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lunes, 9 de septiembre de 2013

Heráclito, un revolucionario conservador

~ Ártemis de Éfeso, guardiana del libro de Heráclito ~
Por Theodor Gomperz

Presentamos completo el capítulo dedicado a Heráclito de la obra "Pensadores Griegos" de Theodor Gomperz. Resulta vital para la discusión sobre el aspecto político del pensamiento del Oscuro.

Lejos del abigarrado tumulto del mercado y de los astilleros retumbantes de Mileto, a la sombra de un santuario ha nacido la doctrina de Ηeráclito [66]. Es éste en nuestra revista panorámica el primer sabio del mundo que no calcula, ni mide, ni traza, ni experimenta; una cabeza especulativa cuya amplitud de espíritu debe ser conceptuada como milagrosa y que aun hoy día solaza y nutre nuestro entendimiento. Pero al propio tiempo un mero filósofo en el sentido menos agradable de la palabra, es decir, un hombre que no es maestro en ninguna disciplina de la ciencia y que se erige en juez de todos los maestros. Numerosos fragmentos de su obra profunda, llena de alegorías y redactada en un lenguaje no del todo exento de amaneramientos, y pocas pero significativas noticias de su vida, nos permiten familiarizarnos con la figura imponente del "oscuro" mejor que con la de cualquiera de sus antecesores y contemporáneos dedicados a la filosofía. Bien pronto por cierto tejió la leyenda su trama en torno de la cabeza del filósofo "lloroso". Las fechas de su nacimiento y de su muerte nos son desconocidas. Su apogeo ha sido fijado alrededor de la 69º olimpíada (504-501) basándose para ello probablemente en un acontecimiento determinado en el cual había participado. Pues este descendiente de los reyes municipales de Éfeso, que pudo haber reclamado para sí el cargo de rey sacerdotal, pero al que renunció en favor de su hermano, intervino sin duda en forma activa y repetidas veces en los destinos de su patria, como por ejemplo cuando indujo al príncipe municipal Melancomas a abdicar de su gobierno [67]. Mas la redacción de su obra difícilmente puede haber tenido lugar antes de 478, deducción que se basa en las condiciones políticas que la misma refleja.

La soledad y la belleza natural fueron las musas de Heráclito. Orgulloso, lleno de invencible confianza en sí mismo, no se ha sentado a los pies de ningún maestro. Pero cuando el joven, entregándose a la meditación recorría las alturas que rodean a su ciudad natal, alturas de una belleza admirable y cubiertas de una vegetación de casi tropical exuberancias [68], entonces más de un presentimiento de la vida cósmica y de sus leyes penetraba su alma ansiosa de saber. Los grandes poetas de su pueblo habían nutrido su imaginación infantil, dotándola de espléndidas visiones, pero no bastaban sus creaciones para brindar a su mente madura una satisfacción duradera. Pues ; ya se habían suscitado dudas —Jenófanes fue el primero— respecto de la realidad de las creaciones míticas, y ya se había inculcado en las almas sensibles un ideal más elevado, del que distaban mucho los dioses homéricos, presos de vicios y pasiones humanas. Heráclito no desea ver cubierto de altos honores al poeta que en unión de Hesíodo (por citar palabras del historiador Herodoto) ha creado la mitología de los griegos; bien al contrario, preferiría contemplarlo "excluido de las conferencias públicas y azotado con la vara". A todas las creaciones de la creencia popular se enfrenta con igual hostilidad: a la adoración de los ídolos que no es otra cosa que "charlar con las paredes"; a la ofrenda de sacrificios, que suplanta una mancha con "otra, "como si el que ha pisado fango quisiera lavarse con fango", a los ejercicios "desvergonzados" del culto de Dionisos no menos que a las "consagraciones nefastas" de los misterios. Tampoco la "polimatía" o "sabiondez" de Hesíodo, "a quien la mayoría sigue como a su maestro", escapa a su vituperio, así como la del matemático filosofante Pitágoras o la del rapsoda filósofo Jenófanes o la que demuestra poseer el historiador y geógrafo Hecateo. Él ha aprendido de todos ellos, pero a ninguno rinde culto. Sólo para la sencilla sabiduría práctica de Bías encuentra una palabra de elogio efusivo. Fuertemente influido por, Anaximandro, demuestra su agradecimiento hacia el mismo no incluyéndolo —como tampoco a Tales y Anaxímenes — entre los tan criticados maestros de la "sabihondez" que "no plasma el espíritu". Todo lo mejor cree deberlo a sí mismo; pues de "todos los discursos que ha oído, ninguno ha alcanzado la verdadera comprensión". Si se encara a los poetas y pensadores, en parte con sombrío encono, en parte con fría desconfianza ¡cuan grande no será su desprecio por la masa del pueblo! En efecto, sus injurias caen como mazazos sobre ésta: "se llenan la panza como animales" y "millares de ellos no pesan lo que un. espíritu selecto". ¿Cómo puede pretenderse que el injuriador de la plebe" [69] quisiese conquistar el favor de las multitudes y que a tal efecto se hubiera preocupado tan sólo de procurar la fácil comprensión de sus exposiciones? A po­cos elegidos se dirige su sabiduría enigmática, sin preocuparse de los más que se parecen a los perros que "ladran a quien no conocen" o también al asno que "prefiere el atado de heno al oro". Ve anticipadamente el reproche que encontrará la forma sibilina y el sombrío contenido de su obra, pero se le adelanta señalando los modelos más gloriosos. El dios pitio "no declara ni oculta, sino insinúa", y "la voz de la sibila que con boca furiosa anuncia cosas ingratas, sin unción y sin afeites", atraviesa los siglos por virtud del dios que habla por su intermedio. Y la recompensa tardía le basta, pues "hay algo que los espíritus eximios prefieren a todo lo demás, la gloria póstuma inextinguible".

