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miércoles, 2 de octubre de 2013

Heráclito por Spengler (II) Su estilo y su arte

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Por Oswald Spengler

Por cada pensador hay una forma del pensamiento que, surgiendo de las mismas causas psíquicas, que la manera de considerar el mundo y los resultados del pensamiento, está fuertemente vinculada con éstos. En sentido más amplio, tiene valor no solamente como manera instintiva de conducción lógica del pensamiento, sino también como método inconsciente en la elección y evaluación de impresiones de cualquier naturaleza, como intermediario entre personalidad y sistema, y, en particulares circunstancias, aun como impulso independiente para la formación de las ideas. El estilo del pensamiento y la doctrina en sí mismos tienen afinidades. Para la filosofía heraclítea esta circunstancia es importante. Heráclito estaba en las felices condiciones - en un tiempo en que el pensamiento era ingenuo, todavía inmaduro para la reflexión sobre sí mismo - de poder sacar agua del pozo lleno, abandonándose a sus deseos, sin estar constreñido, por la presencia de importantes predecesores en su campo de trabajo, a limitarse a la indagación de pormenores entre direcciones bien determinadas. Esta es una condición afortunada, de que tuvo conciencia Goethe, cuando una vez la puso de relieve: “Cuando tenía yo dieciocho años, también Alemania tenía sólo tal edad”. (Eckermann, Conversaciones con Goethe, I,  15 de febrero de 1824.)

Si Heráclito, por su manera de considerar el mundo, era aristocrático, por todo su procedimiento mental puede ser designado como psicólogo. Los dos están en una relación que se observa a menudo. Con esto no se quiere definir el sujeto de sus indagaciones, sino indicar su método de tratarlas. No considera la naturaleza en sí misma, como objeto, según el fenómeno, el origen y el fin; su procedimiento es mucho más un análisis de los procesos naturales, en cuanto son procesos, modificaciones, en cuanto tienen sus relaciones regidas por leyes;  su sistema puede ser denominado una psicología de los acontecimientos del mundo. Por el hecho de formular así un nuevo planteamiento del problema filosófico, surgen también nuevos problemas. Heráclito puede ser considerado como el primer filósofo social, el primer estudioso de la teoría del conocimiento, el primer psicólogo. Sus aforismos sobre los hombres no son sentencias de tendencia ética, como los gnomos de Bias o Solón, sino consideraciones, por primera vez realmente observadas, del todo objetivas, que evitan completamente el tono didáctico.

En fin, no olvidamos una diferencia esencial que separa a Heráclito y a toda la filosofía griega de la más reciente. El pueblo, cuyos fundamentos de educación eran la gimnasia, la música y Homero, que inventó para el mundo la palabra kósmos (orden, arreglo del mundo), porque veía en él ante todo el sentido del orden y de la pulcritud, no consideraba la filosofía propiamente como una ciencia (las indagaciones científicas abstractas siempre fueron subordinadas al fin terminal metafísico), sino como el camino para alcanzar una imagen del mundo que le permitiera abarcar su posición en el universo, y como una oportunidad para exteriorizar su alegría por crear formas. Sería equivocado considerar el pensamiento helénico, que surgió bajo el libre cielo, en un paisaje del sur, soleado, de una vida alegre y llena de movimiento, inferior al nuestro, por ese parentesco con el arte, que nos queda extraño. Para el heleno del período clásico, la filosofía es arte formativa, arquitectónica, del pensamiento. La fuerza plástica del heleno, su capacidad para someter todo lo aprendido (y lo que crea por sí mismo) a un estilo unívoco, es asombrosa; y de este sentido de la forma surge la inclinación a concebir los sistemas filosóficos como obras de arte.
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Heráclito es el más importante artista entre los presocráticos. De esto atestigua no solamente el abundante y coloreado pathos de su estilo, sino, ante todo, la plástica genial de su representación. El VE sus ideas, no las calcula. Los ejemplos elegidos siempre con acierto (como ese del arco y de la lira, del brebaje compuesto), en que intenta reproducir un cuadro que le queda tangible ante los ojos, sirven de ayuda al carácter intuitivo de sus ideas, que carecen de cualquier carácter dialéctico, en el que se apoyan, en cambio, las del sistema opuesto de Parménides (1).

