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sábado, 7 de enero de 2012

Los orígenes del Ser Nacional

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Por Juan José Hernández Arregui
(fragmento de "¿Qué es el Ser Nacional?")

En este rastreo del “ser nacional”, en el añida una de las falsificaciones que es necesario poner en descubierto, el concepto de la oligarquía sobre España. El nacimiento de la nacionalidad no puede segregarse del período hispánico. La historiografía del liberalismo conservador ha procedido a la inversa. El país empieza en 1810. Desligar a estos pueblos de su largo pasado, ha sido una de las graves desfiguraciones históricas de la oligarquía mitrista que se aquilató en el poder en 1853. Esta clase es española por sus orígenes. Ya hasta en su estilo de vida. Su posición frente a España, exige por tanto una explicación. El menosprecio hacia España arranca de los siglos XVII y XVIII como parte de la política nacional de Inglaterra. Es un desprestigio de origen extranjero que se inicia con la traducción al inglés, muy difundida en la Europa de entonces, del libro de Bartolomé de las Casas << Lágrimas de los indios : relación verídica e histórica de las crueles matanzas y asesinatos cometidos en veinte millones de gentes inocentes por los españoles >>. El título lo dice todo. Un libelo. Con relación a esta publicación, J. C. J. Metford, recuerda que, en la dedicatoria se invoca a Cronwell para “conducir sus ejércitos a la batalla contra la sanguinaria y papista nación de los españoles”. La “leyenda negra” fue difundida por los ingleses como arbitrio político, en una época en que los Habsburgos mandaban sobre Europa y amenazaban a Inglaterra, entonces una potencia de segundo orden. Tales diatribas compartían un estado patriótico generalizado. Y fue registrado por poetas como Tennyson: “Los reinos de España, reino de los diablos, y los perros de la Inquisición”.

A la inversa, Lope de Vega, llamará a Isabel de Inglaterra “sanguinaria Jezebel”. Las contiendas religiosas del siglo XVII entre España católica y la Inglaterra disidente, enmascaraban la liza por el poder mundial, hasta entonces empuñado por España. La creciente expansión inglesa se atavió de puritanismo, del mismo modo que la decadencia española de fanatismo católico. En realidad, lo que estaba en juego era el próximo desplazamiento del poder naval. Todo esto se entiende por sí mismo. Más difícil es comprender -tan mezquina es la causa- que las oligarquías criollas después de la emancipación, en lugar de conservar sus orígenes, denigrasen sistemáticamente a España a partir de la segunda mitad del siglo XIX, para romper de este modo, no con España que ya no era un peligro, sino con ellas mismas desde el punto de vista del linaje nacional.

Esta infidencia de la oligarquía para su raza y estirpe histórica ha tenido efectos duraderos en la cultura argentina. España dejó de ser parte rectora de un glorioso pasado europeo para descender a menoscabo espiritual, todavía perdurable en muchos argentinos que recibieron sobre España la idea extranjera que de sí misma se formó la oligarquía de la tierra - a pesar de su genealogía española- al ligar sus exportaciones al mercado británico. En tal sentido, este sentimiento antiespañol, es la remota proyección en el tiempo, de aquella inicial rivalidad entre España e Inglaterra. Y la denegación de España, de parte de la oligarquía, en su nuez, no es más que el residuo cultural mortecino de su servidumbre material al Imperio Británico.

Los pueblos, en cambio, se mantuvieron hispánicos, filiados al pasado, a la cultura anterior. Lo cual prueba el poder de esa cultura española que la oligarquía repudió para vivir en delante de prestado.

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