El desprecio con que nuestro sabio miraba a la humanidad, halló abundante alimento en la situación política y moral de su patria. Desde hacía más de medio siglo pesaba sobre los griegos del Asia Menor el yugo extranjero. No era éste excesivamente pesado, pues la inclusión en el organismo relativamente poco rígido del imperio feudal persa se hacía muchas veces efectiva aquí por intermedio de las dinastías locales. Pero para que la pérdida de la independencia nacional no hubiese provocado una decadencia del espíritu cívico y una preponderancia perjudicial de los intereses particulares, habría sido preciso un milagro. El terreno para tales manifestaciones de decadencia estaba preparado desde mucho tiempo atrás. El goce más amplio de la vida y las costumbres más refinadas del Oriente habían relajado no sólo la rusticidad sino también la austeridad de la antigua modalidad griega. ¿Puede sorprender entonces que un moralista ultrabilioso del tipo de nuestro filósofo encontrara mucho que criticar en sus conciudadanos y los creyese luego, por lo menos momentáneamente, poco dig­nos de sostener en sus manos el cetro del mando, al advenir la democracia después de la caída del dominio de los persas? De todos modos, en las luchas partidarias de aquella época tomó partido junto a los aristócratas y defendió su causa con un encono que era tanto más amargo cuanto más a fondo creía poder despreciar a sus adversarios. El colmo de su apasionamiento lo revela la frase llena de odio:  "los efesios harían bien en ahorcarse uno tras otro y en entregar su ciudad a los menores de edad; pues al desterrar a Hermodoro han pronunciado  el siguiente dictamen:  no debe quedar entre nosotros ningún hombre eximio; pero si se presenta uno,  que se vaya a vivir a otra parte y entre otra gente". El desterrado tan elogiado aquí,  encontró  un nuevo campo  de   gloriosa actuación en un lejano país. Su consejo jurídico fue requerido por los autores de las leyes romanas de las Doce Tablas y su memoria honrada por una estatua que Plinio alcanzó a ver [70]. Pero el anciano amigo de Hermodoro estaba cansado de soportar el yugo de la democracia; por lo que abandonó la ciudad corrompida por injusticias y arbitrariedades, para retirarse a la soledad de la montaña selvática donde vivió hasta que se extinguió su vida. En el santuario de Artemisa depositó, como un legado para tiempos venideros, el rollo manuscrito que encerraba el resultado del trabajo de su vida.
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Ruinas del Templo de Ártemis en Éfeso ~
El pleno goce del inapreciable libro quedó vedado ya a los antiguos. En él hallaron desigualdades y contradicciones tan extremas que un Teofrasto sólo podía explicarlas mediante la suposición de ocasionales perturbaciones mentales. Aristóteles se queja de las dificultades que le ocasiona al lector desenmarañar su fraseología, y una cantidad de comentaristas, entre ellos personas de gran renombre, se esforzaron por iluminar la obra repleta de oscuridades. Los restos llegados a nuestras manos, no son pasibles de ordenación cronológica segura, ni pueden ser incluidos con certeza en una u otra de las tres divisiones que forman la obra —física, ética y política [71].

La gran originalidad de Heráclito no consiste en su teoría de la protosubstancia, ni siquiera en la de la naturaleza en general, sino en haber urdido por primera vez hilos que relacionan la vida natural con la espiritual, y que desde entonces ya no se han cortado; y en haber logrado generalizaciones universales que reunieron ambos dominios del saber humano a modo de gigantesco arco. En sus conceptos fundamentales se hallaba más próximo a Anaximandro. El carácter perecedero de las configuraciones individuales, el permanente cambio y la transformación de las cosas, el concepto del orden natural como un orden legal: todo ello era tan familiar a su espíritu como al de su más grande precursor. Lo separan de éste su genio intranquilo y desafecto a toda pacien­te investigación especial, la tendencia más poética de su imaginación y su anhelo de una elaboración plástica más rica. Por eso no lo podía satisfacer la protomateria de Anaximandro, carente de toda clara determinación cualitativa, y tam­poco la incolora e invisible protosubstancia de Anaxímenes.

La forma de substancia que mejor respondía a la esencia del proceso cósmico y que, por lo tanto, tenía mayor grado de dignidad, era a su juicio la que nunca suscita ni siquiera la apariencia de calma o de movimiento, por escaso que sea, y que a la vez se presenta como el principio del calor vital de los seres superiormente organizados, y por eso, como el elemento de la vida: el fuego que todo lo anima y consume. "Este único orden de todas las cosas (del mundo)", exclama, "no ha sido creado por ninguno dejos dioses, como tampoco por ninguno de los hombres, sino que ha existido siempre, existe y existirá, fuego eternamente vivo que se enciende según normas y se extingue según normas". En un ciclo menor y otro mayor, Heráclito hacía descender el protofuego hacia las otras configuraciones más bajas de la substancia y de éstas elevarse por las mismas vías hacia su forma primitiva porque "el camino hacia arriba y hacia abajo es uno solo". El fuego se transforma en agua, y de ésta una mitad vuelve al cielo de inmediato como ígneo aliento, mientras la otra mitad se transforma en tierra, la que vuelve a convertirse en agua y por este camino, finalmente, en fuego. Como procesos intermedios de esta circulación podemos considerar los de la evaporación, del derretimiento y de la solidificación, debiendo recordarnos que para el ingenuo sentido de la física que poseía Heráclito, la extinción del fuego en el agua podía considerarse como la transformación del fuego en agua. El protoprincipio de nuestro poeta-pensador es no sólo el incesante manantial del nacer y perecer, ni se contenta con llamarlo divino como hacían ya sus antecesores, sino que para él es a la vez la esencia de la inteligencia universal, la norma consciente de todo existir, que "no quiere ser llamada Zeus", porque no es un ser individual y personal, y que a pesar de ello "quiere ser llamada así", por ser el principio supremo del mundo, y, sobre todo, el principio más alto de la vida (piénsese en la palabra griega zên, igual a vivir, y las correspondientes formas del nombre de Zeus). Pero no debemos considerar a aquel ente primero como una divinidad que actúa de acuerdo con finali­dades y que elige los medios apropiados para ello. Porque Heráclito lo compara con un "muchacho que juega", que se di­vierte en el juego de las tablas sin ningún objeto preciso y que levanta montículos de arena en la orilla del mar sólo para derribarlos de nuevo [72].

Porque construcción y destrucción, destrucción y construcción, es la norma que abarca todas las esferas de la vida en la naturaleza, tanto las más pequeñas como las más grandes. Porque hasta el mismo Cosmos, del mismo modo que ha surgido del protofuego, debe volver a él: un doble proceso que se renovará eternamente en plazos definidos aunque estos sean inmensos espacios de tiempo.