La reproducción tangible es a veces el único medio que le queda para hacerse entender, porque, por su manera de plantear el problema, surgen dificultades con respeto a la representación lingüística, dificultades que no siempre pudo vencer, a pesar de una energía de pensamiento, que raras veces halla su igual en la filosofía antigua. Su pensamiento fundamental contradice totalmente las apariencias y la manera de pensar acostumbrada, y requiere mucha fuerza de abstracción para poder aun sólo ser hallado. Heráclito logra, con una lógica inexorable y con una mirada perspicaz en observar el campo de sus indagaciones, una tal unidad interior de su sistema como probablemente nadie más consiguió. Su sistema está concentrado con mucha sencillez en un pensamiento y es inatacable en sus particularidades, por su lógica inmanente.

Heráclito debe ser definido como realista, a pesar de que se le puede juzgar todo lo contrario. Cada concepto, que parece indicar intenciones simbólicas, puede ser relacionado, si se le examina más detenidamente, con un fundamento real. Posee una mirada absolutamente sana por lo que está presente y palpable (2) y a menudo tiene una gran sutileza en distinguir. Sin embargo, no separa nunca su responsabilidad de la aristocracia, su pensamiento tiene un verdadero estilo imperial y sus procedimientos son, también para esta época, muy sumarios para con los pormenores (3). Solamente las grandes ideas, las fundamentales, son dignas de reflexión para él, y tiene una particular contrariedad contra las verdaderas indagaciones de detalles esencialmente científicos. Tiene una visión determinada, estrictamente limitada, sobre cómo hay que pensar. No es deseable saberlo todo, sino sólo lo que tiene valer y que es grande; hay que elegir poco, y este poco tiene nene que ser profundizado. Quiere profundidad, contenido, claridad, no amplitud del conocimiento. Por eso sostuvo una polémica: “La mucha erudición no enseña a tener entendimiento. Pues se lo habría enseñado a Hesíodo y Pitágoras e igualmente a Jenófanes y Hecateo” (fragm. 40). μαθία (aprensión) es solamente tomar un conocimiento de los objetos. Heráclito aborrece del coleccionar hechos, sin visión general y comprensión. Sin embargo no se trata de saber poco: “es preciso, pues, que tengan conocimiento de muchísimas cosas los hombres amantes de la sabiduría, según Heráclito” (fragm. 35).  ἱστορίη es la observación crítica que profundiza, (no es el conocimiento adquirido por los libros: Gomperz en obra citada, I, 02 y sig.). ἵστωρ vale: testigo, crítico; en Homero: juez arbitrador. Cfr. Porfirio, de abst. II, 49: “Conocedor [ἵστωρ], pues de muchas cosas es el filósofo de verdad”.

Una “filosofía científica” no surgirá nunca sobre este fundamento. Sin embargo, hay que distinguir aquí las cuestiones extrañas al punto principal y el pensamiento fundamental; éste está elaborado de manera verdaderamente decisiva. Ni puede medirse la lógica del razonamiento por la exposición asistemática. El escrito es una colección de aforismos, como lo explica una observación de Teofrasto y los fragmentos mismos. Heráclito no ha intentado actuar, aun en la más modesta medida, en sentido didáctico, y tampoco popular; eso está comprobado por su estilo, que no se cuida absolutamente de ser fácilmente comprensible y que corresponde del todo a su manera de considerar el mundo, despreciando al hombre.

(1) Cfr. fragm. 81, en que denomina al método retórico “conductor a la matanza”. (Se supone contra Pitágoras, cfr. nota a Bywater, fragm. 138)
(2) Fragm. 55: “De cuántas cosas hay vista, oído, aprendimiento, a éstas tengo en mayor consideración”.
(3) La impresión de este método sobre los filósofos posteriores, un poco pedantes, se ve en Dióg. Laerti., IX, 8: “…pero nada explica con claridad”. 

* SPENGLER, O. HeráclitoEstudio sobre el pensamiento energético fundamental de su filosofía (1904). Espasa Calpe. Buenos Aires.  1947. II. Págs. 99-103.

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