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martes, 6 de agosto de 2013

Heráclito por Spengler (I). Su personalidad.

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Presentamos la primera entrega de pasajes seleccionados de la obra Heráclito de Oswald Spengler. Esta vez, el segundo capítulo completo de la introduccion (II).
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Por Oswald Spengler

Para la comprensión de esta doctrina sería un obstáculo no tener conocimiento de la gr ande y trágica personalidad de Heráclito. No podríamos comprender por qué este filósofo tradujo el agón (la lucha), la más alta costumbre de su tiempo, en costumbre del cosmos, y qué entendía por el fuego, al que atribuía el papel principal en el universo. Su doctrina es, aun por esta época y para un griego, personal en un grado inacostumbrado, sin que se tengan muchas noticias acerca de él mismo.

Vemos a un hombre cuyos sentimientos y pensamientos estaban del todo bajo el dominio de una desenfrenada inclinación aristocrática; tenía hacia ésta una fuerte disposición por nacimiento y educación, que había sido estimulada y aumentada por la resistencia y las desilusiones. En eso hay que buscar el motivo fundamental de todo rasgo de su vida y toda singularidad de su pensamiento. También en la enérgica concentración del sistema, en su alejamiento y desprecio de todas las particularidades y cosas accesorias, en su exposición mediante locuciones concisas, fuertes, comunes solamente a él, reconocemos la mano del aristócrata.

La nobleza helénica (1), cuyo ocaso se verifica en esta época, ha creado el período más bello y más importante dela cultura helénica. Ha determinado para siempre, por sus costumbres, el tipo del perfecto heleno, una cultura incomparablemente alta y noble del hombre individual (kalokagathía =probidad); ella representa no solamente derechos o intereses, sino una manera de considerar el mundo y un hábito (Burkhardt). Era una casta altiva, feliz, que exigía mandar o estaba acostumbrada a eso, orgullosa de su sangre, de su rango, de sus armas, de su antibanausia (desprecio del trabajo manual); ella por sí sola poseía la intelectualidad y el arte. Se puede comprender el enorme poderío ético de la casta y de su concepto de vida, sobre el espíritu de los individuos particulares. Ella misma podía sucumbir, mas quien estuviera una vez bajo su hechizo, no podía más eximirse de ella. Heráclito poseía de ella toda su conciencia de sí misma y todo su orgullo, una nobleza fuerte, involuntaria, extraña a toda reflexión sobre sí mismo; estaba vinculado con pasión a sus costumbres valerosas, sanas, llenas de la alegría de vivir, de lucha, del afán de conseguir gloria (2). Este hombre orgulloso, rígido, quería la diferencia entre mandador y mandado, honraba las costumbres transmitidas por la antigüedad y sus instituciones (3), que ya no eran más sagradas para la democracia. Era un conocedor demasiado profundo de los hombres para juzgar a los hombres de su tiempo simplemente, sin tener en cuenta el nacimiento y el rango. Creía en la diferencia homérica (4) entre los aristócratas (áristoi), los hombres que tienen un más amplio y noble concepto de la vida, y la muchedumbre (hói pollói) , en la que descubre con mirada aguda y de mofa los defectos de la clase (5) . No se deja arrastrar a atacar y discutir con el pueblo (démos); su buen gusto y su dominio de sí mismo, una de las primeras calidades de los griegos nobles se lo impiden (6) sin ira, sin ultrajar, juzga al pueblo desde arriba, fría, malignamente, con desprecio y asco, a veces escondiendo bajo una observación sarcástica la ira que sube.
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El nombre del filósofo que llora, que la antigüedad le dió, no puede haber surgido sin motivo, eso lo delatan las anécdotas (7) y varios de sus aforismos (8), de los que emana un tono amargo, ofendido. Vinculado por origen y cariño a un ideal de vida, nació en un tiempo en que este ideal no tenía más posibilidad de realización. El poderío y las costumbres s de la nobleza habían decaído o desaparecido. La democracia empezó a dominar. Era demasiado rígido y obstinado para ceder o para inútiles lamentaciones. Uno de los primeros y más influyentes cargos, en Éfeso, que le era destinado por herencia (el de basileús: rey) no era más, para él, lo que habría debido ser.  Renunció a ello. La vida de la pólis (Estado) iba perdiendo la forma aristocrática y la muchedumbre empezaba a gobernar. Entonces abandonó la ciudad, en la que habría podido ser un pequeño potentado, y se refugió en los montes, en una soledad voluntaria, una condición que, para el griego sociable, apegado al destino de su ciudad, significaba lo peor. Se quedó allá irreconciliable, aguantando una forma de vida que hacia el fin le llevó cerca de la locura, si se puede creer en Teofrasto (9).