Las observaciones geológicas de Jenófanes y las percepciones similares de Anaximandro habían mostrado aquí el camino a su especulación. Basándose, como el último, en indicios manifiestos de la cuenca del Mediterráneo, es muy natu­ral que considerase más amplia la extensión del mar en la época prehistórica que en la presente. Y nada más comprensible que de acuerdo con sus axiomas físicos llegase al corolario: del mismo modo que la tierra ha surgido del agua, ésta ha surgido del fuego. Así llegaba a un punto de salida en que no existía otra cosa que fuego. Mas, disponiendo como herencia de Anaximandro de la creencia en un movimiento cíclico de las cosas, ya no podía considerar aquel proceso de evolución como un acontecimiento único. Del fuego han surgido las formas restantes de la substancia, y en el fuego también han de perecer alguna vez, para que se inicie de nuevo el proceso de diferenciación y vuelva a llegar al mismo término. Su amplia visión lo enlaza en este punto con los más grandes investigadores modernos de la naturaleza; y —¿lo llamaremos casualidad o presentimiento genial?— con ellos concuerda también, por lo menos en lo referente al sistema solar, en la idea más exacta de aquellos ciclos cósmicos. Una bola de fuego representa el punto de partida; otra similar, el punto final de cada período cósmico.

~ El mar visto desde lo alto en Éfeso, hoy allí una represa 
Es cierto que de esta hipótesis resultaron contradicciones tanto con la naturaleza de las cosas como con su propia doctrina, y no sabemos hasta dónde él mismo las advirtió y en qué forma las ensambló. "El fuego se alimenta de vahos que Be levantan de lo húmedo". ¿No debía entonces, con la disminución y la destrucción final de todo lo líquido, agotarse también la fuente en que se nutre el fuego? Y además: ¿cómo podía ser que el volumen de la materia, aumentado por el calor, cupiera en el espacio que de por sí ya estaba lleno ? Más adelan­te los  sucesores de Heráclito — los  estoicos — encontraron remedio a este problema. Ellos imaginaron un inmenso espacio vacío, disponible para la citada expansión de la materia. Pero puede darse por seguro que el efesio mismo no ha imaginado este recurso, porque la suposición del espacio vacío lo habría transformado en uno de los precursores de Leucipo, y nuestras fuentes no habrían dejado de informarnos de ello [73]. Pero Heráclito atribuye a la substancia no sólo alteración incesante de las formas y de las cualidades, sino también movimiento continuo en el espacio. A la substancia la consideraba llena de vida. Y no sólo en el sentido en que también sus precursores inmediatos fueron llamados con excelente razón "animadores de las substancias"   (hilozoistas).  Ellos habían buscado la causa de todo movimiento en la propia substancia, no en un agente externo. En ello los sigue el efesio. Pero su "fuego siempre vivo" no es vivo sólo en ese sentido; los hechos del metabolismo orgánico que reina en la vida de los animales y las plantas, produjeron evidentemente en su espíritu ; una impresión tan fuerte que esta analogía da la pauta tambien de su consideración de procesos substanciales en general. ¡ Todo lo que vive se halla en un permanente proceso de descom- posición y de renovación. Y si en el sentido anteriormente mencionado la substancia fue considerada viva, ¿es de extrañar que el poder de la asociación de ideas lo indujera a considerarla también desde este punto de vista como algo orgánicamente animado? De ahí proviene la teoría de Heráclito del fluir de las cosas. Si algo persistente se muestra a  nuestros ojos, ello es una mera apariencia; en realidad, el objeto se halla en un proceso de transformación continua. Si esa transfor­mación no conduce a la destrucción del objeto, ello ocurre sólo en el lugar y bajo circunstancias en que las partículas que se separan de él, son remplazadas por la agregación incesan-te de nuevas partículas. Su metáfora favorita es la del río correntoso. "Nunca podemos internarnos dos veces en el mismo río, porque nuevas y siempre renovadas aguas entran en él". Y como el río en su calidad de masa continua de agua permanece invariable, aunque por su composición no sigue siendo el mismo, aquel pensamiento incluye también la expresión de corte paradójico: "Nos internamos en el mismo río y no nos internamos en él; somos y no somos" [74].

Con aquella analogía defectuosa se entrelazaban percepciones exactas y conclusiones penetrantes. A estas últimas puede haber pertenecido la noción de que las impresiones recibidas por el olfato y (como se debía creer en aquellos tiempos) también por la vista, eran producidas por partículas de materia que se desprendían incesantemente de los objetos. Pero sea como fuere, el resultado, en todo caso, fue una teoría de la naturaleza que de modo sorprendente concuerda con teorías de la moderna física. La concordancia es tan exacta que una exposición sintética de esas doctrinas coincide casi textualmente con un análisis antiguo de las doctrinas de Heráclito. "Algunos", así dice Aristóteles refiriéndose evidentemente al efesio y sus discípulos [75], "afirman que no sólo se mueven algunas cosas y otras no, sino que todas se mueven y en todos los tiempos, aunque estos movimientos se sustraen a nuestra percepción". "La ciencia de nuestros días" [76]—así se expresa un naturalista filósofo de la actualidad— "tiene por descon­tado que las partículas de la substancia están continuamente en movimiento... aunque estos movimientos escapan a nues­tra percepción". Y ahora considérese que Heráclito escribía en una época en que nuestra teoría del calor era tan desconocida como la de la luz y el sonido, y que no sabía nada de ondas de luz o del éter y tampoco que cada sensación de calor se basa en un movimiento molecular, incluso en los cuerpos sólidos; una época que no tenía ninguna idea de la índole de procesos químicos y celulares y que, finalmente, carecía también del microscopio que a nuestra vista asombrada revela movimientos allí donde el ojo percibe a simple vista, sólo una rígida inmovilidad; lo cual, por lo tanto, nos sugiere con fuer­za irresistible que el imperio del movimiento se extiende infinitamente más lejos que el de nuestra percepción del mismo. Quien tenga presente todo eso, se formará el concepto más ele­vado de la profundidad genial del pensador efesio y, sobre todo, se asombrará tal vez de que esta anticipación inmensa no haya traído frutos más abundantes para el conocimiento detallado de la naturaleza. El desengaño que sufrimos aquí, no debe menguar la gloria del efesio. Al reconocerse el hecho de que existen movimientos invisibles, se había abierto una brecha en la muralla que se oponía como un obstáculo insalvable a toda incursión en los secretos de la naturaleza; pero sólo la segunda concepción que abría realmente horizontes nuevos, la hipótesis de los corpúsculos no sólo invisibles sino también indestructibles e inalterables de los que se componen todas las estructuras de la substancia y que surgen indemnes de cada una de las transformaciones de la masa: sólo esta gran proeza intelectual de los atomistas podía hacer que aquel concepto fuese realmente fructífero y de grandes consecuencias. Heráclito mismo, cuyo temperamento poético no lo inclinaba a ini­ciar y fomentar la exégesis mecánica de la naturaleza, ha extraído de aquella teoría fundamental consecuencias que permi­tían arrojar luz sobre otros terrenos del conocimiento.

