Bienvenidos al Frente Negro

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Nihilismo Revolucionario en Dostoyevsky (II)

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Por Fiódor Dostoyevski

~ Esta entrada es continuación de la Primera ~
 
-¿Triunfan en vida? Oh, sí, algunos lo consiguen en vida, y entonces…

-¿Ellos mismos comienzan a ejecutar?

-Si es preciso, ¿y usted sabe?, incluso en su mayor parte. Siempre su observación es aguda.

-Le agradezco. Pero dígame esto: de qué manera distinguir estos fuera de lo común de los comunes, ¿hay acaso algunos signos cuando nacen? En ese sentido decía yo que aquí faltaría un poco más de precisión, una determinación mas exteriorizada, por así decirlo: disculpe en mi la natural inquietud de una persona practica y bienintencionada, ¿pero no se podría establecer aquí, por ejemplo, una vestimenta particular, llevar algo, algún sello?... porque convendrá en que si sucede algún enredo y uno de una categoría imagina que pertenece a la otra categoría y comienza “a sacar del medio todos los obstáculos”, como usted muy felizmente se ha expresado, entonces aquí…

-¡Oh, esto sucede muy frecuentemente! Esta observación suya es todavía más aguda que la de recién.

-Le agradezco…

-No hay de qué; pero tome usted en consideración que el error es posible solamente de parte de la primera categoría, vale decir, de la gente “común” (como yo, quizá no muy acertadamente, la he llamado). A pesar de su innata inclinación a la obediencia, por alguna humorada de la naturaleza, de la que no están libres ni las vacas, a muchos de ellos les gusta imaginarse a sí mismos como gente progresista, subversiva, e ir por “una palabra nueva”, y esto con absoluta sinceridad. En realidad, a los nuevos ellos al mismo tiempo muy frecuentemente no los advierten e incluso los desprecian como a gente atrasada y que piensa de manera humillante. Pero para mí en esto no puede haber un peligro significativo, y usted en verdad no tiene nada de que inquietarse, porque nunca van muy lejos. Por diversión, por supuesto, a veces se les puede dar una paliza para recordarles su lugar, pero no más, incluso ni siquiera es necesario alguien que lo haga: ellos mismos se azotaran a sí mismos porque son muy juiciosos; algunos se prestan unos a otros este servicio y otros lo hacen por mano propia... Ante esto se imponen distintos arrepentimientos públicos, resulta bello y edificante; en una palabra, no tiene de qué inquietarse… existe tal ley.
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-Bueno, por lo menos por esta parte usted me ha tranquilizado aunque sea un poco; pero tenemos de nuevo un problema: dígame, por favor, ¿hay mucha gente de esa, que tiene derecho de matar a otros, hay muchos de estos “fuera de lo común”? Yo, por supuesto, estoy dispuesto a inclinarme, pero convendrá usted en que sería horroroso si hubiera muchos de ellos, ¿no?

-Oh, no se inquiete por esto tampoco –continuó Raskólnikov con aquel mismo tono-. En tenerla, personas con una idea nueva, incluso solo apenas capaces de decir aunque sea alguna cosa nueva, nacen extraordinariamente pocas, incluso pocas hasta la rareza. Está claro solamente que el orden de nacimiento de la gente, todas estas categorías y subdivisiones, probablemente esté muy certera y exactamente determinado por alguna ley de la naturaleza. Esta ley, se entiende, no es conocida ahora, pero yo creo que existe y por consiguiente puede volverse conocida. La inmensa masa de gente, material, existe en el mundo solo para, finalmente, a través de algún esfuerzo, por algún proceso hasta ahora misterioso, por medio de algún cruzamiento de géneros y especies, esforzarse y echar finalmente al mundo, aunque sea una entre mil, por lo menos algunas personas independientes. Con todavía más amplia independencia nace, quizá, una entre diez mil (hablo aproximadamente, encendió práctico). Con una todavía más amplia, una entre cien mil. Personas geniales, una entre millones y grandes genios, perfeccionadores de la humanidad, quizás después de que hayan expirado muchos miles de millones de personas en la tierra. En una palabra, en la retorta donde todo esto sucede yo no he mirado. Pero necesariamente hay y debe haber una ley determinada, en esto no puede haber casualidad.

-¿Pero que hay con ustedes dos?, ¿bromean? –Exclamó finalmente Razumijin-. ¿Se están tomando el pelo uno a otro o qué? ¿Están ahí haciéndose bromas el uno al otro? ¿Hablas en serio, Rodia?

Raskólnikov levantó silenciosamente hacia el su rostro pálido y casi triste y no contestó nada. Y le pareció extraño a Razumijin, a la par de este rostro sereno y triste, el inocultable, importuno, irritante y descortés sarcasmo de Porfiri.

-Bueno, hermano, si efectivamente esto es enserio, entonces… tú por supuesto tienes razón en que esto no es nuevo y se parece a todo lo que ya hemos leído y escuchado mil veces; pero lo que es realmente original en todo esto… y realmente te pertenece solo a ti, para espanto mío… es que de todos modos das libertad a conciencia para la sangre, y, discúlpame, incluso con ese fanatismo… en esto se encierra probablemente la idea principal de tu articulo. Pero este permiso para la sangre a conciencia, seto… esto es para mi más terrible que un permiso oficial, legal, para derramar sangre…

-Perfectamente justo, es más temible –replicó Porfiri.

-¡No, tu de algún modo te has dejado llevar por algo! Ahí está el error. Lo leeré… ¡Te has dejado llevar! No puedes pensar así… lo leeré.

-En el artículo no hay nada de todo esto, allí hay solo alusiones –dijo Raskólnikov.

-Así es, así es –no podía estarse quieto Porfiri-, a mí casi se me aclaró ahora cómo es que usted tiene a bien mirar el crimen, pero… y discúlpeme por mi impostura (lo estoy molestando mucho, ¡a mí me avergüenza!)… a ver: me inquieto usted mucho hace un momento en lo que hace a los hechos erróneos de la mezcla entre ambas categorías, pero… ¡a mí de nuevo me preocupan en esto diferentes hechos prácticos! Bueno, si un hombre o joven cualquiera se imagina que él es un Licurgo o un Mahoma… futuro, se entiende… y se dispone a sacar del medio todos los obstáculos para ello… se tiene por delante una lejana campaña, y para la campaña se necesita dinero… y entonces empezara a proporcionárselo para la marcha… ¿sabe?

-Debo convenir –contestó tranquilamente- que tales casos efectivamente deben de existir. Los tontitos y los vanidosos particularmente caen en este anzuelo, la juventud sobre todo.

-Lo ve usted. ¿Y entonces cómo?

-De la misma manera –se sonrió malicioso Raskólnikov-; no soy yo el culpable de esto. Así es y será siempre. Aquí el (señaló con la cabeza a Razumijin) decía ahora que yo daba permiso para la sangre. ¿Y qué? La sociedad está demasiado pertrechada de deportaciones, cárceles, jueces de instrucción, presidios… ¿de qué inquietarse entonces? ¡Busquen al ladrón!...

-Bueno, pero ¿y si lo hayamos?

-Tendrá lo que se merece
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* DOSTOYEVSKI, F. Crimen y Castigo. Colihue. Buenos Aires. 2007. Págs. 317-324