia. Por medio de ésta se invisibilizan las otras.

La intelectualidad de la izquierda liberal depende (como profesores, periodistas, técnicos, etcétera) del orden económico impuesto por la oligarquía. Han actuado, más que como movimiento transformador y revolucionario, como “la pata izquierda” defensiva de la oligarquía. Así se entiende, por ejemplo, que el Partido Socialista, con Juan B. Justo a la cabeza (que “casualmente” fue cronista parlamentario de La Prensa y redactor de La Nación), haya sido discrepante con la industrialización, que “Norteamérico” Ghioldi marchara del brazo por las calles de Buenos Aires con el embajador norteamericano Braden, y más grave aún, no hayan denunciado (tampoco el Partido Comunista de Argentina lo hizo) el accionar del imperialismo británico en las décadas del 30, que era el que realmente oprimía al país, y no tanto el norteamericano (Hernández Arregui sostiene al respecto que “debe anotarse que, en esa época, el imperialismo norteamericano no era en la Argentina el principal enemigo, e incluso, tales campañas interesaban a Gran Bretaña, que así se esfumaba ante la opinión pública como potencia colonizadora”). Resaltamos que será FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina), y principalmente Scalabrini Ortiz, quien quite el velo sobre la cuestión del imperialismo británico en la Argentina.

Hernández Arregui va a avanzar en la relación entre orden semi-colonial dependiente e izquierda abstracta, al sostener que “hay una relación directa entre la interpretación de la historia nacional y la acción práctica de un partido político. Es ya notable que la historia de la Argentina sustentada por el comunismo sea sin variantes la misma que ha puesto en circulación la oligarquía liberal”. Dirá que los comunistas en su interpretación histórica son mitristas ( Jauretche hablará de los mitro-marxistas). La figura de Mitre queda intacta, y se basan en el esquema sarmientino de civilización y barbarie, donde la barbarie constituiría lo autóctono, la cultura nacional, y la civilización lo extranjero, la realidad europea o norteamericana. Por eso Hernández Arregui sostiene que “a la historia oficial de la oligarquía hay que oponerle la revisión revolucionaria que desvista el contenido clasista de esa fábula canonizada de nuestro pasado”, y así cobra importancia el revisionismo histórico, que debe cumplir la tarea de destruir la historia construida por la oligarquía nacional y sus intelectuales sumisos, debe desnudar sus mitos, sus verdades, debe construir la historia desde las masas oprimidas. Así, nuestro autor argumenta que “la revisión de la historia cumplida por otros grupos (no por la izquierda abstracta, se refiere), el desarrollo de una izquierda nacional que concilia el marxismo con la realidad del país (…) inquietan a muchos espíritus que dudan de las antiguas valoraciones de izquierda a través de las cuales pervirtieron su visión de lo nacional”.

Hernández Arregui no criticará solamente a la izquierda colonizada sin conciencia nacional (que es en la que nos centramos en el presente artículo), sino también la emprenderá contra el nacionalismo de derecha sin amor al pueblo. Él propone una solución superadora. Horacio González sostiene que nuestro autor “se propone una apelación a la reunificación teórico-práctica de las dos almas irresueltas de la conciencia nacional, el marxismo que debería perder su cosmopolitismo y los intelectuales nacionalistas en ‘duelo dramático’ con su patriotismo abstracto”. De la irresolución de estas dos almas es de donde vendría a surgir un movimiento superador.

Norberto Galasso argumenta que Hernández Arregui, ya en sus últimos años, “ha sostenido la tesis que el peronismo debe dar un salto cualitativo transmutándose en el socialismo, como única forma de llevar adelante, exitosamente, el proceso de revolución nacional (…) para convertirse en cabeza del frente nacional y enfrentar al imperialismo desde una perspectiva socialista y latinoamericana”.

Hernández Arregui pone de relevancia el desarrollo de una izquierda nacional (según él mismo, fue uno de los primeros en utilizar el término, allá por el año 1957). Por ésta, “en un país dependiente, debe entenderse en sentido lato, la teoría general aplicada a un caso nacional concreto, que analiza a la luz del marxismo, en tanto método de interpretación de la realidad, y teniendo en cuenta (…) las peculiaridades y el desarrollo de cada país (…) en sus contenidos nacionales defensivos y revolucionarios, y coordina tal análisis teórico con la lucha práctica de las masas contra el imperialismo, en el triple plano nacional, latinoamericano y mundial, y en este orden”. Así, el verdadero intelectual de izquierda no es revolucionario sólo en frases, sino en los hechos, se siente parte del pueblo en el cual actúa y junto al cual construye, siente profundamente sus derrotas, sus retrocesos, como sus victorias y sus avances.

Los encargados de esta tarea son los escritores nacionales, quienes piensan en el país antes que en sí mismos, que producen cultura nacional no como una tarea individual, sino en tanto creación colectiva, anónima, del pueblo. El escritor nacional debe tener una labor militante y debe usar sus conocimientos en tanto tal. Así, debe contribuir a la formación de la conciencia nacional, que es “la lucha del pueblo argentino por su liberación”. Entonces, lo que pone de relevancia la crítica de Hernández Arregui a la izquierda antinacional es que basó la construcción de su pensamiento en esquemas lejanos, desarrollados en y para otras realidades, es decir, olvidó la cuestión nacional atinente a los países coloniales o semi-coloniales. Convirtió al marxismo en un compartimento estanco, inmóvil, no tuvo en cuenta que desde que éste se gestó en el mundo se produjeron grandes cambios (tampoco tuvo en cuenta –y cuando lo hizo actuó de forma desfigurada– cómo fue enriquecido por pensadores como Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, etcétera).

En esta situación, su destino no fue otro que lograr el desencanto de las masas, del pueblo, llevándola así al cumplimiento de un papel reaccionario, antinacional. Fue, sobre todo por su condición social (en su mayoría de sectores medios), penetrada por la superestructura cultural montada por la oligarquía nacional a los fines de establecerse, mantenerse y ampliar su poder como sector dominante. Desde sus pensadores se escuchó la misma historia que habíamos escuchado de los historiadores conservadores, que supieron construir el relato que logró consolidarse como el “oficial”, el verdadero. Se convirtió así en una izquierda impotente, incapaz de denunciar el accionar imperial en nuestro país y en América Latina.

De ahí la necesidad de revisar la historia, construyendo una narración opuesta a la dominante. Opuesta no sólo por los hechos, sino sobre todo porque cambia el desde y el cómo se analicen los hechos acaecidos en nuestro pasado. Por estas razones nuestro autor nos termina hablando del surgimiento de una izquierda nacional que analice desde el marxismo, desde los sectores oprimidos, y teniendo en cuenta la cuestión nacional, el anti-imperialismo, imbuida de las tradiciones locales y latinoamericanas. Esto como parte indispensable del camino a la liberación nacional.

Revista Reseñas y Debates Nº 64 Año 7

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