El cambio de propiedades en la sucesión del tiempo tiene su exacta contrapartida en el cambio que se produce en simultaneidad. Aquí también se revela a la mirada observadora una diversidad que parece hacer peligrar la unidad del objeto y de su estructura. Un mismo objeto muestra frente a otros objetos un comportamiento distinto en cada caso, muchas veces hasta contradictorio. "El agua del mar es lo más puro y lo más pernicioso ; para los peces es potable y beneficiosa, para los hombres no es potable y es perjudicial". Que Heráclito no ha querido apuntar algo en esta frase como observación aislada, es evi­dente para quien conozca los fragmentos de su obra; es la teoría de la relatividad de las cualidades lo que se proclama aquí por primera vez y que, obedeciendo a las ten­dencias de su carácter, Heráclito persigue en seguida hasta su más extrema consecuencia: "Lo bueno y lo malo es la misma cosa" [77]. Pero esto nos recuerda una vez más aquella frase paradójica "somos y no somos". Y en efecto, la teoría del fluir por un lado y la teoría de la relatividad por el otro, conducen al mismo resultado. Los estados sucesivos de un objeto, sus cualidades simultáneas, ambas cosas llevan a menudo un sello de profunda disparidad y hasta no raras veces de pleno contraste. Toda seguridad y firmeza de la existencia es eliminada por nuestro pensador; se entrega gozoso a formar frases que se burlan de la inteligencia humana; olvida o descuida las limi­taciones sin las cuales aquellos enunciados no tienen sentido inteligible y aceptable. En un sentido, el río permanece el mismo; en otro, se transforma en uno distinto; A es "bueno" desde un punto de vista, "malo" desde otro. Esto preocupa poco al efesio;. la escasa destreza de su pensamiento coadyuva a su orgullo de pensador; cuanto más extra­ños son los resultados que obtiene, tanto más satisfacen su afi­ción a lo paradójico, su preferencia por oscuros dichos enigmáticos, su menosprecio de todas las verdades llanas y fácilmente comprensibles. Los contrastes no se excluyen, sino que se condicionan mutuamente y hasta son idénticos entre sí; así lo considera en adelante como verdad establecida, y aun como una ley fundamental que domina todas las esferas de la vida, tanto la natural como la espiritual. ¿Debemos guardarle rencor por eso? De ningún modo. En lo referente a verdades mal interpretadas y analizadas con descuido, y principalmente en aquellas que por su naturaleza difícilmente pueden escapar a.. la errónea interpretación y descuido mencionados, lo más arduo e importante es que sean descubiertas. Las exageraciones en que se complacen sus descubridores, son tan perdonables como explicables, y a la larga hasta más beneficiosas que per­judiciales. Porque el maestro que proceda con rigor lógico no se hará esperar mucho tiempo; la podadera que corta los gajos espúreos del pensamiento, entrará en funciones tarde o temprano. Mas la demasía con que dichas verdades, fácilmen­te descuidadas, han sido proclamadas, la forma incondicional en que han sido enunciadas, les da un brillo y un relieve que las preserva del peligro de volver a caer jamás en el olvido. Sobre todo su punta paradójica penetra profundamente en el espíritu de su autor, y ellas se transforman para él en propiedad imperdible y siempre presente. De este modo, las saturnales "especulativas" de Heráclito, se nos aparecen como la fuente de que mana el aporte más valioso de su contribución al tesoro del pensamiento y de la ciencia humanos, pues, a decir verdad, yo mismo no sabría dónde comenzar ni dónde termi­nar, si quisiera ilustrar en forma exhaustiva el incalculable alcance de las verdades fundamentales contenidas en aquellas exageraciones. La correcta teoría de la percepción sensorial con su reconocimiento del factor subjetivo, es una consecuencia del relativismo; la comprensión del hecho de que el mismo objeto del mundo exterior produzca efectos distintos sobre órganos distintos, sobre individuos distintos y también sobre distintos estados del mismo individuo: esta comprensión que ya no podía escapar por mucho tiempo a los pensadores griegos, la única, por otra parte, que podía preservarlos de un escepticismo sin fundamento ni sentido, estaba contenida, como la flor en el brote, en la teoría de la relatividad de Heráclito. Y no menos aquel otro principio más profundo y más in­dispensable de que opiniones, prescripciones e instituciones adecuadas y beneficiosas para una fase del desarrollo humano, se han tornado insuficientes y perniciosas en otra fase de ese desarrollo. "Lo razonable se vuelve absurdo y lo beneficioso se transforma en plaga", no se cumple sino por el motivo de que el mismo objeto, en épocas distintas y en combinación con factores de distinta índole, ejerce efectos muy diferentes y hasta contrarios. El fermento poderoso que contrarresta el afán irrazonable de conservación en todos los terrenos— tanto del gusto y de la moral como de las instituciones públicas y sociales —es el relativismo que ha faltado y falta aún hoy cada vez que la frase: "Esto siempre ha sido así" ha sido y es considerada como contestación suficiente a todo ataque contra lo establecido. Mas la misma teoría ha prestado servicios en todas estas esferas no sólo al progreso, sino también a la conservación de lo que merece ser conservado; pues sólo ella permite explicar suficientemente y justificar el cambio y la transformación, la contradicción entre lo que rige ahora aquí y lo que regía antes allá. Donde ella falta, toda modificación real de códigos vigentes y hasta la sola comprobación de que no siempre y en todas partes rigen las mismas normas, producen profundas y insubsanables dudas sobre la justicia de todos los códigos en general. La variedad real de las formas de vida humana, la flexibilidad de nuestra naturaleza y su configuración tan distinta según el lugar y el tiempo que se consideren, sólo pueden comprenderse con una concepción de la vida que sepa amoldarse a estas proteicas transformacio­nes y no con una concepción que sólo considere buena la situación que no varía en absoluto y para la cual todo proceso de transformación equivalga al reinado de la arbitrariedad y el azar. Y como culminación, la teoría de la coexistencia de los contrastes. En la exposición e ilustración de la misma, nuestro poeta-pensador no se cansa jamás. "Lo discorde se halla en armonía consigo mismo". "La armonía invisible (la que resulta del contraste) es mejor que la visible", la enfermedad "ha creado la curación; el hambre, la satisfacción; el cansancio, el reposo". Ora con la brevedad del oráculo, ora con meridiana claridad y prolijidad, se inculca, la teoría de que la ley del contraste domina la naturaleza no menos que la vida del hombre, que "para éstos no sería mejor que obtuviesen lo que desean", es decir, que todos los contrastes se resolviesen en pura armonía. Homero mismo es muy censurado porque quería ver extirpados "todos los males de la vida" y deseaba que se eliminara "las contiendas del círculo de los dioses y de los hombres", con lo que exigía el "ocaso del Universo". Verdaderamente inagotable es la profusión de las apli­caciones que estas manifestaciones permiten en unos casos, exigen en otros. Todo lo que calificamos en el sentido más amplio de polaridad en el dominio de las fuerzas naturales, la necesidad del cambio para que se produzca la sensación en general, en especial las sensaciones del placer, la supeditación de todo lo bueno a los males opuestos, lo imprescindible de la competencia y de lo que hoy llamamos lucha por la vida para el desarrollo y el acrecentamiento de fuerzas humanas, la necesidad de la coexistencia de elementos antagónicos en el Estado y la sociedad, todo ello y mucho más es expuesto en parte oscura y vagamente, en parte con claridad en las menciona­das sentencias; y siempre la mirada de nuestro sabio se desvía del terreno de lo inanimado hacia el mundo de lo animado y viceversa. Pero me equivoco: esta separación no existe para él, ya que considera al mundo como un fuego eternamente vivo, y hasta al alma la portadora de la vida, y la deidad misma, no son a su vez sino fuego [78].