Como heleno, la gloria, y se podría decir la celebridad, era para él el valer máximo (10). Se puede preguntar si esta soledad que él mismo había elegido, y los rasgos inacostumbrados, que atraían sobre él una atención asombrada, no hayan sido una compensación por la falta de un papel en Éfeso. Todo griego quería ser mencionado por todos, a cualquier precio. Heróstrato es un bien conocido ejemplo de lo que se podía intentar con este fin. Sin embargo, lo mismo vemos también en Alcibíades, Themístocles y cada cual que pueda ser considerado como un auténtico heleno. En Heráclito no podemos absolutamente olvidar ese fatal rasgo del carácter griego. Esta característica que a nuestros ojos aparece innoble, no es un afán que otorga al adversario magnanimidad y estima, sino una envidia incontenible que roe, un odio contra cada uno que fue más afortunado, una intolerancia (que va hasta la autodestrucción) de la conciencia de ser admirado menos que otros; una característica, que hizo que los griegos, con su vivacidad de sentimiento fueran un pueblo profundamente infeliz.

La consecuencia de esto, para la filosofía, es que en los tiempos antiguos no se llegó nunca a la consideración de un problema a través de una serie seguida de pensadores. Aquí cada cual empieza desde un principio, quizás propiamente del contrario; apenas algunos aceptan agradecidos los descubrimientos del predecesor.

Más bien se suelen poner en evidencia las diferencias y aún exagerarlas, y hasta llegar a Aristóteles, cada uno de los grandes miró a los otros con suficiente espíritu satírico. De Heráclito, como griego, no podemos esperar el reconocimiento de méritos ajenos. Al contrario, está inclinado a una áspera acentuación de las antinomias, en paradojas y antítesis, y si a veces menciona un nombre célebre, eso siempre se produce agregándole una malignidad (fr. 40, 57, 129; Plutarco: de lside, 48, 370). La peculiaridad de su destino acrecentó en él el amor propio del hombre excepcional y le llevó a una exageración de los impulsos de originalidad, a un rechazo, por principio fundamental de toda opinión ajena y también a evitar de expresión corrientes, que quizás le sonaban triviales. Bajo esas premisas hay que perseguir el génesis de su pensamiento y medir el grado de su dependencia de los sistemas contemporáneos.

~ Triore - Fires burn, like fires do ~

(1) Sobre la nobleza, véase Wachsmuth, Hellen. Altert. (Antigüedad griega) I, pág. 347 y sig.; J.Burkhardt, Griech. Kulturgesch. (Historia de la cultura griega) l, pág. 171 y sig., IV, pág. 86 y sig.
(2) Fragm. 24; fragm. 25. La numeración de los fragmentos sigue la de H. Diels. Heráclito de Éfeso  griego y alemán, Berlín, 1901. (Esta numeración de los fragmentos está conservada también en la edición de los Presocráticos, de H. Diels,  5ta. ed., Berlín 1 934, Elabor. por W. Kranz. Texto y traducción pág. 150 y sig. Nota del editor alemán).
(3) Frag. 33; fragm. 44.
(4) áristos (óptimo), jaríeis (gracioso), en Homero tienen el sentido de nobleza. Ilíad. VII, 159, 327, XIX, 193. Od. I, 245 y a menudo. Así también en Heráclito, fragms. 13, 29, 49, 104. Hoí polloí (la muchedumbre), fragms. 2, 17, 29.
(5) Entre muchos otros en fragm. 29. Fragm, 104.
(6) Fragm. 43. También fragm. 47.
(7) Dióg. Laert., IX, 3.
(8) Fragm. 121. También fragm. 85.
(9) Dióg. Laert. IX, 6.
(10) Fragms. 24, 25, 29.

Aclaración de El Frente: Obviamos las citas de los fragmentos, dejando las referencias a los mismos. 

* SPENGLER, O. Heráclito: Estudio sobre el pensamiento energético fundamental de su filosofía  (1904). Espasa Calpe. Buenos Aires.  1947. II. Págs. 93-97.

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