~ Antiguo anfiteatro y paisaje de Éfeso 
Lo que más nos cuesta es suponer al antiguo filósofo naturalista con capacidad suficiente para comprender los aspectos sociológicos citados en último lugar; pero precisamente en este aspecto, el texto de una de sus sentencias no admite ninguna duda. La "guerra" para él tiene nombre de "padre y rey" de todas las cosas o seres. Si el fragmento terminara aquí, a nadie se le ocurriría darle otra interpretación que la puramente física y cosmológica. A la observación del efesio se manifiesta en todas partes un juego de fuerzas y cualidades opuestas que se impulsan y condicionan recíprocamente; le parece que una ley de la polaridad abraza la vida en su totalidad incluyendo dentro de sí todas las leyes particulares. La tranquilidad sin lucha conduce a la relajación, al entumecimiento y hace perecer todo: "La poción mixta se descompone, si no se la agita". El movimiento incesante que da y conserva la vida está basado en el principio de la lucha y de la contienda; como procreador, organizador y conservador lo caracterizan esta vez los apodos de "padre y rey" [79]. Antes podía uno detenerse en es­te punto, pero no ahora, ya que un hallazgo feliz —proveniente de la mitad del siglo XIX— nos ha dado la continuación de aquel fragmento: "Y a unos los ha revelado (la guerra) co­mo dioses, a los otros como hombres, a unos los ha hecho esclavos, a los otros libres" [80]. Esclavos son los prisioneros de guerra y sus descendientes, sus vencedores y dominadores son los libres. De este modo, la guerra —no hay duda de que Heráclito quiere decir esto—, al probar y acrisolar las fuerzas, ha separado a los capaces y los incapaces, ha formado el Estado y estructurado la sociedad. Elogia la guerra por haber destacado esta diferencia de valor, y lo mucho que la misma significa para él, nos lo enseña la mención de dioses y hombres, en forma coordinada a la de esclavos y libres. La guerra ha producido la separación de los dos componentes de esta pareja: la relación del libre frente al esclavo corresponde también a la del hombre endiosado frente al hombre común. Porque junto a la turba de almas vulgares que cobija el mundo de los muertos —y para los cuales allí en el reino de lo húmedo y lo turbio el olfato reemplaza los medios superiores de conocimiento—, existen también, según Heráclito, espíritus privilegiados que de la vida terrestre se elevan a la existencia divina. Avizora ante sí una escala de seres distintos en rango, distintos también en valor, en capacidad y en virtud. Después de reducir la jerarquía a una graduación de valores, pregunta también por los motivos de esta última. Los encuentra en el roce de las fuerzas que en forma de guerra tiene lugar ora en el sentido más estricto, ora en un sentido más o menos meta­fórico [81]. Estos matices son necesarios como eslabones intermedios entre el sentido cosmológico y sociológico de la sen­tencia comentada. Mas no hay que hacer demasiadas concesiones a la fuerza atenuante de la metáfora. El enervamiento de sus compatriotas jónicos, censurados ya por Jenófanes a causa de su molicie y fastuosidad, la indolencia de sus ciudadanos de que se queja Calino, los graves reveses que ha sufrido su patria, todos estos factores acrecen evidentemente en grado sumo el valor que atribuye a las virtudes bélicas. "Los caídos en la guerra, así exclama, son honrados por hombres y dioses"; y "cuando mayor la caída, tanto más fuerte la resonancia" de honrosa admiración [82]. Mas para el pensador cuya fuerza reside en la generalización genial, hasta las experiencias más dolorosas no constituyen más que el incentivo para proseguir el curso de sus pensamientos. Su meta era, a no dudarlo, nada menos que la vasta concepción de que la resistencia y el conflicto configuran una condición fundamental para toda conservación y todo perfeccionamiento progresivo de la fuerza humana.

Por profundas y numerosas que sean las adquisiciones de la inteligencia que hasta ahora hemos encontrado en nuestro pensador, la máxima sorpresa nos la llevamos más adelante. Heráclito partiendo de las distintas leyes que creía descu­brir en la naturaleza y en la vida humana, se elevó hasta la idea de una sola ley que abarca todo. A su mirada no ha escapado el imperio severo y sin excepciones de una norma universal. Cuando reconoce y proclama el dominio de esta ley universal, el imperio de una causalidad sin excepciones, marca un punto decisivo, en el desarrollo espiritual del género humano. "El sol no saldrá de sus medidas; si lo hiciera, lo alcanzarían las Erinias, las auxiliares de la justicia". "El que habla con inteligencia, debe aferrase a aquello que es lo común en todo, del mismo modo y aun más que la ciudad se apoya sobre la ley; porque todas las leyes humanas se alimentan de la sola ley divina". "Si bien este logos (esta ley fundamental) existe en todos los tiempos, los hombres lo ignoran tanto an­tes de haberlo escuchado como al escucharlo por primera vez" [83]. A la pregunta de cómo Heráclito ha llegado a escalar esta cima del conocimiento, se puede contestar en primera instancia : sintetizó aquí tendencias que conmueven a toda su época. La interpretación del mundo basada en intervenciones arbitrarias de seres sobrenaturales no satisfacía ni el conocimiento de la naturaleza, muy adelantado ya, ni las mayores exigencias morales de aquella época. El progresivo enaltecimiento y la simultánea transformación ética del dios supremo o dios del cielo, la tentativa continuamente renovada de derivar la abigarrada variedad de las cosas de una sola raíz material, son todos testimonios de la creciente creencia en la homogeneidad del universo y en la uniformidad del régimen del mundo. Quedaba abierto el camino que conduce al conocimien­to de leyes universales. Estas leyes, por otra parte, tenían que asumir una forma cada vez más severa. La base de la investigación exacta de la naturaleza había sido echada en pri­mer término por los astrónomos, a los que poco después se unieron también los físicos matemáticos, entre los cuales Pitágoras ocupa el primer lugar. La noticia de las observaciones que hiciera en sus elementales experimentos de acústica, tie­nen que haber producido una impresión de una fuerza que difícilmente puede ser exagerada. El más fugaz de los fenómenos, el sonido, había sido, por decirlo así, capturado y uncido al yugo de números y medidas; ¿qué podría resistir en adelante a estos domadores? Pronto cundió desde la Italia inferior a través de toda la Hélade la voz: ¡la esencia de las cosas es el número! Que el efesio no ha sido impermeable a estas influencias, es evidente y ha sido reconocido en parte. El pa­pel que juegan en sus especulaciones los conceptos de la ar­monía, del contraste y sobre todo el de la medida, se debe seguramente en su mayor parte a influencias quizá pita­góricas, en parte menor a influencias de Anaximandro. En la medida en que no había nacido para investigador exacto —para lo cual su pasión era demasiado grande, su espíritu carecía de sobriedad y rebosaba con la tendencia a embriagarse de parábolas, dándose por satisfecho con ello— se presta­ba en cambio para ser el heraldo del nuevo concepto del mundo. En esto, y no menos, por cierto, en las múltiples injusticias cometidas contra los verdaderos creadores de la ciencia, Heráclito se parece en realidad al canciller Bacon [84], con el cual se lo ha comparado últimamente bajo otros aspectos con muy poco acierto. Pero en él no se daban sólo el poder del orador y la fuerza de la modelación plástica. Aunque en la mayoría de los casos su interpretación de los fenómenos ais­lados es ingenuamente errónea —"el hombre ebrio es guiado por un muchacho imberbe y da traspiés porque su alma está mojada", "el alma seca es la más sabia y mejor"—, encontramos desarrollada en él por encima de lo común la capacidad genial de reconocer lo homogéneo bajo los disfraces más extraños. Como pocos, sabe perseguir a través de toda la extensión del doble mundo de la vida natural y espiritual, y a lo largo de toda la escala de los seres, las concepciones que ha ganado primero en un limitado terreno particular. Ya no se trataba, lo advertimos con anterioridad, de vencer el abismo entre naturaleza y espíritu, pues tanto para él como para sus precursores este abismo apenas si existía. También la elección de su protosubstancia fue aquí un factor favorable. Dado que el mundo parecía construido de fuego, es decir de substancia anímica, ¿cómo se le ocurriría detenerse en sus generalizaciones derivadas de cualquier esfera de la vida natural precisamente ante los fenómenos anímicos y ante los políticos o sociales derivados de los mismos? De ahí la amplitud sin límites de sus generalizaciones, que culminan en el reconocimiento de la norma universal a la que todo se somete.

Para escalar verdaderamente esta cima y proclamar con insistencia la ley universal rectora de todos los acontecimientos como el fin supremo del conocimiento, se vió instigado además por un impulso particular proveniente de su teoría del flujo continuo de las cosas unida a su teoría tan imperfecta de la substancia. Si así no fuera podría temerse que no le quedara ningún objeto de conocimiento seguro, y el reproche que Aristóteles le hizo injustamente, le alcanzaría así con toda razón [85]. Pero ahora este temor ya no existía. En medio de la transformación general de las cosas individuales y de todo el cambio de las formas de la substancia, —y a pesar de la destrucción que a intervalos regulares debía afectar a la estructura del cosmos mismo y de la cual este último, siempre de nuevo, debía resurgir, la ley universal se levantaba inmu­table e inamovible junto a la protosubstancia, concebida co­mo substancia animada y dotada de razón (y con la cual se confunde, en poco clara concepción mística, como razón universal o divinidad cósmica). Dicha ley es lo único estable en el fluir de los acontecimientos que circula sin comienzo ni fin. Reconocer la ley universal o la razón universal es el supremo mandato de la inteligencia; inclinarse ante ella y obedecerla es la suprema regla de la conducta. La terquedad y la obstinación son las encarnaciones de lo falso y de lo malo, que en el fondo son una misma cosa. La ''presunción'' es comparada con una de las enfermedades más horrorosas que pueda atacar al hombre, con la epilepsia que durante toda la antigüedad fué considerada como una fatalidad impuesta por los poderes demoníacos; el "envanecimiento" a su vez "debe ser extinguido igual que un incendio". "Sabiduría es únicamente esto: reconocer la razón (o la inteligencia univer­sal) que dirige todo por medio de todo". No es fácil, por cierto, satisfacer esta exigencia, porque la verdad es paradójica; porque "la naturaleza se complace en cubrirse" y "debido a su inverosimilitud escapa al reconocimiento". Pero el investigador tiene que dar lo mejor de su ingenio, tiene que ir provisto de una alegre intrepidez de pensador y estar siempre preparado a encontrar sorpresas; porque "si no esperáis lo inesperado, no encontrarais la verdad, que es difícil de divisar y apenas accesible". "No debemos establecer con ligereza suposiciones sobre las cosas supremas"; no debe guiarnos la arbitrariedad, porque "a los forjadores y testigos de mentiras les alcanzará el castigo". Las instituciones humanas sólo perduran mientras coinciden con la ley divina, porque ésta "tiene el alcance que quiere y basta a todo, supera a todo". Pero dentro de estos límites es necesario que reine la ley por la cual el pueblo debe luchar como por la defensa de un muro; mas la ley no es por cierto el antojo de la muchedumbre que tiene muchas cabezas y carece de juicio, sino la inteligencia y muchas veces "el consejo de uno solo", a quien a causa de su sabiduría superior "se debe obediencia" [86].

Sobre la época siguiente, nuestro sabio ha ejercido una extraña influencia de doble filo. Como factor histórico, pre­senta la misma doble faz que, de acuerdo a su doctrina, muestran las cosas. Heráclito ha llegado a ser manantial principal y primordial de tendencias religioso-conservadoras, no menos que de tendencias escéptico-revolucionarias. Es y no es (desearía uno alzar su voz junto a la suya) un amparador de lo existente, es y no es un cruzado de la revolución.

Mapa dialectal de la antigua grecia y sus principales ciudades 
El centro de gravedad de su influencia reside por cierto, conforme a su particularidad personal e individual, en la parte mencionada en primer término. Dentro de la escuela estoica, su influencia representa el polo opuesto a las tendencias radicales del cinismo. De su comprensión de la ley que rige todo lo que ocurre, se deriva el determinismo inexorablemente severo de esta secta, el que —como siempre— en todas las cabezas, excepto en las más claras, fue convirtiéndose en fatalismo. De ahí que propendiera a la resignación y casi al quietismo, como ya nos lo dicen los versos de Cleantes; de ahí la sumisión voluntaria a las providencias del destino cuyos apóstoles han llegado a ser Epicteto y Marco Aurelio. También en Heráclito hemos encontrado los primeros indicios de la tendencia estoica de amoldarse a la creencia popular, a la que se da una nueva interpretación. Igualmente lícito es recordar a su discípulo en la época moderna, Hegel, con su "filosofía de la restauración", con su glorificación metafísica de lo tradicional en el Estado y la Iglesia, y con su sentencia tantas veces invocada: "Lo que es real, es racional, y lo que es racional es real" [87]. Mas, por otra parte, también el radicalismo de los jóvenes hegelianos, como lo puede demostrar el ejemplo de Lassalle, se muestra estrechamente ligado a Herá­clito. Por fin, el paralelo más contundente, el reflejo más exacto del efesio, producido en los últimos tiempos, se encuentra en el poderoso pensador revolucionario Proudhon, quien no sólo se asemeja a Heráclito como un huevo se parece a otro, en diversas y muy características doctrinas, sino que lo recuerda también muy vivamente en la disposición fundamental de su espíritu, como también en la forma paradójica de sus sentencias, consecuencia inmediata de aquella disposi­ción [88].

La solución de la contradicción es bastante fácil de hallar. La más íntima esencia del heraclitismo es comprensión de la multiplicidad de las cosas, amplitud del horizonte espiritual en oposición a toda clase de estrechez mental. La capacidad y el hábito de tan amplia visión panorámica tiene la pretensión, sin embargo, de reconciliarnos con las imperfecciones del curso del mundo no menos que con los rigores de la evolución histórica. Pues a menudo nos hace ver junto al mal el remedio, junto al veneno el antídoto; nos hace conocer muchas veces en el aparente antagonismo una profunda concordancia íntima, y en lo feo y nocivo, inevitables peldaños transitorios y preliminares en el camino hacia lo bello y beneficioso. De este modo lleva a juzgar de un modo benigno tanto la organización del mundo como los fenómenos históricos. Da origen a "teodiceas" y también a "salvaciones" tanto de individuos como de épocas enteras y sus correspondientes formas de vida. Infunde sentido a la historia y no está distante de optimistas corrientes religiosas; prueba de ello es que el auge de estas tendencias en la época del romanticismo surgió en realidad conjuntamente con la resurrección del heraclitismo. Mas ese mismo estado espiritual, al desconocer la determi­nación unilateral del juicio, produce también efectos altamen­te perjudiciales a la autoridad. La agilidad y flexibilidad del pensar, acrecentadas al máximo, sienten un íntimo desapego a la rigidez de estatutos inamovibles. Donde todo parece fluir, donde cada fenómeno aislado es considerado como eslabón de una cadena causal, como una fase pasajera de la evolución ¿cómo podría conservarse aquí la buena voluntad necesaria para postrarse en tierra ante un producto aislado del incesante proceso transformador como si fuera algo eterno o intangible?

Con toda justicia, puede afirmarse que el heraclitismo es histórico-conservador porque en toda negación hace resal­tar también lo positivo; es radical-revolucionario, porque en todo lo que sea positivo revela también lo negativo. No conoce nada que sea absoluto, ni en lo bueno ni en lo malo. Por eso no puede condenar nada de un modo incondicional, si bien tampoco puede reconocer nada de un modo incondicional. El carácter condicionado de sus juicios le inspira justicia histórica; pero también le impide aceptar una estructura, sea cual sea, como definitiva [89].

Empero, de las últimas derivaciones de las doctrinas de Heráclito que llegan hasta la época presente, es necesario retroceder a sus fuentes. Más de una vez hemos encontrado ya entre los hombres que han influido en Heráclito, los nombres de Pitágoras y de Jenófanes. Estos pensadores tampoco carecieron de precursores. En la activa vida espiritual de esos siglos hay tantos ríos que fluyen paralelos y en parte se confunden que es casi imposible seguir constantemente uno de ellos sin perder de vista temporariamente a otros no menos importantes. Ahora parece llegado el momento oportuno de volver atrás la vista y retomar lo que hemos descuidado durante un tiempo tal vez demasiado largo.

[66] HERÁCLITO. Fuentes principales: DIÓG. LAERCIO, IX, cap. 1 y más de 100 fragmentos, reunidos ahora con todo el correspondiente material bibliográfico en Heracliti Ephesii reliquiae recens, de I. BYWATER (Ox-ford,1887). Tenemos una fuente secundaria en las pretendidas cartas heracliteanas que provienen de diversas épocas y de diferentes autores, y que han sido impresas ahora también en la obra de Bywater. Más recien­te es la obra de H. DIELS, Herakleitos von Ephesos, en griego y en ale­mán, Berlín 1901, segunda ed. 1909 (cf. nuestras notas en Deutsche Literatur Zeitung, 1902, N°  15, y  1910,  N° 1). Los fragmentos en  Vorsokratiker con igual numeración. [67] Como el comienzo de su "florecimiento" coincide con la épo­ca de la revuelta de Jonia, puede suponerse que fue su actitud frente a este  acontecimiento   (quizás  como   adversario   de   Hecateo,  tan  criticado por él)   lo que determinó esta indicación. Heráclito, que según la leyen­da sostuvo correspondencia con el rey Darío (cf. Cartas, 1-3), puede ha­ber reconocido claramente la inutilidad de esta tentativa de insubordina­ción  y,  además,  haber  creído  que  el  régimen  aristocrático,  que  gozaba de sus preferencias,  se hallaba mejor garantizado  con  el  protectorado persa. En realidad, la liberación nacional que tuvo lugar en 479, condu­jo a la democracia, cuya existencia presuponen los fragmentos de su obra. [68] El autor habla de Efeso de visu. — Cf. fragm. 119, 126, 130, 127, 125, 16. BYWATER (= 39, 108, 93, 92, 104 y 29 DIELS). [69] Este nombre, o)kloloi/doroj le fue   dado por  Timón  en  su poema satírico contra los filósofos   (Sillographorum Graecorum reliquiae, ed. C. WACHSMUTH, Leipzig, 1885, p. 135, fragm. 29).  Para lo que si­gue, cf. fragm. 115, 51, 11, 12, 111 BYWATER = 97, 9, 93, 92, 29 DIELS. [70] Cf. Fragm., 114 B. (= 121 D.) y PLINIO, Hist. nat., XXXIV, 5, 21. [71] Teofrasto (en DIÓG. LAERCIO, IX, 6). — ARISTÓTELES (Rhetor., III, 5). — Comentadores, entre ellos Cleantes, el segundo jefe de la es­cuela estoica (DIÓG. LAERCIO, VII, 174). — Puede ser que la división en tres secciones provenga sólo de los bibliotecarios alejandrinos. [72] Cf. fragm. 20, 69, 21, 65, 79 B.  (= 30, 60, 31a, 32, 52 D.).[73] Cf. fragm. 32 B. (= 6 D.) y las observaciones de BYWATER. La teoría de la conflagración del universo ha sido declarada agregado de los estoicos por varios autores modernos, así por SCHLEIERMACHER  (el primero  que  reunió e interpretó  los  fragmentos,  Philosophische   Werke, II, 1-146), por LASSALLE, Die Philosophie Herakleitos des Dunklen, 1858, y últimamente por BURNET, Early Greek philosophy, Londres, 1892. Pa­rece refutar  esta  opinión,  de modo  particularmente  decisivo,   el   frag­mento 26 B.   (= 66 D.). [74] Cf. fragm. 41 y 81 B.   (= 91 y 12 D.). [75] ARISTÓTELES, Física,  VIII,  3. [76] Cf.  LEWES, Problems  of life  and mind, II,  299.  En  sentido  pa­recido,  GROVE, On the correlation of physical forces,  p.  22:   "...though as a fact we cannot predicate of any portion of matter that it is absolu-tely  at  rest".  También   H.   SPENCER,   On   the   study   of   sociology,   118: "...but now when we know that all stars are in motion and that there are no such things as everlasting hills . · . now when we find all things throughout the Universe to be in α ceaseless flux", etc. — Cf. SCHUSTER, "Heraklit von Ephesus", en las Acta societ. philol. Lips., III, 211. [77] Cf. fragm. 52 B. (= 61 D.) y fragm. 57 B. (= 58 D.). En la parte siguiente, hemos utilizado muchas veces nuestro estudio "Zu Heraklits Lehre und den Üeberresten seines Werkes" (Wiener Sitzungs-berichte, Jahrg. 1886, p. 997ss.). [78] Cf. fragm. 45, 47, 104 B. (= 51, 54, 110/1 D.); fragm. 43 B'. (= A 22 D.). Véanse en nuestro estudio, p. 1039/40, abundantes ejemplificaciones de lo que sigue. [79] Cf. fragm. 44, 84 B.  (= 53 y 125 D.). [80] Hallazgo  afortunado,   el   descubrimiento   de  las  partes  perdidas de la obra de Hipólito, en 1842. [81] Cf. además del fragm. 38, el importantísimo fragm. 47 B. (= 98 y 54 D.) y, a este respecto, nuestro estudio, p. 1041. No puedo, en esta ocasión, declararme de acuerdo con E. ROHDE (Psyche, 2a ed., Π, P. 3). [82] Cf. fragm. 101 y 102 B.  (= 25 y 24 D.). [83] Cf. fragm. 29, 61, 2 B.  (— 94, 113s. y 1 D.). [84]  Con el canciller Bacon lo compara SCHUSTER, op. di., 41, nota 1. Para lo que sigue, cf. fragm. 73 y 74 B. (= 117s. D.). [85]  ARISTÓTELES, Metafísica, I, 6: w(j tw~n ai)sqhtw~n a)ei\ reo/ntwn kai\ e)pisth/mhj peri\ au)tw~n ou)k ou2shj  [como las cosas perceptibles siempre   están   en   fluencia,   tampoco   hay   conocimiento   alguno   acerca de ellas]. [86] 108 D Cf. DIÓG. LAERCIO, IX, 7; Fragm. 103, 19, 10 B. (= 43, 41, 123 y 86 D.) y 116, 7, 48, 118, como asimismo 91, 100, 110 B.  (= 47, 28, 113s, 44, 33 D.). [87] Hegel. Cf. HAYM, Hegel und seine Zeit, 357ss.; además, HE-GEL,  Gesammelte  Werke, XIII, 328  y  334. [88] Proudhon. Sobre su parentesco espiritual con Heráclito, cf. nuestro estudio arriba citado, p. 1049-1055. [89] Debemos dar  ahora una  explicación  del orden que hemos seguido y que determina que tratemos  a Heráclito  antes  que a  Pitágoras y Jenófanes, aunque por otra parte admitimos que haya sido influi­do por ellos.  Las interdependencias en el desarrollo intelectual de aquellos  siglos pueden  ser comparadas  con  una  serie  de hilos  paralelos  de urdimbre y unidos entre sí por un gran número de hilos de trama. El historiador se ve así ante la alternativa de seguir los hilos principales (en nuestro caso las dos series de evolución: Tales - Anaximandro - Anaxímenes - Heráclito, y Pitágoras - Jenófanes - Parménides, etc.) y mencionar anticipadamente las influencias laterales, o de saltar continuamente de uno de los hilos principales al otro, método que haría el cuadro insoportablemente desordenado. Jenófanes y Parménides se hallan estrechamente vinculados. Por otra parte, Heráclito combatió a Jenófanes, y Parménides a Heráclito. Para tener en cuenta todas estas rela­ciones sería necesario, pues, colocar a Heráclito después de Jenófanes, pero antes de Parménides, separando así violentamente lo que está es­trechamente unido.

* GOMPERZ, T. Pensadores Griegos. 1951. Editorial Guarania. Asunción. págs. 90-111

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